Capítulo 18
El número treinta y uno
Rubén la llamó a la altura de Albacete.
—La trampa funcionó.
Sara aflojó levemente el acelerador.
—¿Cuándo?
—Herrera consultó el registro a las siete y doce.
Dieciséis minutos después, una línea de teléfono registrada a nombre de una empresa de servicios de Guadalajara llamó a un número de Valencia.
—Rubén hizo una pausa—. El número de Valencia ha aparecido antes en la investigación de Herás.
Está en el esquema de intermediarios de Castaño, en el tercer nivel de la estructura.
—¿La empresa de Guadalajara?
—Sociedad pantalla. Constituida en 2019, sin actividad declarada real. La dirección fiscal es un despacho de gestoría en Brihuega.
Sara pensó en Brihuega. En la casa del callejón de las Monjas. En Nico y Mónica.
La red tenía ramificaciones en los mismos sitios que ellos.
—¿Puedes demostrar que fue Herrera el que filtró?
—Tengo la consulta en el sistema con su login, tengo la llamada saliente dieciséis minutos después desde un número de la zona de Leganitos, y tengo la conexión de ese número de Valencia con la estructura de Castaño.
—Rubén hizo una pausa—. No es una cadena perfecta para un fiscal.
Pero es suficiente para detenerlo y ver qué dice cuando lo detenemos.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si lo detenemos ahora, alguien en la cadena se entera en cuatro horas y saben que hemos identificado el canal.
—Sara adelantó a un camión sin apartar los ojos de la carretera—.
Déjalo en su sitio hasta que tengamos algo más sólido que usar como palanca.
Y sigue pasándole información falsa controlada.
—¿Qué tipo de información?
—Dile al sistema que los doce supervivientes que movimos anoche están siendo trasladados mañana a un punto de centralización en la Jefatura Superior de Madrid para declaración formal.
—Una pausa—. Si Castaño recibe eso y lo cree, mañana alguien intentará interceptar un traslado que no va a ocurrir.
Y en ese intento tendremos algo concreto.
Rubén tardó.
—Es arriesgado, Sara. Si se dan cuenta de que es una trampa, pierden la confianza en Herrera y lo queman.
—Si lo queman, lo han identificado. Y si lo identifican, podemos usarlo de otra manera. —Sara vio el cartel de Hellín en la distancia—. Lo que no podemos hacer es dejarlo en su sitio indefinidamente mientras sigue pasando información real.
—Entendido. —Una pausa—. ¿Cuánto tardas en llegar?
—Hora y media. Dos horas con tráfico en la entrada de Murcia.
—Te mando la dirección exacta de la casa.
Colgó.
Sara subió el volumen de la radio para tener algo que llenara el silencio de la autovía y que le impidiera quedarse demasiado dentro de su propia cabeza.
Pusieron una canción que no reconoció, luego las noticias del mediodía temprano, luego otra canción.
La voz del locutor decía palabras que no llegaban a ningún sitio porque la parte de su cabeza que procesa el lenguaje estaba ocupada con otras cosas.
Sabe quién es Miguel. Sabe su nombre real. Sabe en qué se convirtió.
Lo que había dicho la brigada de Murcia al teléfono.
Sara pensó en Miguel. En el niño de trece años del orfanato que mandaba con la certeza de quien nunca ha necesitado levantar la voz.
En lo que Mónica había dicho de él: a él le hacían cosas diferentes.
En lo que Nico había escrito en el cuaderno sobre la noche en que Sor Asunción lo convirtió en su herramienta.
Un niño al que habían moldeado durante años para ser exactamente lo que necesitaban que fuera.
Y que cuarenta años después estaba cumpliendo la función para la que lo habían preparado.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, diciembre de 1981
La primera nieve del invierno cayó en Madrid en la segunda semana de diciembre.
No fue mucha: una capa fina sobre los tejados y los coches que duró dos días antes de deshacerse en barro, pero fue suficiente para que los niños de Santa Clara pidieran salir al patio y Sor Remedios dejara que los más pequeños hicieran un muñeco en el rincón junto al árbol, bajo la supervisión de la monja más joven, que se llamaba Sor Pilar y que tenía la cara de alguien que todavía no ha decidido del todo si ha tomado la decisión correcta al ingresar en una congregación.
Marta no salió al patio con los pequeños.
Estaba en el pasillo del segundo piso cuando Miguel apareció al final de la escalera.
No le dijo nada. Señaló con la cabeza hacia el extremo del pasillo opuesto al despacho de Sor Asunción, hacia la zona donde estaban los cuartos de almacén y el armario de limpieza. La parte del edificio donde nadie iba a menos que lo mandaran.
Marta lo siguió.
El armario de limpieza olía a lejía y a fregona mojada.
Era lo suficientemente grande para dos personas si ninguna de las dos tenía problemas con los espacios pequeños y con estar muy cerca de un cubo.
Miguel cerró la puerta sin pestillo y en la oscuridad casi total dijo, con la misma voz baja y directa de la mañana del comedor:
—Sor Asunción me ha dicho que voy a salir en marzo.
Marta esperó.
—Me han buscado una familia. En Zaragoza. Gente con dinero que no puede tener hijos y que está dispuesta a pagar lo que haga falta por uno. —Una pausa—. No son familia. Son una transacción.
—¿Lo sabes con seguridad?
—Sí. Sor Asunción me lo dijo ella misma. No con esas palabras, pero lo dijo. Me dijo que la familia esperaba un chico con ciertas características y que yo cumplía con lo que buscaban. —Otra pausa—. Y luego me dijo algo más.
La oscuridad del armario hacía que la voz de Miguel tuviera una calidad diferente.
Sin la expresión de la cara, sin el cuerpo que siempre ocupaba el espacio con esa determinación suya, era solo una voz.
Una voz que, por primera vez desde que Marta lo conocía, tenía algo que no había tenido nunca: fragilidad.
No miedo, no exactamente. Sino la conciencia de que algunas cosas son demasiado grandes para que la dureza las cubra del todo.
—¿Qué más te dijo?
—Que antes de irme tenía que hacer una cosa. Para demostrar que era de fiar. Para asegurarme de que nadie iba a preguntarle a la familia de Zaragoza cosas incómodas sobre de dónde venía yo.
Marta esperó.
—No voy a hacerlo —dijo Miguel.
Eso fue todo. No dijo qué era lo que le habían pedido. No necesitó decirlo porque en el armario de limpieza con olor a lejía, en la oscuridad del invierno de 1981, Marta entendió lo suficiente.
—¿Y qué vas a hacer?
Miguel tardó.
—Salir de aquí de todas formas. Con o sin su permiso. —Una pausa—. Solo quería que alguien supiera que no lo hice.
Abrió la puerta del armario.
Salió al pasillo.
No volvió a hablar con Marta antes de que ella escapara, tres meses después.
Pero cuando Marta cruzó la verja en el invierno de 1982 y se echó a correr por la calle lateral con el frío cortándole la garganta, pensó en esa conversación en el armario de limpieza. Y pensó que Miguel había dicho que no iba a hacerlo.
Y nunca supo si lo había hecho.
* * *
La casa de campo estaba a veintidós kilómetros al noroeste de Murcia por una carretera local que el navegador consideraba opcional.
Era una construcción baja de una sola planta, con las paredes encaladas y una higuera en el patio delantero que en marzo no tenía hojas pero sí esa presencia estructural de los árboles viejos que hacen que el espacio a su alrededor parezca organizado por ellos.
Había un coche de la brigada de Murcia aparcado en el camino de tierra que llevaba a la entrada. El agente que hacía guardia la reconoció cuando bajó del coche y le indicó que podía pasar.
Dentro había dos personas.
Una era el agente de Murcia que le había abierto el contacto, un hombre joven que le hizo un gesto de bienvenida y se retiró hacia la cocina para dejarles espacio.
La otra estaba sentada en una silla junto a la ventana que daba al patio de la higuera.
Era un hombre de unos cincuenta y dos años, delgado, con las manos cruzadas sobre las rodillas y la expresión de alguien que ha tomado una decisión difícil y que ahora está en el momento en que ya no puede deshacerla.
—¿Es usted la inspectora Montero?
—Sí.
—Me llamo Antonio Saura. —Hizo una pausa—. En la lista figura como Antonio Saura Bernal. Ese es el nombre que tomé cuando salí de Santa Clara. Mi nombre real era otro. —Otra pausa—. Pero eso ya no importa ahora mismo.
Sara se sentó frente a él.
—¿Qué sabe sobre Miguel?
Antonio Saura la miró durante un momento, con esa manera de mirar de alguien que está calibrando qué nivel de detalle puede sostener.
—Lo conozco desde Santa Clara. Éramos de la misma edad, más o menos. Él llegó antes que yo. —Hizo una pausa—. Después de que cerraron el centro, perdimos el contacto durante años. Lo volví a encontrar en 1998.
—¿Cómo?
—Yo trabajaba entonces en Murcia, en una empresa de seguridad privada.
Gestión de riesgos, instalación de sistemas.
Nada importante. Un día me llamó un hombre que decía ser representante de una empresa de consultoría de Madrid y que necesitaba a alguien con mi perfil para un trabajo específico.
Fui a la reunión. —Una pausa—. El hombre que estaba al otro lado de la mesa era Miguel.
—¿Lo reconoció?
—Él a mí, primero. Yo tardé. Habían pasado quince años y los dos éramos muy diferentes de los niños que habíamos sido. Pero cuando lo reconocí, supe exactamente qué era la empresa de consultoría y qué tipo de trabajo era el que ofrecía.
—¿Qué tipo de trabajo?
Antonio Saura miró la higuera por la ventana.
—Localización de personas. Personas que no quieren ser localizadas.
Personas que han cambiado de nombre, de ciudad, de vida.
Personas que en el pasado tuvieron una relación con ciertos clientes y que esos clientes prefieren mantener controladas.
—Una pausa—. No era ilegal en sí mismo. La localización de personas no es ilegal si no haces nada con la información una vez que la tienes.
Pero yo sabía de qué personas estaban hablando. Eran personas como yo.
—Los cuarenta.