Los Cuarenta Capítulo 16
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Capítulo 16

La niña del veintitrés

La fiscal Verónica Herás vivía en el barrio de Chamberí, en un cuarto piso de un edificio de los años treinta con la fachada de ladrillo y los balcones de forja que en Madrid sobreviven a todo porque nadie tiene ni el dinero ni las ganas de quitarlos.

Sara llegó a las cinco y cuarto de la madrugada.

Había caminado desde Santa Isabel porque el aire frío de marzo ayudaba a ordenar los pensamientos y porque necesitaba los veinte minutos del trayecto para decidir exactamente qué iba a decir y cómo iba a decirlo.

Llegó habiendo decidido que no había una manera correcta de decirlo y que por tanto lo mejor era decirlo directamente, sin rodeos, con el cuaderno en la mano.

Llamó al telefonillo.

Tardó.

Luego la voz de Herás, sin somnolencia, lo que confirmaba que tampoco había dormido.

—¿Quién es?

—Montero.

Un silencio de tres segundos.

—Suba.

* * *

El piso de Herás era lo que Sara había imaginado sin habérselo imaginado conscientemente: ordenado con esa precisión funcional de quien vive solo y ha aprendido a organizar el espacio para que el trabajo y el descanso no se pisen, aunque en realidad sí se pisen.

Había papeles en la mesa del salón, carpetas apiladas con un sistema que debía de tener sentido para ella, el ordenador portátil abierto con la pantalla en reposo.

En el sofá, una manta doblada que Herás había apartado al levantarse para abrir la puerta. No había estado durmiendo. Había estado trabajando o intentando trabajar mientras el pensamiento circular de las noches importantes le impedía concentrarse en ninguna de las dos cosas.

Se miraron.

Herás llevaba ropa de estar en casa: unos pantalones oscuros y un jersey gris, sin los zapatos de tacón bajo del traje del despacho.

Sin la armadura del cargo. Era la primera vez que Sara la veía sin el contexto institucional y había algo en eso que hacía la conversación más difícil y más necesaria al mismo tiempo.

Sara sacó el cuaderno de la bolsa.

Lo abrió en la página correcta, la del 14 de marzo de 2001, y lo dejó sobre la mesa entre las dos sin decir nada.

Herás miró la página.

No reaccionó de inmediato. Leyó. Su cara no cambió de la manera que cambia la cara de alguien que lee algo inesperado. Cambió de la manera que cambia la cara de alguien que lee algo que lleva décadas sabiendo que existía y que no sabía si iba a encontrar.

Levantó los ojos.

—¿Cuándo lo encontraste?

—Esta noche. Madrugada del jueves al viernes, tres de la mañana. —Sara señaló el cuaderno—. Nico la rastreó durante años. Tenía su dirección en 2001. No la compartió con nadie más.

—Lo sé. —Herás se sentó en el sofá, no como quien se rinde sino como quien decide que la conversación que viene merece estar sentada—. Nico me contactó en 2009. Me explicó lo que tenía. Quedamos en que yo seguiría mi camino y él el suyo y que en algún momento esos caminos llegarían al mismo sitio.

—¿Sabía que eras fiscal?

—Sí. Le dije quién era. —Una pausa—. Era el único de los cuarenta al que se lo dije. Al resto no. No quería que ninguno de ellos cometiera el error de decirlo en el momento equivocado.

Sara tiró de la silla de la mesa y se sentó frente a ella.

—¿Cuándo empezaste a investigar a Castaño?

—Oficialmente, hace tres meses. Extraoficialmente, llevo doce años construyendo el camino para llegar hasta él sin que pueda desmantelar el caso antes de que llegue a juicio.

—Herás miró sus propias manos, cruzadas sobre las rodillas—.

Sé exactamente cuál es el problema que me acabas de traer a las cinco de la mañana.

—El conflicto de interés.

—Sí. Si se prueba que tengo interés personal directo y no declarado en la investigación de Castaño, todo lo que yo haya construido está en riesgo de nulidad.

Un buen abogado lo usaría para tumbar no solo mi parte del caso, sino cualquier prueba que yo haya recopilado o autorizado.

—Herás lo dijo sin dramatismo, como un análisis técnico—.

Llevo doce años intentando construir el caso de manera que eso no importara.

Pruebas objetivas, verificables, que no dependan de mi testimonio ni de mi credibilidad personal.

Pero si alguien sabe quién soy realmente, esa precaución no sirve de nada.

—¿Alguien lo sabe ya?

Herás tardó en responder.

—Castaño lo sospecha. No puedo probarlo, pero hay decisiones que ha tomado en los últimos meses que solo tienen sentido si sospecha que quien lo investiga tiene algo personal en juego.

—Hizo una pausa—. Mendieta lo sabe con seguridad desde hace dos semanas.

Tuve un error de procedimiento menor que lo delató.

No sé todavía qué va a hacer con esa información.

Sara pensó en la llamada al director general esa mañana. En la ventanilla rota del coche. En el papel con una sola palabra.

—¿Qué van a hacer?

—Lo mismo que llevan cuarenta años haciendo: esperar al momento en que puedan usar lo que saben para destruir lo que más daña.

Si me dejan seguir y el caso llega a juicio, entonces sacan el conflicto de interés y buscan la nulidad.

Si me paran antes, evitan el riesgo de que el caso llegue a juicio aunque sea sin mí.

—¿Y cuál de las dos opciones prefieren?

—Depende de lo que yo tenga. Si tengo poco, me paran y sale barato.

Si tengo mucho, dejan que siga y esperan la nulidad.

—Herás la miró directamente—. El cuaderno de Nico cambia la ecuación.

Lo que tiene dentro no es financiero. Es testifical y documental sobre hechos específicos.

Ese tipo de prueba no la puedo haber construido yo: existía antes de que yo entrara en la Fiscalía.

Eso la protege del conflicto de interés.

—Solo si no se sabe que eres Marta Sáez Ruano.

—Sí. Solo si no se sabe.

El silencio que siguió fue de los que tienen un peso concreto, medible.

Sara miró el cuaderno sobre la mesa. La letra de Nico, la entrada de 2001, el nombre que había leído tres veces a las tres de la madrugada.

—¿Cómo fue? —preguntó.

No era una pregunta del caso. Era la otra pregunta, la que estaba debajo de toda la arquitectura legal y procesal.

Herás lo entendió.

—Tenía diez años. —Lo dijo con la calma de quien ha contado esa historia muchas veces en su interior hasta que ha perdido la temperatura que tenía al principio—.

Llevaba dos años en Santa Clara. Había visto suficiente para saber que no podía quedarme.

Y había visto suficiente para saber que si me iba, tenía que ser de una manera en que nadie lo controlara.

—La noche de los cuatro coches.

Herás la miró.

—Sí. —Una pausa—. ¿Lo tenía Nico en el cuaderno?

—En detalle. —Sara miró la página—. Escribió que vio marcharse a alguien esa noche. Que entonces no supo qué era lo que veía.

Herás asintió despacio.

—Era una noche en que había mucha actividad.

Seis personas. Sor Asunción estaba dentro con todos ellos y solo había un hombre fuera haciendo guardia.

Y ese hombre miró hacia arriba en un momento.

Hacia una ventana del segundo piso. —Hizo una pausa—.

Y durante los treinta segundos que tardó en entrar para avisar de lo que había visto, yo crucé el patio y llegué a la verja.

—¿Sabías dónde estaba la llave de la verja?

Una sombra de algo que no era exactamente una sonrisa cruzó la cara de Herás.

—Llevaba semanas mirándola.

* * *

Estuvieron una hora hablando.

Herás habló de la noche de la huida con la precisión de quien ha organizado ese recuerdo muchas veces para poder sostenerlo sin que le hiciera daño cada vez.

La patrulla municipal que la encontró en la calle.

El centro de emergencias. La familia que la adoptó meses después: funcionarios del Ministerio de Educación, sin relación con nada de lo que había pasado, gente que había querido un hijo y que recibió a una niña de once años que nunca les contó de dónde venía porque no tenía las palabras y porque una parte de ella había decidido que la única manera de sobrevivir a lo que había vivido era construir sobre ello como si fuera tierra firme.

—¿Cuándo te diste cuenta de que podías llegar a él desde la Fiscalía?

—A los treinta y dos años. Estaba en mi primer destino como fiscal adjunta, en Sevilla, y encontré un expediente archivado de 1988 sobre irregularidades en contratos públicos que tenían la firma de un asesor jurídico llamado Valentín Castaño.

El expediente había sido archivado por falta de pruebas.

La firma del archivado era de un magistrado que años después trabajó en el CGPJ durante el primer mandato de Castaño.

—Herás miró sus manos de nuevo—. Entendí entonces la geometría de lo que habían construido.

No era una red de crímenes pasados. Era una estructura activa, que seguía funcionando, que se autoprotegía desde dentro del sistema.

Y que podía desmontarse desde dentro del sistema también, si se hacía con suficiente cuidado y suficiente tiempo.

—Doce años.

—Doce años. —Asintió—. No para construir el caso. Para llegar al punto desde el que construirlo sin que me destruyeran antes de acabar.

Sara miró el cuaderno.

—¿Qué propones ahora?

Herás se levantó. Fue a la cocina y volvió con dos vasos de agua. Dejó uno frente a Sara y se quedó de pie, como si necesitara el movimiento para pensar.

—Me recuso. —Lo dijo sin vacilar—. Mañana mismo elevo el expediente a mi superior con una nota de conflicto de interés sobrevenido. Sin especificar cuál. El caso pasa a otro fiscal, o a ti directamente si se puede articular jurídicamente.

—Si te recusas ahora, alguien va a preguntar por qué.

—Que pregunten. Lo que no pueden saber es la respuesta verdadera.

Y la respuesta que daré es que he descubierto una conexión entre el caso financiero y una investigación de homicidios activa que lo convierte en un conflicto de competencias, no de interés personal.

—Una pausa—. Es técnicamente cierto. Y les da suficiente que masticar como para que no busquen más.

—¿Y la investigación de tres meses?

—Te la paso íntegra. Todo lo que tenemos sobre los flujos financieros, las cuentas, los contratos.

Tú lo usas como parte de la investigación de homicidios.

La conexión entre los crímenes actuales y la estructura que los protege.

—Herás la miró—. No necesito llevar el caso para que el caso llegue donde tiene que llegar.

Sara procesó eso.

Era una renuncia enorme. Doce años de trabajo entregados a otra persona porque quedarse podía destruir todo lo construido.

Y Herás lo decía con esa calma específica de quien ya lo había pensado antes de que fuera necesario, que lo había decidido mucho antes de que Sara apareciera a las cinco de la mañana con el cuaderno en la mano.

—¿Por qué confías en mí?

Herás la miró durante un momento largo.

—Porque Nico te dio la caja —dijo—. Y Nico lleva cuarenta años siendo el mejor juez de personas que he conocido.

El móvil de Sara vibró sobre la mesa.

Rubén.

Lo cogió.

—¿Qué tienes?

—El sexto de la lista. —La voz de Rubén tenía algo diferente esta vez, algo que no era solo el cansancio del caso—. Una mujer en Valencia. La encontraron esta madrugada.

—¿Tenía protección?

—Sí. —Una pausa—. Tenía dos agentes de la brigada de Valencia asignados desde ayer por la tarde.

Sara se levantó de la silla.

—¿Qué pasó con los agentes?

—Están bien. Los drogaron. Café en un termo que alguien les dejó en el coche durante el turno de noche. —Rubén hizo una pausa—. Sara, quien hizo esto sabía que había protección. Sabía cuántos agentes eran, dónde estaban y cuándo cambiaría el turno. Eso no se improvisa.

Sara miró a Herás.

Herás había escuchado suficiente del lado de la llamada para entender.

—Mendieta —dijo en voz baja.

Sara pensó en Herrera, el agente de Leganitos. En el sistema de vigilancia construido ocho meses antes. En alguien que sabía no solo dónde estaban los supervivientes sino también cuántos agentes los custodiaban y en qué posición.

—Rubén. Necesito que hagas algo ahora mismo, antes de cualquier otra cosa.

—Dime.

—Los dieciocho supervivientes con protección asignada. Necesito que cambies la localización de todos los que puedas mover en las próximas dos horas. Que los saques de donde están y los lleves a sitios que no estén registrados en el sistema oficial.

—¿Sin autorización?

—Con la mía. Y la de la fiscal Herás, que está aquí.

Herás asintió sin vacilar.

—Tienes la mía —dijo.

—La tienes —repitió Sara por el teléfono—. Muévelos, Rubén. Ahora.

Colgó.

Miró a Herás.

En la ventana del salón, la primera luz de un viernes de marzo empezaba a distinguirse del negro de la noche con esa gradación lenta y gris que precede al amanecer en Madrid.

La parra del patio interior no era visible desde aquí, pero Sara pensó en ella de todas formas.

En algo que vuelve cada año sin que nadie la cuide y sin que nadie entienda del todo por qué vuelve.

—Va a ser un día largo —dijo.

—Todos lo están siendo —dijo Herás.

Y fue a buscar el café.