Capítulo 12
El callejón de las Monjas
El callejón de las Monjas era exactamente lo que su nombre prometía: una calle estrecha, empedrada, que nacía de la plaza mayor y se perdía entre dos muros de piedra hacia el interior del núcleo medieval de Brihuega.
Las casas que había en ella eran bajas y antiguas, con las fachadas de piedra caliza sin revocar y las ventanas pequeñas protegidas por rejas de hierro oxidado.
En verano, a pleno sol de la Alcarria, debían de tener un aspecto casi pintoresco.
A las seis y media de la tarde de un jueves de marzo, con la temperatura bajando rápido y la única iluminación la de dos farolas escasas, tenían el aspecto de un callejón en el que nadie debería estar.
El hombre del perro se detuvo frente a la tercera puerta de la izquierda.
—Esta —dijo.
Luego se quedó donde estaba, como si no tuviera intención de moverse hasta que supiera qué iba a pasar.
Sara miró la puerta. Era de madera oscura, con los herrajes de hierro del mismo color oxidado que las rejas de las ventanas.
Por la rendija inferior llegaba una franja de luz tenue, del tipo de la que da una lámpara de interior de poca potencia, no la luz de alguien que ha dejado una bombilla encendida por error o por olvido.
La luz de alguien que está dentro.
Llamó.
Tres golpes, espaciados, el tipo de llamada que dice soy alguien con tiempo, no alguien que huye.
Silencio dentro.
Luego el sonido de pasos. Lentos, cautelosos, que se acercaban desde el fondo de la casa.
Sara oyó una voz al otro lado de la puerta, tan baja que no pudo distinguir las palabras. Luego otra voz respondía, también baja. Dos personas.
—Somos policía —dijo Sara, en el volumen justo para que se oyera a través de la madera—. Inspectora Montero, Brigada de Homicidios. Venimos a buscar a Mónica Arenas.
Silencio de nuevo, más largo.
El sonido de un cerrojo corrido.
La puerta se abrió.
* * *
Mónica Arenas estaba al fondo de la sala pequeña que hacía de entrada, apoyada en el marco de la puerta que comunicaba con lo que debía ser la cocina.
Llevaba el mismo jersey que el día anterior en Getafe, sin el abrigo, y tenía el pelo ligeramente descompuesto, como el de alguien que ha estado sentada mucho tiempo en la misma postura sin que eso le importara.
Estaba entera. Sin daño visible. Los ojos, alerta.
Junto a la puerta, el que había abierto.
Era un hombre de unos cincuenta y tres o cincuenta y cuatro años, aunque el cuerpo podría haber dicho más.
Alto, con la delgadez de quien ha comido suficiente pero no de sobra durante mucho tiempo.
El pelo gris, corto. La cara de quien ha vivido al aire libre en los últimos años: la piel curtida, las arrugas marcadas en los bordes de los ojos con esa profundidad que da la luz directa de los climas secos.
Llevaba una camisa de franela y unos pantalones de trabajo.
Las manos, grandes, sujetaban el borde de la puerta con una tensión que el resto del cuerpo intentaba disimular.
La mirada era la misma que había descrito Mónica. Oscura. Tres o cuatro años más vieja que el resto de la cara.
Sara lo reconoció sin haberlo visto nunca.
—Nicolás Ferreras —dijo.
El hombre no lo negó. Asintió una vez, con esa economía de gestos de quien lleva mucho tiempo haciendo solo lo necesario.
—Pasen —dijo—. Pero cierren la puerta.
* * *
La casa tenía cuatro habitaciones pequeñas y esa frialdad de los sitios que se han calentado con prisa después de un tiempo vacíos. En la cocina había una cafetera en el fuego y dos tazas en la mesa. Nico añadió dos más sin preguntar y llenó las cuatro.
Se sentaron.
El hombre del perro no había entrado. Cuando Sara se asomó al callejón antes de cerrar la puerta, ya no estaba. Había desaparecido con la misma discreción con que había aparecido, como alguien que cumple con su parte y después prefiere no saber más.
—¿Cuándo llegó aquí? —preguntó Sara.
—Esta mañana temprano. —Era Nico quien hablaba. La voz, baja y algo ronca, tenía el ritmo de alguien que ha pensado mucho lo que va a decir pero que sabe que decirlo va a costarle de todas formas—. Llevaba semanas moviéndome. Desde que supe que Tomás había ido a la comisaría.
—¿Cómo lo supo?
—Tomás me avisó antes de hacerlo. Me llamó desde un teléfono que yo no conocía.
Me dijo que ya no podía más, que iba a ir.
—Nico sostuvo la taza entre las dos manos—.
Le pedí que esperara. Que nos diéramos más tiempo para prepararlo.
Me dijo que tenía setenta y tres años de edad acumulada con la angustia y que no le quedaba más tiempo.
Sara pensó en la lista mecanografiada. En el sobre de papel manila. En la tarjeta del agente Fonseca con la nota escrita a mano en la casilla de Observaciones.
—¿Por qué avisó a Mónica para que viniera aquí y no contactó directamente con nosotros?
Nico miró a Mónica antes de responder.
—Porque no sabía si podía confiar en la persona con la que hablaría.
—Una pausa—. Llevo muchos años sabiendo que hay alguien dentro del sistema que les pasa información.
Cada vez que alguno de nosotros se acercó a la policía o a la justicia, antes de que llegara a algún lado, alguien ya sabía que estaba intentándolo.
Tomás. Yo mismo, en 2009. Otros antes que nosotros.
—Hizo una pausa—. Necesitaba que fuera alguien que yo pudiera ver llegar.
Mónica la conozco. Si venía con policías, sabía que eran los correctos.
Si venía sola o con gente que no debía, también lo sabría.
—¿Y si yo no era la correcta?
Nico la miró.
—Entonces Mónica no habría abierto la puerta.
Sara miró a Mónica. Mónica sostuvo la mirada sin añadir nada.
—¿Sabe usted quién es la filtración? —preguntó Sara.
—No con nombre. Pero sé en qué nivel está.
—Nico dejó la taza—. Lo que pasó en Santa Clara no fue una operación pequeña.
Doce años, cuarenta niños, hombres con poder entrando y saliendo sin que nadie los detuviera, los registros del centro borrados, una congregación entera disuelta de un día para otro, el juez que archivó la denuncia del 83 ascendido a magistrado dos años después.
Nada de eso se hace sin alguien que coordine.
Alguien que tenga acceso a distintos niveles de la administración al mismo tiempo.
—Valentín Castaño.
Nico no se sorprendió al oír el nombre.
—Castaño era el que organizaba las visitas.
El que pagaba a Sor Asunción. El que conocía a los demás y los mantenía unidos.
—Hizo una pausa—. Pero Castaño no borró los registros del orfanato.
Castaño no consiguió que la denuncia del 83 se archivara en cuarenta y ocho horas.
Castaño en el 83 era un abogado de treinta y cinco años con contactos pero sin el poder necesario para mover todo eso en tan poco tiempo. Alguien con más poder que él lo ayudó.
Sara miró a Rubén.
Rubén tenía el bloc abierto y estaba escribiendo, pero levantó los ojos.
—¿Ese alguien está en el cuaderno?
—No. —Nico lo dijo con una calma que tenía algo de resignación—.
Ese alguien nunca entró en Santa Clara. Operaba desde más atrás.
Solo sé de su existencia porque Tomás, en los últimos años, había seguido investigando y me fue contando lo que encontraba.
—Una pausa—. No tengo nombre. Solo sé que en 1983, cuando cerraron el centro, Castaño necesitó ayuda de alguien que podía mover piezas en el sistema judicial y en el eclesiástico al mismo tiempo.
Y que esa persona sigue siendo el paraguas que ha mantenido todo esto enterrado durante cuarenta años.
El silencio que siguió era del tipo denso, del que ocupa el espacio de manera física.
Sara pensó en la carta del vicario. En los dos niveles: la Iglesia y la justicia. En Molina recibiendo la llamada a las ocho de la mañana antes de que ella llegara a su despacho.
—¿Tomás le dijo si había llegado a averiguar quién era?
—Me dijo que estaba cerca. Que tenía una pista concreta. —Nico la miró—. Me lo dijo cuatro días antes de ir a la comisaría.
Sara lo entendió.
Tomás Vidal había ido a la comisaría no solo porque ya no podía más. Había ido porque había encontrado algo. Y había ido sabiendo que posiblemente alguien lo sabría antes de que llegara a algún sitio.
Lo había hecho de todas formas.
Y lo había pagado esa misma noche.
* * *
Estuvieron dos horas en la cocina de la casa del callejón de las Monjas.
Nico habló durante la mayor parte del tiempo con esa precisión de los que han tenido décadas para ordenar lo que saben.
Fechas. Nombres. Conexiones. Confirmó las matrículas del cuaderno.
Describió a los hombres que había visto, los que podía identificar y los que no.
Explicó cómo había ido ampliando la documentación a lo largo de los años, cómo había seguido el rastro de algunos de los nombres más allá de los años del orfanato, cómo había intentado dos veces hacer llegar esa documentación a alguien que pudiera hacer algo con ella y las dos veces había tenido que huir.
Mónica escuchaba sin interrumpir. Había escuchado versiones de algunas de estas cosas antes, pero no todo, y en la cara de ella Sara vio el reconocimiento doloroso de quien recibe confirmación de lo que ya sabía pero que duele de manera diferente cuando alguien más lo dice en voz alta.
Cuando Nico terminó, Sara desplegó sobre la mesa las hojas de la lista que él había dejado en la caja. El nombre de Castaño al final, encuadrado con el trazo de bolígrafo.
—¿Está todo en estas hojas?
—Lo que pude verificar, sí.
—¿Hay algo que sepa y que no está aquí?
Nico miró la lista durante un momento.
—Una cosa.
Sara esperó.
—Hay un superviviente de los cuarenta que no vive bajo nombre falso. Que siempre vivió con su nombre real. —Hizo una pausa—. Porque no salió de Santa Clara como los demás. Salió de otra manera.
—¿De qué manera?
—Lo adoptaron. Una familia con dinero y contactos.
Lo sacaron del orfanato antes del cierre, en 1982.
Lo criaron como si fuera hijo suyo. —Nico la miró—.
No está en la lista de Tomás porque Tomás no sabía que existía.
Yo lo descubrí hace dos años, siguiendo un hilo de una de las matrículas del cuaderno.
El coche pertenecía a un hombre que en 1982 adoptó a un niño de doce años de Santa Clara.
Un niño que vivió con esa familia hasta que creció.
Un niño que ahora tiene más de cincuenta años y que lleva toda la vida creyendo que lo que le pasó en el orfanato antes de la adopción era su secreto privado, que nadie lo sabía y nadie podía usarlo en su contra.
—Una pausa—. Pero Castaño sí lo sabe. Y lo ha usado.
—¿Lo ha usado cómo?
—Para controlarlo. Para asegurarse de que nunca hable. Para tener dentro del sistema a alguien que le debe la vida, literalmente, y que no puede permitirse que salga lo que pasó porque lo hundiría a él también.
Sara miró a Rubén.
—¿Quién es?
Nico abrió la boca para responder.
El teléfono de Rubén sonó.
Rubén lo miró. Miró a Sara. Descolgó.
Escuchó durante veinte segundos sin decir nada. Luego dijo recibido y colgó.
—El quinto de la lista —dijo—. Encontrado esta tarde en Zaragoza. El mismo método.
Nico cerró los ojos.
No era la expresión de alguien que recibe una noticia inesperada. Era la expresión de alguien que recibe la confirmación de algo que temía y que con esa confirmación siente que algo se ha roto de manera definitiva.
—Es mi culpa —dijo en voz baja.
Sara lo miró.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto me moví para contactar con Mónica, alguien lo supo. Y en cuanto alguien lo supo, aceleraron. —Abrió los ojos —. Cuando yo estoy quieto, van despacio. Calculan. Cuando me muevo, se asustan y van más rápido. Llevo diez años sabiendo eso y esta vez lo olvidé.
Sara miró la lista sobre la mesa. El número cinco, que ella no había tachado todavía porque el trazo de rotulador sobre un nombre era un gesto que hacía sola, en el despacho, cuando ya no quedaba nada más que hacer por esa persona.
—Necesito que me diga el nombre —dijo—. El del superviviente adoptado.
Nico la miró durante un momento largo.
Luego dijo el nombre.
Sara lo sostuvo en la cabeza durante tres segundos, como quien pesa algo antes de decidir dónde ponerlo.
No era un nombre que ella conociera directamente. Era un nombre que había visto en algún sitio, en algún documento reciente, en algún contexto que ahora no podía ubicar con precisión pero que llegaría.
—¿Está en el CGPJ?
—No. Está en otro sitio. —Nico recogió las hojas de la mesa y las devolvió a Sara con los bordes cuidadosamente alineados—. Está mucho más cerca de usted de lo que cree.