Los Cuarenta Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

En junio llegaron los calores y con los calores llegó una quietud diferente al orfanato.

Sor Asunción abría las ventanas del pasillo de la primera planta por las mañanas y el aire de la Vía Carpetana, que no era un aire limpio pero era movimiento, atravesaba el edificio de un lado al otro durante una hora antes de que el sol subiera demasiado y Sor Asunción volviera a cerrarlas.

Marta aprendió a usar esa hora.

Era la hora en que las monjas estaban ocupadas con los preparativos del desayuno y en que los niños más pequeños todavía no habían terminado de vestirse.

Era la hora en que podías estar en el pasillo de la planta baja sin que nadie te preguntara qué estabas haciendo allí, porque el ruido de la cocina y el ruido de los dormitorios se solapaban y nadie prestaba atención a la figura pequeña que pasaba junto a la puerta oscura del fondo con el ritmo exacto de alguien que va de un sitio a otro por razones propias.

La puerta oscura siempre estaba cerrada con llave.

Pero había una cosa que Marta había descubierto a principios de mayo y que no le había contado a Nico todavía porque no sabía si era importante o si era solo una casualidad: la llave de la sala del fondo estaba en el llavero de Sor Asunción, y Sor Asunción dejaba el llavero colgado en el gancho de la puerta de su despacho cuando estaba dentro.

El despacho de Sor Asunción tenía la puerta siempre abierta durante el día, porque Sor Asunción decía que las puertas abiertas eran señal de confianza, aunque la confianza que practicaba tenía más que ver con poder ver el pasillo desde su mesa que con el significado habitual de la palabra.

El llavero era grande. Demasiado grande para cogerlo y devolverlo sin que nadie lo notara.

Pero tenía algo más.

Una mañana de principios de junio, mientras pasaba frente al despacho de Sor Asunción a la hora de las ventanas abiertas, Marta vio que la directora no estaba en su mesa. El despacho estaba vacío y el llavero colgaba en el gancho.

Se detuvo.

Miró el pasillo a ambos lados.

Nadie.

Se acercó al gancho. No tocó el llavero. Lo estudió desde la distancia de un brazo, con esa atención nueva que Nico le había enseñado: no mirar directamente, dejar que los ojos recojan los detalles sin que el objeto sepa que lo estás mirando.

Había doce llaves en el llavero. Las del orfanato eran de hierro viejo, pesadas, del tipo que se fabrica para cerraduras antiguas. Pero había dos llaves que eran diferentes: más pequeñas, de metal plateado, modernas, del tipo que hace el copista de cualquier ferretería.

Una de ellas tenía una marca de pintura roja en el extremo del lomo.

Marta no lo tocó. No lo movió. Solo lo miró durante el tiempo suficiente para grabárselo.

Luego siguió caminando por el pasillo.

Esa tarde, en el patio, se lo contó a Nico.

Nico escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, sacó el cuaderno y escribió algo.

—¿Lo vas a anotar? —preguntó Marta.

—Ya lo anoté.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Desde marzo. —Nico cerró el cuaderno—. Pero no sabía si la llave pequeña con pintura roja era la de la sala del fondo o la de otra cosa. Ahora sé que es la que más guarda.

—¿Por qué?

—Porque las cerraduras más importantes tienen las llaves más fáciles de perder. Y Sor Asunción marcó esa con pintura para encontrarla siempre rápido. —Una pausa—. Cuando necesitas encontrar una llave rápido, es porque lo que cierra no puede estar abierto ni un momento de más.

Marta miró el edificio. La ventana con los cristales pintados de blanco.

—¿Alguna vez entraremos?

—No —dijo Nico, y lo dijo con una seguridad que no dejaba espacio para la negociación—. Lo que hay ahí dentro no necesitamos verlo. Lo que necesitamos es que alguien más lo sepa. Alguien que pueda hacer algo.

—¿Y si nadie puede?

Nico miró el patio. Los niños pequeños corriendo. La sombra del edificio alargándose hacia el árbol del rincón con la precisión de los veranos de Madrid.

—Entonces esperamos a que podamos nosotros.

* * *

A las once y cuarto de la noche, Sara llamó a Marcos Ibáñez.

El periodista descolgó al primer tono, lo que significaba que tampoco dormía o que estaba esperando que llamara.

—Sabía que ibas a llamar —dijo.

—¿Por qué contactaste con la Fiscalía sin decirme nada?

Una pausa breve.

—Porque cuando alguien rompe la ventanilla de tu coche y te deja un mensaje de una sola palabra, la cobertura que tienes se vuelve insuficiente de repente. —Otra pausa—. Y porque Herás lleva tres meses en Castaño y necesitaba lo que tú tienes para que su caso no se caiga. Los dos queríais lo mismo.

—Lo que yo quiero no es lo mismo que lo que quiere la Fiscalía.

—¿Qué quieres tú?

Sara miró el cuaderno de Nico sobre la mesa.

—Quiero que los que están matando a estas personas paren. —Hizo una pausa—. Y quiero que los que llevan cuarenta años haciendo posible que eso ocurriera respondan por ello.

—Eso es exactamente lo que quiere la Fiscalía.

—La Fiscalía quiere un caso que se sostenga en juicio. Yo quiero que treinta y uno de los cuarenta estén vivos cuando lleguemos a ese juicio.

Un silencio más largo.

—¿Treinta y uno? ¿Han muerto cinco ya?

—Esta tarde en Zaragoza.

Marcos no dijo nada durante unos segundos.

—¿Qué necesitas de mí?

Sara pensó en el nombre que Nico le había dado. En el cargo. En la llamada al director general a las ocho de la mañana.

—Necesito que investigues a Álvaro Mendieta Casal. Jefe de gabinete de la Secretaría de Estado de Justicia. Nacido aproximadamente en 1970 o 1971. Adoptado por una familia de apellido Mendieta en Madrid en 1982. —Hizo una pausa—. Y necesito que lo hagas sin que él sepa que lo estás mirando.

—¿Por qué yo y no tú?

—Porque yo dejo rastro en el sistema. Tú también, pero en otro sistema. —Sara apagó el flexo de la mesa—. Y porque si algo me pasa antes de que esto llegue a algún sitio, necesito que alguien siga tirando del hilo.

Marcos tardó.

—Está bien.

—Llámame mañana. —Sara cogió el abrigo y la caja—. Y Marcos. Esta vez avísame antes de mover nada.

Colgó.

Rubén la miraba desde su mesa.

—¿Cuándo descansas?

—Cuando pare. —Sara cogió la caja con las dos manos—. Esta noche me la llevo a casa. No me fío de dejarla aquí.

Rubén asintió. Apagó su pantalla.

—¿Sabes qué me preocupa más de todo esto?

—¿Qué?

—Que Nico dijo que había algo cerca de ti. No dijo en el sistema . Dijo cerca de ti . —Rubén cogió la chaqueta—. Y Mendieta está en el Ministerio. No exactamente cerca de ti.

Sara se detuvo en la puerta.

Tenía razón.

Mucho más cerca de usted de lo que cree.

Eso no era el Ministerio de Justicia. Eso era otra cosa.

Eso era alguien que ella veía. Que estaba en su mundo cotidiano. Que podía observarla sin que ella lo supiera.

—Mañana —dijo—. Esta noche ya no podemos pensar más.

Pero mientras bajaba las escaleras con la caja entre los brazos, supo que iba a pasar la noche con ese pensamiento dando vueltas en la misma oscuridad que los coches sin faros de la calle lateral de Santa Clara.