Capítulo 11
La fiscal
La fiscal Verónica Herás tenía la costumbre de no mirar los papeles de la carpeta durante las conversaciones importantes. Los tenía allí, sobre las rodillas, pero no los abría. Era una manera de decir que no los necesitaba, que lo que tenía que decir lo sabía sin apoyarse en notas.
Sara lo notó y lo anotó mentalmente.
—¿Qué investigan exactamente? —preguntó.
—Tres años de flujos financieros irregulares.
Cuentas en Malta y en Luxemburgo a nombre de sociedades pantalla que se pueden rastrear hasta Castaño con dificultad pero con suficiente consistencia.
Contratos de asesoría a empresas que presentaron recursos ante el CGPJ en los dos años anteriores a la firma de los contratos.
—Herás hizo una pausa—. En términos simples: gente que paga por tener el resultado que necesita en el Consejo y que paga a través de capas de intermediarios suficientemente opacas para que sea difícil pero no imposible de demostrar.
—¿Cuánto llevan?
—Tres meses de investigación. Seis semanas desde que conseguimos la autorización judicial para intervenir sus comunicaciones. —Otra pausa—. Lo que tenemos es suficiente para abrir juicio, probablemente. No estoy segura de que sea suficiente para condenarlo.
—¿Por qué no?
—Porque Valentín Castaño lleva treinta años construyendo exactamente la clase de distancia entre él y las pruebas que hace que los casos se caigan en sala.
Sabe cómo funciona el sistema porque lleva treinta años siendo parte del sistema.
—Herás abrió la carpeta por primera vez, pero no miró los documentos; los cerró casi inmediatamente—.
Lo que usted tiene, si es lo que nos han dicho que es, podría ser diferente.
—¿Qué les han dicho que tengo?
Herás y Molina se miraron brevemente. Fue un intercambio de décimas de segundo, del tipo que ocurre entre personas que han acordado de antemano hasta dónde van a responder determinadas preguntas.
—Que tiene documentación que conecta a Castaño con hechos graves en los años ochenta. Documentación generada por un testigo directo a lo largo de décadas.
Sara miró a Molina.
—¿Se lo dijiste tú?
—No. —Molina lo dijo con la calma de quien dice una verdad que sabe que será verificada—. Me lo dijo la fiscal esta mañana, antes de que tú subieras. No el revés.
Sara volvió a mirar a Herás.
—¿Quién les informó?
La fiscal sostuvo la pregunta durante un momento, evaluando.
—Alguien que tiene interés en que esta investigación llegue a buen término pero que no puede acercarse directamente a nosotros.
Sara procesó eso.
Alguien con interés en hundir a Castaño pero que no podía hacerlo por los canales habituales. Alguien que sabía lo que Sara tenía porque Sara se lo había dado.
—Marcos Ibáñez.
Herás no dijo nada. Que no lo negara era suficiente.
Sara cerró los ojos un segundo.
El periodista al que ella había dado una copia de la documentación para que la guardara en un sitio externo había usado esa copia para hacer un movimiento sin consultarla.
Podía entender la lógica: si Sara estaba siendo vigilada y presionada, poner la Fiscalía Anticorrupción en la ecuación era una manera de ampliar el perímetro de protección.
Pero era un movimiento que ella no había aprobado y que cambiaba el tablero antes de que ella supiera exactamente en qué posición estaba.
—El periodista actuó por su cuenta —dijo.
—Los periodistas suelen hacerlo. —Herás lo dijo sin juicio, como una observación sobre la naturaleza de las cosas—. La pregunta ahora es si usted quiere trabajar con nosotros.
—¿En qué términos?
—Usted comparte la documentación del orfanato.
Nosotros ponemos recursos de la Fiscalía: protección para los supervivientes que quieran aceptarla, cobertura legal para la investigación paralela de los homicidios, y acceso a lo que llevamos tres meses construyendo sobre Castaño.
—Herás la miró directamente—. Juntas somos más difíciles de parar que por separado.
Sara miró a Molina.
—¿Tú qué opinas?
—Que es la decisión correcta si Herás es lo que dice ser.
—Molina lo dijo con esa precisión suya de palabras que caben en el espacio exacto que necesitan—.
Y que antes de decidir nada deberías saber que esta tarde, hace dos horas, alguien del gabinete de Castaño llamó al director general de la Policía.
Silencio.
—¿Para qué?
—Para preguntar por el estado de la investigación de los homicidios de Lavapiés, Málaga y Bilbao. Con ese nombre exacto, en ese orden, incluyendo Bilbao, cuya conexión con el caso no ha aparecido en ninguna comunicación oficial todavía.
Sara miró a Herás.
—Saben exactamente dónde estamos.
—Desde el principio —dijo Herás—. Tienen a alguien cerca de su brigada, cerca de la jefatura, o cerca de ambas.
Es lo que hace Castaño: mantiene información sobre los procesos que pueden afectarle mucho antes de que se conviertan en un problema.
—Una pausa—. Por eso no podemos movernos por los canales normales.
* * *
Sara estuvo cuarenta y cinco minutos en el despacho de Molina.
Cuando salió, tenía un número de teléfono directo de Herás, un acuerdo verbal de colaboración que ninguna de las dos había puesto por escrito todavía, y la sensación concreta de estar caminando sobre un suelo que podía ser firme o podía ceder, y que la única manera de saberlo era seguir caminando.
Bajó al tercer piso.
Rubén estaba frente a la pantalla con los auriculares puestos y los ojos muy abiertos con esa expresión de quien está escuchando algo que no esperaba escuchar.
Sara se acercó.
Él levantó un dedo: espera.
Pasó un minuto. Rubén quitó los auriculares y los dejó en la mesa.
—El móvil de Mónica —dijo—. La Científica lo abrió hace una hora. Encontraron una nota de voz grabada ayer a las cinco y cuarenta y siete de la tarde. Veinte minutos antes de que llamara a su hermana.
—¿Qué dice?
Rubén giró la pantalla hacia ella y le pasó los auriculares.
Sara los puso.
La voz de Mónica Arenas en la nota de voz era diferente a la que Sara había escuchado el día anterior en el salón de Getafe. No era la voz de alguien que está midiendo lo que dice. Era la voz de alguien que tiene poco tiempo y sabe exactamente lo que necesita transmitir.
Si alguien escucha esto, es que me fui sin poder explicarlo.
He recibido hoy una llamada de alguien que dice ser de los cuarenta.
No lo conozco de antes. Tiene información sobre Nico.
Dice que Nico está vivo y que necesita hablar con la policía pero que tiene miedo de que lo intercepten si lo hacen directamente.
Ha quedado conmigo en un sitio fuera de Madrid.
Yo sé que puede ser una trampa. También sé que si Nico sigue vivo y tiene lo que dice tener, vale la pena arriesgarse.
Una pausa en la grabación. El sonido de fondo de la calle.
Si algo me pasa, que busquen en el pueblo de Brihuega. En la provincia de Guadalajara. Nico vivió allí un tiempo. Hay una persona que lo conoce.
La nota de voz terminó.
Sara se quitó los auriculares.
Miró a Rubén.
—Brihuega —dijo él.
—Brihuega.
—¿Es la misma persona que vivió en Garganta de los Montes?
—No lo sé todavía. Pero si Nico estuvo en Garganta de los Montes hasta 2019 y luego desapareció, puede que Brihuega sea el siguiente punto de la ruta. —Sara cogió el abrigo—. ¿Qué distancia hay?
—Cien kilómetros de Madrid. Hora y cuarto con buenas condiciones.
Sara miró el reloj. Las cinco y diez de la tarde.
—Vamos los dos.
—¿Ahora?
—¿Tienes algo más urgente?
Rubén ya estaba cogiendo la chaqueta.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, mayo de 1981
El método de Nico para observar sin ser observado era una ciencia desarrollada a lo largo de tres años de práctica y de dos o tres errores que le habían costado lo suficiente como para no repetirlos.
Se lo explicó a Marta un sábado de mayo, cuando el patio ya tenía ese calor de primavera tardía que hacía que los niños pequeños se quedaran a la sombra y los mayores se tumbaran en el cemento como lagartos.
Era el tipo de tarde en que las monjas bajaban la guardia porque el sol hacía que todo pareciera más inocente de lo que era.
—Lo más importante —dijo Nico— es no mirar directamente lo que quieres ver.
—¿Por qué?
—Porque la mirada directa llama la atención. Si alguien está haciendo algo que no quiere que veas y te ve mirar, sabe que has visto. Pero si miras a otro lado y usas el rabillo del ojo, puede que no lo notes y puede que lo que ves sea igual de válido.
Marta pensó en eso.
—¿Y cómo escribes en el cuaderno lo que ves con el rabillo del ojo?
—No lo escribo en el momento. Lo guardo aquí. —Se tocó la sien—. Y lo escribo después, cuando estoy solo y con tiempo. Nunca inmediatamente después, porque entonces todavía estás nervioso y puedes equivocarte. Espero al menos una hora.
—¿Y si se te olvida algo?
—Se me olvidan cosas. Lo acepto. Escribo lo que sé con seguridad y dejo en blanco lo que no estoy seguro. —Hizo una pausa—. Un testimonio con huecos es más honesto que uno sin huecos que miente para rellenarlos.
Marta lo miró.
—¿Dónde aprendiste eso?
—Lo leí en un libro.
—¿Qué libro?
—Uno de los que dejó alguien en el armario del aula. No tenía portada. —Nico se encogió de hombros—. Hablaba de detectives. Pero lo que decía sobre cómo observar servía para esto también.
Estuvieron un rato en silencio. En el otro extremo del patio, dos niños pequeños discutían sobre algo que ninguno de los dos recordaría al día siguiente. Sor Remedios los miraba desde la puerta con la distancia de quien ya sabe cómo termina ese tipo de discusión.
—¿Qué pasa cuando llenes el cuaderno? —preguntó Marta.
—Tengo otro. Guardado.
—¿Dónde?
Nico negó con la cabeza.
—Eso no te lo digo. No porque no me fíe de ti. Sino porque si no lo sabes, no puedes decírselo a nadie aunque quieras.
Marta aceptó eso. Tenía su lógica.
—¿Y para qué sirve todo esto si no puedes contárselo a nadie?
Era la pregunta que llevaba semanas queriendo hacer y que no había encontrado el momento adecuado hasta ahora.