Capítulo 17
El amanecer del viernes
El café que Herás preparó era fuerte y negro y lo sirvió en dos tazas de cerámica blanca sin preguntar si Sara quería leche.
Sara no quería leche. Quería cafeína y silencio suficiente para pensar, que era exactamente lo que el café y la primera luz del amanecer entrando por la ventana del salón de Chamberí le estaban dando.
Herás abrió el ordenador.
—Tengo los archivos de la investigación en una carpeta cifrada en un servidor externo.
No está en ningún sistema del Ministerio ni de la Fiscalía.
Lo hice así desde el principio. —Tecleó una secuencia—.
Voy a darte acceso ahora. Lo que hay dentro son tres meses de trabajo: registros bancarios, correspondencia intervenida, contratos, el esquema de las sociedades pantalla y los nombres de todos los intermediarios que hemos podido identificar.
—Una pausa—. Castaño aparece en la cúpula de todo esto, pero siempre a una distancia de dos o tres capas de los hechos concretos. Esa es su manera de operar.
—La misma distancia que mantuvo en Santa Clara.
—Sí. Siempre alguien entre él y lo que ocurre.
Siempre alguien que puede caer si el castillo se derrumba sin que él tenga que caer también.
—Herás giró el ordenador hacia Sara—. Pero el cuaderno de Nico lo pone en la escena.
Con fechas y con la matrícula verificada.
Eso es diferente a los flujos financieros.
Eso es él, personalmente, en un lugar concreto, en una fecha concreta, haciendo algo concreto.
Sara miró la pantalla. La carpeta cifrada con su esquema de subcarpetas, los nombres de los archivos en código que Herás había desarrollado para que nadie que encontrara el servidor pudiera saber qué contenían sin la clave.
—¿Cuántas personas saben que existe esto?
—Nadie. Ni siquiera mi equipo en la Fiscalía.
Lo construí sola, fuera del horario oficial, usando solo fuentes a las que tenía acceso legítimo.
—Herás cerró el ordenador—. Si alguien en la Fiscalía hubiera sabido lo que estaba haciendo, habría llegado a oídos de Castaño en menos de una semana. Así funcionan estas cosas.
Sara pensó en Herrera, el agente de Leganitos. En la cadena que iba desde él hasta Mendieta y desde Mendieta hasta Castaño. Una red de oídos distribuidos por el sistema que llevaba cuarenta años captando información antes de que llegara a donde no debía llegar.
El móvil vibró.
Rubén.
—¿Cuántos? —respondió Sara sin saludar.
—Doce de los dieciocho. Los seis que quedaban o no cogían el teléfono o se negaron a moverse.
—Una pausa—. Los doce están en sitios que no aparecen en ningún registro oficial.
Tres en casas de familiares que no tienen relación con la investigación.
Cuatro en hoteles pagados en efectivo con nombres falsos, que es una ironía que no se me escapa.
Los otros cinco con personas de confianza de la brigada de Valencia que no están en el caso.
—¿Y los seis que se negaron?
—He puesto vigilancia discreta en dos de ellos, los que me preocupan más por su localización.
Los otros cuatro no quieren saber nada de ningún policía.
—Una pausa—. Sara, hay uno de ellos que lleva tres días sin responder a ningún intento de contacto.
No desde que empezamos a buscarlos. Número treinta y uno de la lista.
Un hombre en Murcia, identidad verificada.
La brigada de Murcia hizo una visita ayer y no encontró nada, pero el vecino dijo que llevaba días sin verlo.
—¿Lo han buscado?
—Sigo en ello. —Otra pausa—. También tengo algo sobre el sexto.
La mujer de Valencia. El análisis preliminar dice que el sistema de drogado fue el mismo que en los casos anteriores: vía bebida, específicamente el café del termo de los agentes.
Alguien sabía que los agentes tenían un termo.
Alguien sabía el turno. —Hizo una pausa—.
Y alguien tuvo acceso al termo antes de que los agentes llegaran al puesto.
Sara no dijo nada.
—El turno de los agentes lo asignó la brigada de Valencia. El informe de asignación entró en el sistema oficial a las tres de la tarde de ayer. A las cinco de la tarde, los agentes estaban en su puesto. En esas dos horas, alguien supo quiénes eran y dónde iban a estar.
Dos horas entre la asignación oficial y la ejecución. Tiempo suficiente para que alguien con acceso al sistema oficial de la Policía Nacional lo leyera, lo transmitiera y alguien en Valencia actuara.
—¿Puedes rastrear quién consultó ese informe en esas dos horas?
—Estoy en ello. Pero el sistema registra accesos, no intenciones.
Puedo saber quién entró en el informe, no por qué.
—Una pausa—. Sara, hay dieciséis personas que accedieron a ese informe entre las tres y las cinco.
Algunos son estándar: el comisario de Valencia, el jefe de brigada, el administrativo que gestionó la asignación.
Pero hay dos accesos desde IPs de la Secretaría de Estado de Interior que no tienen justificación obvia.
—Coordina con Herás —dijo Sara—. Ella te dará acceso a lo que tiene sobre Mendieta. Los patrones de acceso al sistema pueden coincidir con otros movimientos que ella ha documentado.
—¿Cuándo hablas de Herás como parte del equipo?
—Desde hace dos horas.
Silencio de Rubén.
—¿Hay algo que no me hayas contado?
—Muchas cosas. A las seis te las cuento todas.
—Sara miró por la ventana. La luz del amanecer había pasado de gris a dorado pálido sobre los tejados de Chamberí—.
Y Rubén. El agente Herrera. Quiero que hoy, cuando llegues a la jefatura, le des algo de trabajo rutinario que lo mantenga cerca y ocupado. Sin que sepa que lo estás mirando.
—¿Lo tenemos?
—Todavía no. Pero necesito saber si en cuanto le demos información falsa sobre el paradero de alguno de los supervivientes esa información llega a algún sitio.
—Una trampa de información.
—Una trampa de información. —Sara cogió el abrigo—. A las seis.
Colgó.
Herás la miraba desde el sofá.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos antes de que noten que los supervivientes han desaparecido del radar oficial?
—Pocas horas. —Sara se puso el abrigo—. En cuanto alguien con acceso al sistema compruebe las ubicaciones registradas y no encuentre a nadie donde debería estar, van a saber que algo ha cambiado.
—¿Y cuando lo sepan?
—Cuando lo sepan, vamos a tener un problema diferente al de ahora.
En lugar de gente que no sabe que la buscan, vamos a tener a alguien que sabe que los hemos movido y que necesita encontrarlos antes de que el caso avance.
—Sara fue hacia la puerta—. Lo que significa que el tiempo que tenemos para construir algo sólido se acorta cada hora que pasa.
—¿Qué necesitas de mí hoy?
Sara pensó.
—Que redactes la recusación esta mañana pero que no la presentes hasta que yo te avise. —Una pausa—. Y que me mandes el acceso a esa carpeta cifrada antes de las siete.
Herás asintió.
—¿Confías en mí? —preguntó.
Era una pregunta directa que merecía una respuesta directa.
—Confío en Nico —dijo Sara—. Y él confió en ti.
Abrió la puerta y salió al rellano.
* * *
La jefatura a las seis y cuarto de la mañana olía a café malo de máquina y al desodorante específico de la gente que lleva muchas horas en el mismo edificio. Rubén estaba en el despacho con ojeras hasta los pómulos y una libreta llena de anotaciones que le pasó a Sara en cuanto ella entró.
Sara la leyó de pie, con el abrigo todavía puesto.
Doce supervivientes movidos. Seis sin localización segura. Uno en Murcia sin respuesta desde hacía tres días. El análisis del sistema de accesos al informe de Valencia pendiente.
Y al final de la libreta, en la última página, una anotación con un asterisco:
Herrera — turno 6-14h hoy. En comisaría Leganitos desde las 5:58.
Sara miró la hora. Las 6:16.
Dieciocho minutos en su puesto.
—¿Ha consultado algo en el sistema esta mañana?
—Dos consultas. Una sobre el estado general de los casos activos en la brigada de Homicidios. —Rubén señaló la libreta—. La segunda sobre la última dirección registrada de Mónica Arenas.
Sara dejó la libreta en la mesa.
Herrera no tenía ninguna razón profesional para consultar la dirección de Mónica Arenas. No era su caso, no era su brigada, no era su comisaría. Era la dirección de un testigo en una investigación de homicidios que no tenía nada que ver con sus funciones en la comisaría de Leganitos.
—¿Cuándo ha hecho la consulta?
—A las seis y tres minutos. Cinco minutos después de fichar.
Lo primero que había hecho al llegar a su turno.
—Pon la trampa —dijo Sara.
—¿Cuándo?
—Ahora. Registra en el sistema que Mónica Arenas ha sido localizada y está bajo custodia en la comisaría de Alcobendas, a la espera de declaración. —Sara pensó un momento—. Una dirección que no exista como tal pero que sea verosímil. Que suene a administrativa, no a provisional.
Rubén tecleó algo.
—¿Y esperamos?
—Esperamos. Si Herrera consulta el registro y esa información llega a alguien en las próximas horas, sabremos con certeza que es él.
—¿Y después?
—Después lo detenemos. Pero con la trampa documentada, no antes. Necesito que la cadena sea visible y verificable antes de mover nada.
Rubén asintió. Siguió tecleando.
Sara cogió el café de la máquina que alguien había dejado en la mesa y que estaba frío pero que era cafeína y eso, a las seis y cuarto de la mañana del viernes, seguía siendo lo más importante.
—Cuéntame lo de Herás —dijo Rubén sin levantar los ojos de la pantalla.
Sara se sentó.
Y le contó todo.
* * *
Rubén no dijo nada durante un momento cuando Sara terminó.
Luego dijo:
—La fiscal es la niña que escapó del orfanato.
—Sí.
—Y lleva doce años construyendo el caso contra Castaño desde dentro de la Fiscalía.
—Sí.
—Y ahora tiene que recusarse porque si no lo hace el caso se cae.
—Sí.
Otro silencio.
—Eso es lo más triste que he escuchado en mucho tiempo —dijo Rubén.
Sara no respondió porque tenía razón y no había nada que añadir.
El móvil de Rubén sonó.
Lo miró.
—Es Valencia. —Descolgó—. Rubén. —Escuchó durante treinta segundos. Su cara no cambió de expresión de manera visible, pero algo en los hombros se tensó ligeramente—. Recibido. Mantenme informado.
Colgó.
Miró a Sara.
—El número treinta y uno. El de Murcia que llevaba tres días sin responder.
—¿Lo encontraron?
—Sí. —Una pausa—. Vivo.
Sara dejó el café.
—¿Dónde?
—En una casa de campo a veinte kilómetros de Murcia.
No la suya. La de alguien que no aparece en ningún registro del caso.
Se presentó allí hace tres días sin avisar y pidió que no dijeran nada a nadie.
—Rubén miró la libreta—. La persona que lo acogió llamó esta mañana a la brigada de Murcia porque ha leído las noticias de los últimos días y ha decidido que el silencio ya no es seguro.
—¿Qué quiere el número treinta y uno?
—Hablar. Dice que tiene información sobre el asesino. —Rubén hizo una pausa—. Dice que sabe quién es Miguel.
Sara se quedó quieta.
Miguel. El niño mayor de Santa Clara. El que Sor Asunción había convertido en su herramienta. El que cuarenta años después estaba eliminando a los testigos de lo que había ocurrido en ese edificio de ladrillo rojo en Carabanchel.
El nombre que hasta ahora no tenía cara adulta.
—¿Cuándo puede hablar?
—Ahora. Está esperando.
Sara cogió el abrigo, que no había llegado a colgar.
—Dile que voy.