Los Cuarenta Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Nico se quedó callado durante un tiempo que fue más largo de lo habitual en él.

—Ahora mismo no sirve para nada —dijo al final—.

Pero las cosas que pasan, si no las apunta nadie, es como si no hubieran pasado.

La gente que hace cosas malas cuenta con eso: con que nadie apunte nada, con que los que lo vieron sean demasiado pequeños o demasiado asustados para que alguien les crea, con que cuando sean mayores lo hayan olvidado o prefieran olvidarlo.

—Hizo una pausa—. El cuaderno es para cuando seamos mayores.

Para que cuando alguien pregunte, podamos decir: fue así, en esta fecha, a esta hora, y aquí está escrito.

Marta miró el patio.

—¿Y si cuando seamos mayores nadie pregunta?

—Entonces habremos hecho algo de todas formas. —Nico metió el cuaderno en el bolsillo—. Mi madre me dijo una vez que la diferencia entre la gente buena y la mala no es que la gente buena no vea las cosas malas. Es que las ve y decide no mirar para otro lado aunque no pueda hacer nada todavía.

Marta pensó en su madre, que había muerto de una enfermedad que los médicos no habían diagnosticado bien porque su padre no había llevado el dinero suficiente para la consulta privada y la pública tenía lista de espera.

Pensó en si su madre habría dicho algo parecido a lo que acababa de decir Nico, si hubiera tenido tiempo para decirlo.

Decidió que sí.

—Enséñame —dijo.

—¿Qué?

—A observar sin que se note.

Nico la miró durante un momento.

Luego asintió.

—Bien. —Señaló la puerta del edificio con un gesto mínimo de la cabeza—. Mira hacia el árbol del rincón. El árbol, no la puerta. Y dime cuánto tiempo tarda Sor Remedios en bajar los ojos del móvil para mirar a los niños que están discutiendo.

Marta miró el árbol.

Contó.

—Cuarenta y dos segundos.

Nico no se sorprendió.

—Cuarenta y dos segundos en que nadie está mirando hacia la puerta. —Cogió el cuaderno y lo abrió—. Escríbelo.

* * *

La carretera hacia Brihuega pasaba por la Alcarria, que a principios de marzo tenía esa desolación específica de los paisajes que en verano son generosos y que en invierno muestran los huesos.

Las colinas suaves, los bancales de lavanda sin flor todavía, los olivos con las ramas grises contra el cielo que empezaba a oscurecer.

Sara conducía. Rubén miraba el móvil con el mapa abierto y el volumen de la voz del navegador bajado al mínimo porque había aprendido que a Sara la voz del navegador la irritaba cuando necesitaba pensar.

—¿Confías en la fiscal? —preguntó él.

—Todavía no sé si confiar en ella. —Sara adelantó a un tractor que avanzaba por el carril derecho con la resignación de los tractores en carreteras comarcales—.

Sé que investiga a Castaño. Sé que lo hace desde hace tres meses.

Sé que lo que tenemos nosotros encaja con lo que busca ella.

Pero no sé quién le dijo a Castaño esta mañana exactamente qué sabemos y hasta dónde hemos llegado.

—¿Crees que la filtración viene de la Fiscalía?

—Puede venir de cualquier sitio. De la Fiscalía, de la jefatura, de la brigada, de los registros de la DGT que pediste esta mañana, de la patrulla que fue al piso de Getafe.

Cada vez que tocamos algo dejamos un rastro en el sistema, y alguien con acceso suficiente puede seguir ese rastro en tiempo real.

Rubén dejó el móvil en el salpicadero.

—¿Y la colaboración con Herás?

—De momento, informativa. Le he dicho que tengo documentación relevante para su investigación. No le he dado nada todavía. —Sara miró la carretera—. Quiero ver primero qué hay en Brihuega.

—¿Y si no hay nada?

—Si no hay nada, habremos conducido dos horas para nada. —Hizo una pausa—. Y si hay algo, necesito verlo antes de que nadie más lo vea.

El navegador anunció que en tres kilómetros debían girar a la derecha. Sara encendió los faros. La tarde se había convertido en noche con la rapidez que tiene en la meseta en invierno, sin transición, como si alguien hubiera apagado un interruptor.

Brihuega apareció en lo alto de un promontorio, las luces del pueblo sobre la oscuridad del valle, con esa manera de los pueblos medievales de Castilla de parecer al mismo tiempo antiguos e inevitables, como si siempre hubieran estado ahí y fueran a seguir estando cuando todo lo demás desapareciera.

Sara aparcó en la plaza mayor.

Había una sola persona en la plaza, un hombre mayor que sacaba a un perro con ese paso lento de quien no tiene prisa porque ya no tiene adónde ir deprisa.

Sara se bajó del coche.

—Disculpe. Estamos buscando a alguien que vivió aquí hace unos años. Nicolás Alcalde Ferreras.

El hombre miró a Sara. Luego a Rubén. Luego de nuevo a Sara.

—¿Son policías?

—Sí.

El hombre asintió despacio, como si eso confirmara algo que ya sabía.

—Nico. —Dijo el nombre con la familiaridad de los que conocen a alguien de verdad—. Vivió aquí tres años. En la casa del callejón de las Monjas.

—¿Sabe si sigue ahí?

El hombre cogió al perro del collar antes de contestar, un gesto que Sara interpretó como el de alguien que necesita sujetar algo mientras dice lo que va a decir.

—No lo ha visto nadie desde el otoño pasado. —Una pausa—. Pero esta mañana había luz en la casa.

Sara y Rubén se miraron.

—¿Puede enseñarnos dónde está?

El hombre los miró una vez más. Luego tiró suavemente del perro hacia la calle que salía de la plaza por el lado norte.

—Síganme.