Capítulo 15
El expediente
Eran las dos y dieciséis de la madrugada cuando el móvil vibró.
Rubén.
—¿Estás despierto todavía? —dijo.
—Sí. Escucha. —La voz de Rubén tenía el tono de quien acaba de encontrar algo que no esperaba y que está ordenando las palabras mientras las dice—. El expediente de Herrera.
—¿Qué tiene?
—Lleva ocho meses en el distrito de Leganitos. Antes estaba en Carabanchel, donde estuvo cuatro años. Antes de eso, dos años en Vallecas. Una trayectoria normal para un agente de base de su rango. —Hizo una pausa—. Excepto el traslado a Leganitos.
—¿Qué tiene de excepcional?
—Los traslados normales de agentes de base los gestiona la Jefatura Superior a través de recursos humanos, con el formulario estándar y el visto bueno del subcomisario del distrito. Este traslado llegó a través de la Oficina de Coordinación de Seguridad Institucional.
Sara se incorporó en la cama.
—¿Qué es eso?
—Es una oficina que existe en el organigrama de la Secretaría de Estado de Interior, pero que en los últimos cuatro años ha ampliado su coordinación con Justicia para temas de seguridad en sedes judiciales.
En papel es algo completamente burocrático.
—Una pausa—. Pero la persona que firmó la autorización del traslado de Herrera a Leganitos hace ocho meses es el coordinador adjunto de esa oficina, que depende funcionalmente de la Secretaría de Estado de Justicia.
Del gabinete de Álvaro Mendieta Casal.
—Ocho meses —dijo Sara.
—Ocho meses. Cuatro antes de que Tomás Vidal entrara en la comisaría de Leganitos. —Rubén hizo una pausa—. Alguien sabía que Vidal iba a moverse. Y puso a alguien en la comisaría antes de que lo hiciera.
Sara pensó en el sobre de papel manila. En el agente Fonseca que lo había metido en una bandeja de pendientes sin mirarle la cara a Tomás Vidal mientras le decía que esperara. En el formulario de diligencias previas que había pasado por cuántas manos antes de llegar a la brigada.
—¿Qué cargo tiene Herrera exactamente?
—Agente de guardia en el turno de mañana. Exactamente el turno en que Vidal se presentó. —Una pausa más larga—. Y el mismo turno en que hiciste tú la consulta desde la brigada sobre la dirección de Tomás Vidal antes de ir al piso de Lavapiés.
El sistema registra todas las consultas. Cualquiera con acceso al registro de la comisaría de Leganitos podía ver que Sara había buscado esa dirección. Y si Herrera tenía acceso al registro, también podía ver a quién se lo habían asignado y en qué momento.
—¿Tiene acceso al sistema central?
—Nivel básico, como cualquier agente de base. Suficiente para ver las consultas del distrito. No suficiente para acceder a los casos de brigada. —Rubén hizo una pausa—. Pero suficiente para informar de lo que hace la persona que lleva el caso.
Sara se levantó de la cama.
—Necesito que esto quede entre nosotros hasta que sepamos exactamente qué es. Nada en el sistema, nada por escrito, nada que pase por los canales normales.
—Lo sé.
—¿Tienes esto guardado de manera segura?
—En el móvil personal, sin nubes, sin copias automáticas.
—Bien. Mañana a las seis.
—Ya es mañana, Sara.
—A las seis, Rubén.
Colgó.
Se quedó de pie en el dormitorio, en la oscuridad, con el móvil en la mano y el cuaderno de Nico en la cama detrás de ella.
Un agente de guardia que llevaba ocho meses colocado en la comisaría correcta, en el turno correcto, por alguien del entorno de Mendieta Casal. Un sistema de vigilancia construido antes de que el caso existiera, porque alguien sabía que tarde o temprano Vidal iba a moverse.
Y ahora Herrera sabía que Sara llevaba el caso. Sabía dónde vivía ella. Sabía qué movimientos había hecho desde el martes por la mañana.
Fue a la cocina. Bebió agua. Volvió a la cama.
Cogió el cuaderno.
Si no iba a dormir, al menos que sirviera para algo.
* * *
Las entradas del cuaderno del año 1994 tenían una letra diferente a las anteriores: más segura, más adulta, con las palabras mejor espaciadas y menos borrones.
Nico tenía veinticuatro años en 1994 y había empezado, según se desprendía de algunas referencias en el texto, a trabajar en un taller de carpintería en el barrio de Vallecas que le daba un sueldo irregular pero suficiente para alquilar un cuarto y tener tiempo propio.
Seguía escribiendo.
Había dejado de escribir sobre Santa Clara como presente y había empezado a escribir sobre Santa Clara como historia que había que reconstruir.
Buscaba rastros. Rastreaba a las personas que había conocido entonces: quién vivía bajo qué nombre, dónde estaban, si se podía contactar con ellas de alguna manera.
Era una labor de arqueología personal, hecha a mano, sin recursos ni acceso a ningún sistema.
Sara fue pasando páginas.
Encontró la entrada de 1994 sobre Rafael Soler: lo había localizado en Málaga, donde vivía bajo su nombre real. Había anotado una dirección que ya no sería válida treinta años después.
Encontró la entrada de 1997 sobre Mónica Arenas: trabajadora social en Madrid, nombre real verificado, dirección en Getafe. Nos hablamos por teléfono. No quiere contacto directo pero acepta que sepa dónde está. Me pide discreción. Se la doy.
Siguió pasando.
El año 2001 tenía varias entradas importantes. Nico había conseguido trabajo de manera estable y con ese establo había llegado la posibilidad de moverse más, de buscar con más tiempo.
Y entonces, en la entrada del 14 de marzo de 2001, Sara encontró lo que llevaba buscando sin saber que lo buscaba.
La entrada empezaba igual que las demás: la fecha, el lugar donde estaba escribiendo, una brevísima referencia al contexto. Pero el contenido era diferente.
He encontrado a la niña del 23.
Sara se detuvo.
La niña del número veintitrés era la que más me preocupaba porque salió de Santa Clara de una manera que no encaja con ninguna de las demás.
Los que salimos de manera oficial, con los papeles y la edad reglamentaria, tenemos un rastro.
Los que salieron con identidades falsas tienen el rastro de esa identidad. Ella no tiene ninguno de los dos.
En 1983, cuando cerraron el centro, la niña del 23 llevaba dos años sin aparecer en los registros del orfanato. Sor Asunción no la mencionó en ninguna de las fichas de salida. Era como si nunca hubiera existido. Tardé años en entender qué significaba eso.
Lo que significa es que salió antes. En 1981 o 1982, de manera no oficial, sin que Sor Asunción lo gestionara. Lo que significa, a su vez, que salió sin su conocimiento.
La niña escapó.
Sara tuvo que parar y volver atrás para releer ese párrafo.
La niña escapó.
Siguió leyendo.
He podido reconstruir lo que pasó esa noche a partir de lo que yo mismo vi y de lo que me contaron después algunos de los niños que estaban entonces.
Era invierno. Finales del 81 o principios del 82.
Salió por la verja trasera durante una de las noches en que venían los coches.
Alguien la vio marcharse y no dijo nada.
Creo que fui yo quien la vio, aunque entonces no supe qué era lo que veía.
Sara cerró los ojos un momento.
Nico había visto escapar a Marta. Y no lo había sabido en el momento. Lo había entendido años después, reconstruyendo la cronología.
Siguió leyendo.
Lo que pasó después de que cruzara la verja es lo que me ha llevado más tiempo averiguar.
La encontraron en la calle una patrulla de la policía municipal.
Una niña de diez años, sola de noche, en una zona que en 1982 era bastante peligrosa.
La llevaron a un centro de acogida de emergencia.
Y desde allí, en unos meses, la adoptaron.
La familia que la adoptó era de Madrid. Funcionarios.
Gente discreta y sin apellidos relevantes.
La niña tomó sus apellidos y creció con ellos.
Estudió. Fue a la universidad. Construyó una vida completamente nueva sobre el fundamento de esa noche en que cruzó una verja de hierro con el frío de febrero en los huesos.
En 2001, su nombre es el siguiente.
Sara bajó los ojos hasta la línea siguiente.
Leyó el nombre.
Lo leyó dos veces.
Luego una tercera, muy despacio, como si la velocidad pudiera cambiar lo que estaba escrito.
No lo cambió.
El nombre era el mismo las tres veces.
Sara dejó el cuaderno en la cama con cuidado, con la precisión exagerada de quien necesita hacer algo con las manos mientras la cabeza procesa algo que cambia el orden de todas las piezas que tenía hasta ese momento.
Se quedó mirando el techo.
La parra del patio interior, invisible en la noche. El crujido del edificio. El silencio de las tres de la madrugada en la calle de Santa Isabel.
La niña del número veintitrés de Santa Clara de Miraflores.
La niña que había escapado en el invierno de 1981 o 1982.
La niña que había crecido con otro nombre, en otra familia, construyendo otra vida sobre el fundamento de una noche de huida.
Sara la conocía.
No de lejos. No de referencias. La había visto esa misma tarde, sentada en una silla de visita del despacho de Molina, con una carpeta sobre las rodillas que no había necesitado abrir porque se lo sabía todo de memoria.
Con la voz de alguien que mide las palabras porque sabe que cuestan.
Con los ojos de alguien que lleva mucho tiempo esperando que llegara este momento exacto.
La fiscal Verónica Herás.
* * *
Sara no durmió.
A las cuatro y media se levantó, se duchó, se preparó café y se sentó en la mesa del salón con el cuaderno abierto y un bloc en blanco al lado.
Escribió lo que sabía.
Verónica Herás. Fiscal de la Fiscalía Anticorrupción. Tres meses investigando a Valentín Castaño por delitos financieros. La fiscal que había aparecido en el despacho de Molina esa misma tarde como si hubiera llegado antes de que nadie la llamara.
Marta Sáez Ruano. Número veintitrés. La niña que había escapado de Santa Clara en el invierno de 1981 o 1982. La única de los cuarenta que no estaba en la lista de Tomás Vidal. La única que Nico había rastreado por su cuenta, en silencio, sin compartirlo con nadie más.
Porque si los que habían construido Santa Clara sabían que Marta había escapado, también sabían que había una testigo que lo había visto todo desde adentro y que había salido sin que nadie lo controlara.
Una testigo que cuarenta años después se había convertido en fiscal de Anticorrupción y había empezado a investigar a Castaño.
No por azar.
Con toda la intención del mundo.
Sara miró lo que había escrito.
Herás no había ido a ese despacho porque alguien le hubiera dicho que Sara tenía material sobre el orfanato.
Herás había ido porque ella era el orfanato.
Porque llevaba toda su vida adulta construyendo el caso que la había destruido cuando era niña.
Y Sara tenía el cuaderno de Nico, que era la prueba que Herás nunca había podido encontrar sola.
El problema era otro.
Si Herás era Marta, y si Castaño o Mendieta lo sabían, la investigación de Anticorrupción estaba comprometida desde el principio. Cualquier resultado que produjera podía ser anulado si se demostraba que la fiscal tenía un interés personal directo y no declarado en el caso.
Y alguien, en algún lugar, estaba esperando exactamente ese momento.
Cogió el móvil.
Las cuatro y cuarenta y dos de la madrugada.
Buscó el número directo que Herás le había dado esa tarde.
Lo miró durante un momento largo.
Luego lo guardó sin llamar.
Todavía no.
Primero necesitaba saber si Herás sabía que ella lo sabía.
Y para eso necesitaba verle la cara cuando se lo dijera.