Capítulo 14
La noche de los coches
La noche con cuatro coches fue en octubre, cuando el frío había vuelto con esa decisión de los otoños de Madrid que no avisan.
Marta lo supo porque la despertó el frío, no el ruido.
La ventana del dormitorio tenía una rendija en el marco que en verano era invisible y en invierno se convertía en una corriente fina y persistente que llegaba exactamente a la altura de la cama si dormías en el lado izquierdo, que era el suyo desde que Tere se había trasladado al dormitorio de las mayores en septiembre.
Se despertó. Miró el techo. Escuchó.
Abajo, en el patio, algo.
No era el ruido habitual de la noche en el orfanato: el crujido del edificio, el sonido de la calefacción de vapor que golpeaba las tuberías cada vez que la temperatura caía de cierto punto, el llanto ocasional de algún niño pequeño que no llegaba al umbral del despertar pero que emitía ese sonido de sueño agitado que podías oír desde el pasillo si pasabas cerca.
Era otro ruido. Un motor que se apagaba. Luego otro.
Marta fue al baño.
Desde la ventana del baño, apoyó la frente en el cristal frío con la práctica de quien lo ha hecho muchas veces.
Cuatro coches.
Nunca había visto cuatro.
Estaban aparcados en la calle lateral, los cuatro con los faros apagados, en fila, uno detrás del otro.
El último había llegado mientras ella miraba, así que los había visto llegar.
El conductor del último coche se había bajado antes de apagar el motor y había ido hacia el primero, donde ya había alguien esperando de pie junto a la puerta del copiloto.
Dos figuras junto al primer coche. Otras figuras bajando de los demás vehículos.
Marta contó: seis en total, aunque la oscuridad y el ángulo desde el baño del segundo piso no le permitían precisar.
Seis hombres con abrigos oscuros moviéndose hacia la puerta lateral con esa calma de quien conoce el camino.
Sor Asunción los estaba esperando.
Eso también era diferente. Las otras noches, Sor Asunción cruzaba el patio para abrir cuando ya estaban en la puerta. Esta vez estaba en el umbral antes de que llegaran, con la linterna apagada, solo su figura oscura en el rectángulo de luz débil que salía del interior del edificio.
Los hombres entraron.
Todos menos uno.
Uno de ellos se quedó fuera, junto a la puerta lateral, con los hombros ligeramente echados hacia atrás y las manos en los bolsillos del abrigo. No fumaba. Solo miraba el patio y la calle con esa atención periférica de quien hace guardia sin parecer que hace guardia.
Marta lo miró durante el tiempo que tardó en comprender que ese hombre estaba mirando las ventanas del edificio.
Se echó hacia atrás.
Esperó.
Contó hasta cien, muy despacio.
Luego volvió a asomarse, con más cuidado esta vez, solo la mitad de la cara por el borde del cristal.
El hombre seguía ahí.
Y en ese momento, como si hubiera sentido que alguien lo miraba con esa intensidad específica que tienen las miradas cuando se concentran, giró la cabeza hacia arriba.
Marta no se apartó a tiempo.
Él la vio.
O vio algo: el movimiento, el reflejo en el cristal, la forma oscura de una cabeza de niño en la ventana del segundo piso.
Bastó con eso. Sus ojos —que Marta no pudo ver en detalle, solo la dirección de la mirada— se quedaron fijos en la ventana del baño durante varios segundos que se hicieron muy largos.
Luego se giró.
Fue hacia la puerta lateral y llamó suavemente con los nudillos. La puerta se abrió desde dentro. El hombre dijo algo, breve, al que abrió. Luego entró.
Marta se apartó del cristal.
Fue hasta el suelo del baño y se sentó con la espalda contra la pared, las rodillas recogidas, igual que Mónica diría años después que había hecho ella en ese mismo baño, y esperó.
Pasó un tiempo que no supo cuantificar.
Luego la puerta lateral se abrió.
Los seis hombres salieron al patio en grupos de dos y de uno. El último en salir fue el que había hecho guardia, el que la había visto. Se detuvo un momento en el patio, miró hacia arriba, hacia la ventana del baño. Luego siguió caminando.
La luz del patio le dio en la cara justo cuando pasaba bajo el poste central.
Marta, desde el suelo del baño, no pudo verla. Pero por la mañana, cuando le contó a Nico lo que había pasado, él le preguntó si había visto algo de alguno de los hombres.
—Uno me miró —dijo Marta—. El que hacía guardia fuera. Cuando se fue, pasó bajo la bombilla del patio.
—¿Viste su cara?
—Solo un momento. —Hizo una pausa—. Era mayor. Cincuenta años, quizás. Tenía el pelo oscuro y llevaba gafas.
—¿Algo más?
Marta pensó.
—El abrigo era largo. Marrón oscuro o negro, no lo sé. Y llevaba algo en la solapa. Una insignia, creo. Un pin pequeño.
—¿Pudiste ver qué era?
—Redondo. Pequeño. No pude ver más.
Nico lo anotó todo en el cuaderno con la letra cuidadosa de quien sabe que los detalles pequeños son los que a veces abren puertas que los grandes no pueden abrir.
Luego miró a Marta.
—La próxima vez que pase algo así, quédate en el suelo. No vuelvas a la ventana. —Lo dijo sin reproche, pero con una firmeza que no dejaba espacio—. Si alguien te vio, puede que no sepa qué viste tú. Pero si vuelves a la ventana, sabrá que seguías mirando.
Marta asintió.
—¿Lo apuntaste?
—Todo. —Nico cerró el cuaderno—. Cuatro coches, seis hombres, uno que hizo guardia y vio una ventana. —Una pausa—. Es la noche con más información que tenemos. Si alguna vez sirve para algo, esta noche va a ser importante.
Marta lo miró.
—¿Crees que nos van a hacer algo? ¿Al que me vio?
Nico pensó antes de responder, lo que en él era siempre una señal de que la respuesta iba a ser honesta aunque no fuera cómoda.
—No lo sé. Pero a partir de ahora, tú y yo somos invisibles. En los pasillos, en el comedor, en el patio. Invisibles no significa escondidos. Significa que nadie tiene un motivo para fijarse en nosotros. —Hizo una pausa—. ¿Puedes hacer eso?
—Sí —dijo Marta.
Y lo hizo.
* * *
Madrid — viernes, 8 de marzo de 2024
Sara vivía en un quinto piso sin ascensor en la calle de Santa Isabel, en el barrio de Antón Martín, a quince minutos a pie de la jefatura.
Era un piso que había elegido porque estaba cerca del trabajo y porque tenía una ventana grande en el salón que daba a un patio interior donde en primavera crecía una parra que nadie había plantado y que nadie mantenía y que sin embargo volvía cada año, verde y obstinada, como una pequeña declaración de principios.
Llegó pasadas las once.
En la escalera, en el tercer descansillo, algo la detuvo.
Era un olor.
Leve. Casi imperceptible. Pero estaba ahí: una mezcla de algo limpio y artificial, del tipo que dejan algunos aerosoles o algunos guantes de látex, que no pertenecía a la escalera de su edificio, que tenía su propio catálogo olfativo de décadas: el piso de la señora Ferrer con su cocina de ajo y pimentón, el tabaco de la pareja del segundo, la humedad constante del hueco de la escalera que el administrador prometía arreglar desde hacía dos años.
Esto era diferente.
Sara dejó la caja en el suelo del descansillo y subió los dos pisos restantes despacio, pegada a la pared, con la mano derecha libre.
La puerta de su piso estaba cerrada. Sin señales visibles de forzado.
Sacó las llaves. Las introdujo en la cerradura.
Abrió.
Silencio.
Entró. Encendió la luz del pasillo. Fue habitación por habitación: salón, cocina, dormitorio, baño. Cada uno vacío. Cada uno en orden.
Demasiado en orden.
Sara se detuvo en el centro del salón.
Ella no era desordenada, pero tampoco era de las personas que mantienen las cosas en posiciones precisas.
El libro que había dejado en la mesa del salón el martes por la noche estaba exactamente paralelo al borde de la mesa.
Ella no lo había dejado así. El libro de la mesa siempre quedaba en diagonal, con la esquina sobresaliendo, porque así lo cogía al sentarse.
Fue al dormitorio.
El cajón de la mesilla estaba cerrado. Lo abrió: el cuaderno donde anotaba cosas antes de dormir, el cargador de repuesto, las pastillas para dormir que no había tomado en tres semanas. Todo presente. Todo en su sitio.
Fue al armario del dormitorio.
En el estante superior, donde guardaba las cajas de documentación personal —facturas antiguas, contratos, la documentación del coche—, las cajas estaban desplazadas medio centímetro respecto a la marca de polvo que indicaba su posición habitual.
Alguien había abierto esas cajas. Las había revisado. Las había vuelto a colocar con cuidado.
Sara se sentó en la cama.
Había pasado aquí, en su piso, en algún momento del día.
Mientras ella estaba en Brihuega, o antes, o durante la reunión con Molina y Herás.
Alguien con acceso al edificio, con la habilidad para abrir su cerradura sin dejar marcas, con el tiempo suficiente para revisar el piso con la minuciosidad que requería dejar todo casi en su sitio.
Casi.
No habían sido profesionales de la forma más alta, o no se habían preocupado de serlo del todo, porque habían cometido esos dos errores pequeños: el libro en la mesa, las cajas del armario. Lo suficiente para que alguien que conoce su propio espacio lo note.
Lo que significaba que o bien no eran tan buenos como querían parecer, o bien querían que ella supiera que habían estado.
Cogió el móvil. Llamó a Rubén.
—¿Duermes?
—Estaba intentándolo. ¿Qué pasa?
—Han estado en mi piso.
Un silencio.
—¿Cuándo?
—Hoy, mientras no estaba. No forzaron la puerta. Revisaron documentación personal. No se llevaron nada. —Sara miró la caja que había dejado en el descansillo y había subido antes de llamar—. La caja de Nico está conmigo, así que no llegaron a lo importante.
—¿Quieres que vaya?
—No. Quiero que hagas algo antes de dormir.
—Dime.
—El agente Herrera. El que estaba en el piso de Lavapiés el primer día y que volvió a aparecer en Getafe cuando fuimos a buscar a Mónica.
Un silencio más largo.
—¿En qué estás pensando?
—En que estaba en las dos escenas. En que sabía dónde vivía yo porque su nombre estaba en el parte de Lavapiés con mi dirección como responsable del caso. Y en que Nico me dijo que había alguien cerca, no en el sistema en abstracto. Cerca.
—Puede ser coincidencia. Los agentes de guardia se repiten en el distrito.
—Puede serlo. Búscalo de todas formas.
—¿Su expediente?
—Expediente, historial de destinos, si tiene algún vínculo con el Ministerio o con el CGPJ en algún momento de su carrera. Y si hay alguna anotación sobre él que no debería estar ahí.
Rubén tardó en responder.
—Sara, si me equivoco con esto y Herrera es un agente limpio, estamos abriendo un expediente sobre un compañero sin base suficiente.
—Lo sé. —Sara miró la ventana del salón, el patio interior oscuro, la parra invisible en la noche—.
Pero alguien entró en mi piso con una llave que no existe.
Y alguien llamó al director general esta mañana sabiendo exactamente hasta dónde habíamos llegado.
Eso es alguien que tiene acceso a los sistemas y que sabe cómo me muevo.
—Hizo una pausa—. La lista de personas que cumple eso no es larga.
Silencio al otro lado.
—Mañana temprano —dijo Rubén.
—Gracias.
Colgó.
Se quedó sentada en la cama con el móvil en la mano durante un momento. Luego fue al salón, cogió el libro de la mesa y lo dejó en diagonal, con la esquina sobresaliendo, como siempre.
Pequeños actos de territorio. Pequeñas declaraciones de que seguía siendo ella en ese espacio aunque alguien hubiera intentado borrarlo.
Fue a la cocina a beber agua.
En el espejo del baño, su cara de noche: los ojos con el cansancio de cuatro días sin dormir bien, el pelo que necesitaba lavarse, las líneas alrededor de la boca que aparecían cuando llevaba mucho tiempo con la mandíbula apretada sin darse cuenta.
Se miró durante un momento.
Pensó en Marta. En la niña de ocho años que llegó a Santa Clara con una bolsa de plástico del Spar y que aprendió a ser invisible en los pasillos de un edificio de ladrillo rojo en Carabanchel.
Que aprendió a observar con el rabillo del ojo.
Que anotó lo que vio en el cuaderno de otro niño porque había dos testigos siempre que con uno no bastaba.
¿Dónde estás ahora, Marta?
No era una pregunta al espejo. Era una pregunta al caso.
Porque en algún lugar de los cuarenta nombres había una mujer de cuarenta y pocos años que de niña había cruzado una verja de noche con una bolsa de plástico y había sobrevivido. Y esa mujer era el único testigo que Nico no había mencionado.
El único que faltaba en todos sus registros.
Sara apagó la luz del baño.
Se fue a la cama con la caja de Nico en el suelo, a medio metro de donde iba a intentar dormir.
Mañana.
Siempre había más mañana, aunque los mañanas de este caso llegaran con la velocidad de los casos que no esperan.