Los Cuarenta Capítulo 13
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Capítulo 13

El nombre

La carretera de vuelta a Madrid era la misma que a la ida pero diferente, porque las carreteras de noche siempre son diferentes a las de día aunque no haya cambiado nada en el asfalto ni en las señales ni en el paisaje que la oscuridad oculta pero no elimina.

Rubén conducía. Sara tenía el bloc en la rodilla y la linterna del móvil encendida sobre él, y miraba las notas que había tomado en la cocina de Brihuega con esa atención de quien intenta construir un orden donde antes solo había piezas sueltas.

Habían dejado a Nico y a Mónica en la casa del callejón de las Monjas con la instrucción de no moverse, no usar teléfonos vinculados a sus nombres y no abrir la puerta a nadie que no fuera Sara o Rubén.

Nico había aceptado con la calma de alguien que lleva años siguiendo ese tipo de instrucciones.

Mónica había preguntado cuánto tiempo. Sara le había dicho que no lo sabía.

No era la respuesta que Mónica quería. Era la única que Sara podía dar.

—¿En qué piensas? —preguntó Rubén sin apartar los ojos de la carretera.

—En el nombre.

—¿Lo ubicas?

—En algún sitio. No puedo precisar dónde todavía.

Era esa sensación específica del reconocimiento incompleto: saber que algo existe en algún rincón de la memoria sin poder localizarlo con exactitud, como buscar un objeto en una habitación oscura sabiendo que está ahí pero sin encontrarlo todavía.

El nombre que Nico le había dado era Álvaro Mendietа .

Sin más datos. Solo el nombre. Nico le había dicho que no tenía los apellidos completos con certeza, que había llegado a ese nombre a través de un rastro de documentación que no era directa.

Que la familia que había adoptado al niño del orfanato en 1982 se llamaba Mendieta, que eran de Madrid, que tenían dinero y relaciones en el mundo jurídico, y que el niño adoptado había tomado ese apellido y había crecido con él.

Álvaro Mendieta.

—Mendieta —dijo Sara en voz alta.

Rubén frenó ligeramente ante un radar que no estaba señalizado.

—¿Te suena?

—Suena a algo. No sé a qué todavía.

Cogió el móvil y abrió el buscador. Escribió el nombre. Los resultados fueron los que suelen ser para un nombre relativamente común: varios perfiles en redes sociales, dos o tres referencias en registros mercantiles, una esquela de 2019 de un hombre de ochenta años que no era el que buscaba.

Refinó la búsqueda: Álvaro Mendieta Madrid jurídico.

Tres resultados en la primera página.

Uno era una referencia antigua en un directorio de colegios profesionales.

Otro era una nota de prensa de 2015 sobre un congreso de derecho penal en el que aparecía el nombre entre los asistentes.

El tercero era un artículo de 2021 en un medio jurídico especializado sobre cambios en la composición de la comisión de selección de fiscales del Ministerio de Justicia.

Sara amplió el artículo.

La comisión de selección de fiscales del Ministerio de Justicia en 2021. Una lista de siete nombres. Uno de ellos: Álvaro Mendieta Casal, jefe de gabinete de la Secretaría de Estado de Justicia.

Sara leyó el cargo dos veces.

Jefe de gabinete de la Secretaría de Estado de Justicia.

No era el CGPJ. Era el Ministerio. Un nivel diferente, pero conectado. Un cargo de confianza política, de los que se renuevan con los gobiernos pero que a menudo permanecen porque quien los ocupa tiene la clase de utilidad que trasciende los cambios de partido.

Buscó el nombre específico: Álvaro Mendieta Casal Ministerio Justicia.

Encontró su perfil institucional. Una fotografía corporativa, de esas en que el sujeto mira a la cámara con la expresión de quien quiere parecer accesible sin ser informal.

Hombre de unos cincuenta y dos o cincuenta y tres años.

Rostro ancho, pelo oscuro con las sienes grises.

La información pública era escasa: el cargo, la trayectoria resumida en tres líneas, nada sobre su vida anterior al mundo jurídico.

Sara buscó Mendieta Casal Madrid adopción 1982 .

Nada.

Buscó Álvaro Mendieta familia Madrid .

Una referencia en la sección de sociedad de un periódico de 2008: la boda de Álvaro Mendieta Casal con una arquitecta llamada Laura Serrano. La reseña mencionaba que el novio era hijo de Don Eduardo Mendieta , fallecido en 2004, y de Doña Carmen Casal .

Sara miró los apellidos adoptivos.

Mendieta. Casal.

Y los de nacimiento, que no aparecían en ningún sitio porque habían sido enterrados en 1982 con la misma eficiencia con que Sor Asunción había enterrado los registros de Santa Clara.

—Rubén. El jefe de gabinete de la Secretaría de Estado de Justicia se llama Álvaro Mendieta Casal.

Rubén tardó un momento.

—¿El Ministerio de Justicia?

—El gabinete. El que coordina la relación del Ministerio con el CGPJ.

—Sara miró la pantalla—. Castaño lleva treinta años en el Consejo.

El hombre que Castaño tiene controlado lleva años en el Ministerio.

Los dos organismos que habrían tenido que investigar lo de Santa Clara son exactamente los dos organismos en los que están.

El silencio que siguió duró hasta que Rubén adelantó a un camión y el ruido del motor volvió a su nivel de fondo.

—¿Lo sabes con certeza?

—No. Tengo el nombre que me dio Nico, tengo el cargo de la persona que lleva ese nombre, y tengo la coincidencia de que ese cargo es exactamente el que necesitarías para mantener algo así enterrado desde dentro del sistema jurídico.

—Sara bajó el móvil—. No es certeza. Es una línea que hay que seguir con mucho cuidado.

—¿Se lo cuentas a Herás?

Sara pensó en la fiscal. En su carpeta cerrada sobre las rodillas. En los tres meses de investigación financiera sobre Castaño.

—Todavía no. Primero necesito saber si Mendieta Casal aparece en alguno de los registros que tenemos. En el cuaderno de Nico, en la lista de matrículas, en cualquier documento de la época.

—¿Cómo?

—Esta noche. Cuando lleguemos.

* * *

A las nueve y veinte de la noche, la jefatura de la calle Leganitos tenía esa quietud de los edificios institucionales fuera del horario laboral: los pasillos con la mitad de las luces apagadas, el ruido de alguna impresora en algún despacho, el agente de guardia en la planta baja con los ojos en una pantalla.

Sara y Rubén subieron al tercer piso.

El cuaderno de Nico estaba en la caja, sobre la mesa, donde lo habían dejado. Sara lo abrió por las primeras páginas, las de 1981, con la lupa del cajón y la luz del flexo dirigida al máximo.

Las entradas de los primeros meses eran escuetas. Fecha. Número de coches. Letras y números de matrícula, parciales. Ningún nombre. Nico había sido disciplinado desde el principio: solo lo verificable.

A partir de 1985, cuando ya tenía quince años y estaba fuera del orfanato, las entradas cambiaban.

Había más texto. Había inferencias, marcadas siempre con un asterisco para distinguirlas de los datos directos.

Y había un intento de cruzar las matrículas parciales con registros que un adolescente sin recursos no habría podido consultar de manera oficial.

Sara buscó en las páginas de los años noventa, cuando Nico ya tendría más herramientas.

En 1993, una entrada más larga que las habituales. La letra, la del Nico adulto, más firme y más inclinada.

Matrícula M-4471-BK. Verificada en registro de la DGT a través de contacto indirecto. Propietario en 1981: Eduardo Mendieta Vázquez. Abogado. Madrid. Cuatro apariciones registradas entre octubre del 81 y junio del 83.

Sara se detuvo.

Eduardo Mendieta Vázquez.

El padre adoptivo de Álvaro Mendieta Casal.

El hombre cuyo coche había aparecido cuatro veces en los registros de Nico entre 1981 y 1983.

El hombre que en 1982 había adoptado a un niño de doce años de Santa Clara de Miraflores.

Llamó a Rubén, que estaba en su mesa buscando en el sistema.

—La matrícula M-4471-BK. En el cuaderno de Nico, verificada en 1993. Pertenecía a Eduardo Mendieta Vázquez, que era el padre adoptivo de Álvaro Mendieta Casal. El coche apareció cuatro veces en Santa Clara entre 1981 y 1983.

Rubén tecleó algo.

—Dame un minuto.

Sara siguió leyendo.

La entrada del 93 continuaba: No confirmo si Eduardo Mendieta era usuario de la sala del fondo o simple acompañante de otros. Cuatro apariciones no es suficiente para establecer patrón. La adopción de 1982 podría ser independiente de las visitas o podría ser parte de ellas. No lo sé.

La honestidad de Nico, incluso en sus propios registros, era absoluta. No afirmaba lo que no podía demostrar.

Pero la conexión estaba ahí, en esas cuatro apariciones del coche de Eduardo Mendieta. Y en el hecho de que ese mismo hombre había sacado a un niño de Santa Clara el año siguiente.

¿Por qué sacar a un niño de un sitio al que acudes a hacerle daño?

Había varias respuestas posibles. Sara las ordenó mentalmente sin escribirlas, porque algunas cosas eran demasiado oscuras para ponerlas en un bloc y dejarlas sobre una mesa.

—Sara. —La voz de Rubén interrumpió el pensamiento—. Tengo algo sobre la llamada al director general.

Sara fue a su mesa.

En la pantalla, el registro de comunicaciones externas de la Dirección General de la Policía, al que Rubén había accedido a través del sistema interno. La llamada de la mañana: las ocho y diecisiete. Desde un número de teléfono de la Secretaría de Estado de Justicia.

Sara miró el número.

Luego miró a Rubén.

—El gabinete de la Secretaría de Estado —dijo él—. No sé si fue Mendieta directamente o alguien de su equipo. Pero el número es del gabinete.

Castaño controlaba a Mendieta. Mendieta, desde el Ministerio, hacía las llamadas necesarias. La cadena de mando de la impunidad, operando en tiempo real mientras Sara estaba en el piso de Lavapiés mirando la marca en el brazo de Tomás Vidal.

* * *

Santa Clara de Miraflores — Madrid, junio de 1981