Los Cuarenta Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Sí. —Asintió—. Miguel llevaba años trabajando para ellos.

No como asesino, no entonces. Como rastreador.

Era muy bueno: sabía exactamente cómo buscar a personas que han rehecho su vida, cómo cruzar registros, cómo encontrar los hilos que conectan una identidad nueva con la anterior.

Tenía recursos que yo no tenía. Contactos en el sistema.

—Una pausa—. Y lo hacía porque eso era lo que le habían enseñado a hacer.

Porque era lo único que sabía hacer que alguien valorara.

Sara pensó en lo que Nico había escrito sobre Miguel. En Sor Asunción convirtiéndolo en una herramienta.

—¿Aceptó el trabajo?

—No. Le dije que no y salí de allí. Pero antes de salir, le pregunté por qué lo hacía.

—Antonio Saura volvió a mirar a Sara—. Me dijo que tenía un trato.

Que si les ayudaba a mantener el control sobre los testigos, ellos le garantizaban que nunca saliera lo que le habían hecho a él en Santa Clara.

Que podía vivir su vida sin ese peso encima.

—¿Y él creía eso?

—Entonces sí. No sé si todavía lo cree.

Sara pensó en la diferencia entre controlar a los testigos y eliminarlos. Alguien, en algún momento entre 1998 y ahora, había tomado la decisión de que el control ya no era suficiente.

—¿Cuándo cambió?

—No lo sé exactamente. Perdí el contacto con Miguel después del 98.

Pero hace tres años, uno de los otros de la lista me llamó.

Me dijo que Miguel había vuelto a aparecer en sus vidas, que alguien le había dado una orden diferente.

—Una pausa—. Me dijo que Miguel parecía diferente.

Que ya no era el mismo hombre que habían conocido antes.

—¿Diferente cómo?

Antonio Saura tardó en encontrar las palabras.

—Como alguien que ha entendido que el trato que le ofrecieron era una mentira.

Que van a usarlo hasta que ya no sirva y después lo van a desechar.

Y que tiene dos opciones: terminar el trabajo esperando que el trato sea real, o terminar el trabajo sabiendo que no lo es y que lo único que le queda es terminar lo que empezó.

—Una pausa—. Las dos opciones llevan al mismo sitio.

Sara lo miró.

—¿Tiene su nombre real? ¿El nombre con el que vive ahora?

Antonio Saura asintió despacio.

—Sí. —Hizo una pausa—. Se llama Javier Andrade.

Tiene una empresa de servicios de investigación privada en Madrid, en el barrio de Salamanca.

Trabaja para bufetes de abogados y compañías de seguros.

Ha cambiado de nombre varias veces, pero Andrade es el que usa ahora, el que tiene en los registros mercantiles y en el colegio de detectives privados.

—Otra pausa—. Y tiene algo más que creo que necesita saber.

—¿Qué?

—Tiene una hija. De su primer matrimonio, que terminó hace quince años. La chica vive con la madre en Barcelona. Tiene diecinueve años. —Antonio Saura la miró directamente—. No sé si eso cambia algo para usted. Pero para mí cambia el tipo de hombre que es. No completamente. Pero algo.

Sara anotó el nombre en el bloc.

Javier Andrade. Empresa de investigación privada. Barrio de Salamanca. Madrid.

Miró lo que había escrito.

El niño que mandaba en el patio de Santa Clara con la certeza de quien nunca ha necesitado levantar la voz.

El niño al que Sor Asunción había convertido en una herramienta.

El hombre que llevaba años rastreando a los supervivientes del orfanato y que ahora los estaba eliminando uno a uno en ciudades distintas con una marca del tamaño de una moneda de cinco céntimos en el brazo.

Con una hija de diecinueve años en Barcelona que probablemente no sabía nada de nada.

—¿Por qué me cuenta esto ahora? —preguntó Sara—. ¿Por qué no antes?

Antonio Saura miró la higuera otra vez.

—Porque antes pensaba que si me quedaba quieto y no decía nada, a mí no me pasaría nada. —Hizo una pausa—. Y porque esta semana han muerto seis personas. Y quedar quieto ha dejado de ser una opción.

Sara cerró el bloc.

—¿Puede quedarse aquí unos días más?

—Puedo quedarme el tiempo que haga falta.

—El agente de fuera se queda también. Nadie va a saber que está aquí. —Sara se levantó—. Gracias.

Antonio Saura asintió sin decir nada.

Sara fue hacia la puerta.

Antes de llegar, se giró.

—Una cosa más. En Santa Clara, ¿Miguel llegó a hacerlo? Lo que Sor Asunción le pidió.

Antonio Saura tardó en responder.

—No lo sé. Nunca me lo dijo. —Una pausa—. Pero sé que salió en marzo, como estaba previsto. Y sé que la familia de Zaragoza lo adoptó. Y sé que nadie les hizo preguntas incómodas. —Otra pausa—. Usted saque las conclusiones que quiera.

Sara salió a la luz fría de la mañana murciana.

La higuera en el patio delantero. El agente de guardia junto al coche. El cielo de la Vega Baja, más azul que el de Madrid, con esa luminosidad de los inviernos del sur que hace que todo parezca más nítido de lo que en realidad es.

Cogió el móvil y llamó a Rubén.

—Javier Andrade. Detective privado, barrio de Salamanca, Madrid.

Búscame todo lo que puedas encontrar. Empresa, domicilio, vehículos a su nombre, historial de actividad en el colegio de detectives.

—Hizo una pausa—. Y Rubén. Tiene una hija en Barcelona.

No la toques, no la contactes, no la metas en el sistema.

Pero necesito saber si él tiene contacto regular con ella.

—¿Por qué lo de la hija?

Sara miró la higuera.

—Porque es lo único que tiene que perder de verdad. Y eso significa que es también lo único con lo que se le puede llegar.