Capítulo 10
Alcalá
Rubén le mandó un mensaje mientras ella estaba en el tercer carril esperando a que un camión frigorífico terminara su adelantamiento eterno:
Patrulla en el piso de Getafe. Puerta cerrada con llave. Sin respuesta. Sin señales de nada.
Sara escribió con el pulgar sin apartar los ojos de la carretera:
Voy a ver a la hermana.
La respuesta de Rubén tardó treinta segundos:
Tengo el cuarto de la lista. Espero a que vuelvas para contarte.
Sara no preguntó. Siguió conduciendo.
El cuarto de la lista era otra persona que ya no estaba.
Podía esperar diez minutos más a que ella terminara lo que estaba haciendo.
Lo que no podía hacer era dejar de buscar a Mónica, que era la única superviviente que había hablado, que sabía dónde podía estar Nico, que llevaba desde ayer sin dar señales.
La hermana vivía en la calle Mayor de Alcalá de Henares, en un primer piso de un edificio del siglo pasado con el portal de madera oscura y el nombre en el buzón escrito con una etiqueta de impresora: M. Arenas / F. Recio.
Sara llamó al telefonillo.
Tardó.
—¿Sí?
—Señora Arenas, soy la inspectora Montero. Hablé ayer con su hermana Mónica.
Una pausa.
—Suba.
* * *
Marisol Arenas tenía tres años menos que Mónica y el mismo corte de pelo oscuro, pero la expresión era diferente: donde Mónica tenía esa contención aprendida de quien ha pasado décadas midiendo lo que muestra, Marisol tenía una franqueza directa que se notó en cuanto abrió la puerta.
—¿Le ha pasado algo a Mónica?
—Eso intento averiguar. ¿Ha hablado con ella hoy?
—Ayer por la tarde. Sobre las seis. Me llamó para decirme que igual venía a quedarse unos días. Dijo que me avisaba con tiempo para que yo le preparara la habitación. —Marisol sostuvo la puerta abierta—. ¿Entra?
El piso era diferente al de Mónica. Más desordenado, más habitado, con las marcas de una vida que se vive hacia afuera: fotografías en la pared, una mochila de niño colgada en el perchero, libros apilados en la mesa del salón con marcadores de colores sobresaliendo.
El olor era a comida reciente y a ropa limpia.
Sara entró.
—¿Cómo sonaba cuando llamó?
Marisol lo pensó un momento.
—Normal. Un poco tensa, quizá. Pero Mónica siempre está un poco tensa, desde que éramos pequeñas. Es su manera de ser. —Hizo una pausa—. Me preguntó si tenía sitio, le dije que claro, que cuándo llegaba, y ella dijo que no sabía exactamente, que ya me avisaría antes de salir. Y no volvió a llamar.
—¿Eso es raro?
—Sí y no. Mónica es así, a veces dice que va a hacer algo y luego no lo hace porque cambia de idea. Pero esta vez… —Marisol dudó—. Esta vez sonaba como si necesitara venir. No como cuando viene de visita. Como cuando necesita salir de algún sitio.
Sara sacó el bloc.
—¿Dijo algo sobre el motivo?
—Solo que había hablado con una inspectora de policía y que le había removido cosas. Nada más. —Marisol la miró—. ¿Era usted?
—Sí.
Marisol la miró con la expresión de quien está sumando.
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas del pasado de su hermana que lleva mucho tiempo sin contar a nadie.
Un silencio.
—Lo del orfanato.
Sara la miró.
—¿Lo sabe?
—Algo. Poco. Mónica nunca habló mucho de eso.
Yo era muy pequeña cuando ella estaba allí, tenía tres años.
Me criaron con mis abuelos. —Marisol se sentó en el sofá—.
Solo sé que salió de allí con un nombre que no era el suyo y que nunca quiso que yo averiguara más. Decía que era mejor que yo no supiera.
—¿Y usted se lo respetó?
—Fui trabajadora social veinte años. Sé cuándo alguien necesita que no le pregunten. —Una pausa—. ¿Está en peligro Mónica?
Sara no mintió.
—Puede que sí.
Marisol cogió el móvil de la mesa y marcó sin vacilar.
Seis tonos. Buzón de voz.
—Mónica, soy Mari. Llámame en cuanto puedas. La inspectora está aquí. Estamos preocupadas.
Colgó.
—Si llama, dígale que la llame a mí inmediatamente —dijo Sara, y le dejó la tarjeta en la mesa junto al teléfono—. Y si nota algo raro, cualquier cosa, llámeme a mí primero.
* * *
El piso de la calle Colón de Getafe estaba a veintiún minutos de Alcalá siguiendo la M-50. Sara llegó cuando los agentes de la patrulla ya llevaban media hora allí y ya habían hablado con la vecina del segundo y con el portero.
El agente que le abrió la puerta del piso se llamaba Herrera, el mismo que había estado en el piso de Lavapiés dos días antes. Sara lo miró cuando le entregó la llave que habían conseguido de la administradora del edificio.
—¿Dos escenas en tres días? —le dijo Herrera.
—Espero que esta no sea escena.
No lo era, al menos no de la misma manera.
La puerta había estado cerrada con llave, a diferencia del piso de Tomás Vidal.
Eso era algo. Las llaves de Mónica no estaban en el interior: ni en el cuenco del recibidor donde Sara las había visto el día anterior, ni en ningún bolsillo de ninguna prenda.
Se las había llevado. Había salido por su propio pie.
Lo que no había hecho era salir de manera ordenada.
El bolso de mano estaba en el sofá. Dentro: la cartera con el DNI, las tarjetas de crédito y cuarenta y siete euros en efectivo.
El teléfono móvil estaba en la mesa del salón, con la pantalla oscura y el quince por ciento de batería, apagado.
El abrigo de invierno, el que había llevado el día anterior cuando Sara había estado allí, colgado en el perchero del recibidor.
En la cocina, una taza de café a medio beber sobre la encimera. El café estaba frío y tenía una película fina en la superficie, del tipo que se forma cuando el café lleva más de dos horas expuesto al aire.
El gato estaba en el salón, sentado junto al cuenco vacío, mirando a los agentes con la indiferencia de los gatos y el hambre de los animales que llevan muchas horas sin comer.
Sara lo miró.
La última vez que había estado en ese piso, el día anterior, Mónica había bajado a darle de comer al gato en un momento de la conversación. Lo había visto hacerlo. Un ritual cotidiano, automático, de alguien que tiene un animal y que ha incorporado su cuidado al ritmo de su día.
Mónica Arenas no había salido de ese piso de manera voluntaria.
O, si lo había hecho, había salido con tanta urgencia que no había cogido el bolso, ni el teléfono, ni el abrigo, ni le había dado de comer al gato.
Ninguna de las dos opciones era tranquilizadora.
Sara fue al dormitorio. La cama estaba hecha. El armario, cerrado. En la mesilla, un libro abierto boca abajo sobre las páginas, la señal de quien lo había dejado en mitad de una lectura pensando volver pronto.
Miró bajo la cama. Bajo el armario. En el baño.
Nada que indicara violencia. Ninguna señal física de que algo hubiera ocurrido en el interior del piso.
Lo que habían hecho era llevársela sin dejar rastro del método.
Eso requería experiencia.
Y eso era, de todas las cosas que Sara había visto en dos días, la que más le preocupaba.
* * *
Llamó a Rubén desde el coche, aparcado frente al edificio de Getafe.
—Cuéntame.
—El cuarto de la lista. —La voz de Rubén tenía ese tono plano que adoptaba cuando las noticias eran de las que preferiría no dar—.
Una mujer. Sesenta años, aunque en el registro figura con cincuenta y uno porque vivía bajo identidad falsa.
La encontraron esta mañana en su casa de Albacete.
Misma marca, misma metodología. El forense de allí dice que lleva muerta entre doce y dieciséis horas.
Sara hizo la cuenta: doce horas atrás era la noche anterior, entre las diez y las dos de la madrugada.
—¿La habíais localizado?
—Sí. La llamé ayer por la tarde. Colgó en cuanto mencioné el orfanato. La brigada de Albacete fue esta mañana a comprobar y…
—La encontraron.
—Sí.
Sara apoyó la cabeza en el reposacabezas y miró el techo del coche.
Cuatro muertos. Cuatro en tres días. La velocidad se estaba acelerando.
—¿Cuántos has localizado de los que quedan?
—Catorce con paradero confirmado. Nueve con localización aproximada pero sin confirmar. Seis sin rastro. —Rubén hizo una pausa—. De los catorce confirmados, ocho han aceptado protección policial. Los otros seis no quieren saber nada.
—¿Por qué no quieren protección?
—Las razones varían. Dos dicen que no confían en la policía. Uno dice que lleva cuarenta años escondiéndose y que sabe cuidarse solo. Los otros tres simplemente no explican nada y no quieren que nadie se acerque a ellos.
Sara pensó en eso.
No confiar en la policía. En un caso en que había indicios de que alguien con acceso al sistema judicial había organizado y protegido lo que ocurrió en Santa Clara durante más de una década, no confiar en la policía era una reacción completamente racional.
—¿Y Mónica?
—Ninguna novedad. He puesto su descripción en los sistemas.
El móvil está apagado, así que no podemos rastrearlo.
Las tarjetas de crédito no se han usado desde ayer.
—Rubén hizo una pausa—. Sara, si se la llevaron sin el móvil y sin la tarjeta, o lo sabían y se lo impidieron, o se los quitaron ellos.
—O ella se los dejó a propósito.
Silencio al otro lado.
—¿Para que no la rastrearan?
—Para que no la rastrearan a ella. Pero también para que nosotros supiéramos que algo había pasado.
—Sara miró la fachada del edificio de Getafe—.
Mónica es trabajadora social desde hace treinta años.
Sabe cómo funciona el sistema. Sabe qué hace la policía cuando alguien desaparece.
Si se hubiera ido voluntariamente y no quisiera que la encontraran, se habría llevado el móvil y lo habría apagado después.
—¿Y si lo dejó para darnos algo?
Sara se enderezó en el asiento.
—¿Qué quieres decir?
—El móvil está en la mesa del salón. Apagado. —Una pausa—. Sara, si el móvil está apagado y no es porque se quedara sin batería, alguien lo apagó. Pero si lo apagó ella misma antes de salir y lo dejó allí a propósito…
—Puede tener algo dentro que quería que encontráramos.
Hubo un silencio mientras los dos pensaban lo mismo.
—El móvil lo tiene la Científica —dijo Rubén.
—Diles que lo abran. Que busquen en el historial de llamadas, en las fotos, en las notas, en todo. —Sara arrancó el coche—. Y que lo hagan esta tarde.
* * *
De vuelta en la jefatura, Sara entró por el garaje para no pasar por el cristal roto del coche, que alguien había cubierto con cartón y cinta americana en su ausencia.
Subió al tercer piso y encontró a Rubén de pie frente a la pantalla con los brazos cruzados y la expresión de quien ha estado pensando en algo que no le gusta.
—¿Qué? —dijo Sara antes de que él hablara.
—He estado mirando las fechas.
—¿Qué fechas?
—Las de las muertes. Vidal el lunes por la noche.
Soler el martes. El abogado de Bilbao, Gorostiza, el martes también, en la madrugada del martes al miércoles.
La mujer de Albacete, el miércoles por la noche.
—Rubén señaló la pizarra donde había trazado una línea de tiempo—.
Un ritmo de una muerte cada veinticuatro horas, aproximadamente.
Con variaciones, pero constante. —Hizo una pausa—.
Si el ritmo se mantiene, el quinto puede haber muerto ya o puede morir esta noche.
Sara miró la línea de tiempo.
—¿Y si no es uno solo?
—Lo he pensado. Para mover de Madrid a Málaga a Bilbao a Albacete en tres días con el mismo método, tienes que ser uno muy rápido o varios coordinados. —Rubén cogió el rotulador—. Si son varios, la organización es mayor. Pero también hay más puntos de fallo. Más personas que pueden cometer errores.
—¿O más personas que pueden saber cosas?
—Eso también.
Sara miró la pizarra. La línea de tiempo, los cuatro nombres tachados, los treinta y seis que quedaban. Mónica en algún sitio que no sabían. Nico desaparecido desde 2019. El cuaderno en la caja sobre la mesa. El nombre de Valentín Castaño en la última línea de la lista de Nico.
—Necesito hablar con Molina —dijo.
—¿Le vas a contar lo de Castaño?
—Necesito saber si me puede dar cobertura para seguir investigándolo sin que alguien lo sepa antes de que hayamos terminado. —Sara cogió el abrigo, que había dejado en el respaldo de la silla al llegar—. Y si no puede, necesito saberlo también.
Rubén asintió.
—¿Qué hago yo mientras?
—Espera el informe del móvil de Mónica. Y sigue con las matrículas. —Sara fue hacia la puerta—. Y Rubén.
—¿Qué?
—El gato de Mónica estaba sin comer. ¿Puedes decirle a alguien del edificio de Getafe que le dé de comer?
Rubén la miró con una expresión que era difícil de clasificar.
—¿De verdad te preocupa el gato en este momento?
—Me preocupan todas las cosas que Mónica habría hecho si hubiera podido elegir. —Sara abrió la puerta—. El gato es una de ellas.
Salió al pasillo.
La jefatura a las cuatro de la tarde tenía ese sonido específico de los sitios donde mucha gente trabaja sin hablar mucho: el teclado, el teléfono, las sillas, los pasos.
El ruido de fondo de la maquinaria burocrática moviéndose a su propio ritmo, indiferente al hecho de que había cuatro personas muertas y al menos una desaparecida y treinta y seis más en algún punto del territorio nacional viviendo bajo nombres que no eran los suyos y sin saber si esta noche iban a seguir vivas.
Sara subió las escaleras al cuarto piso.
Molina estaba en su despacho.
Y con él, sentada en una de las sillas de visita con la postura de alguien que ha llegado antes de que la llamaran, una mujer que Sara no conocía. Traje oscuro. Cincuenta años, aproximadamente. Una carpeta sobre las rodillas.
Molina levantó la vista cuando Sara entró.
—Pasa, Sara. Te presento a la fiscal Verónica Herás. De la Fiscalía Anticorrupción.
Sara miró a la fiscal.
La fiscal la miró a ella.
—Inspectora Montero. —La voz era de alguien que mide las palabras porque sabe que cuestan—. Llevamos tres meses investigando a Valentín Castaño por otras razones. Esta mañana recibimos información de que la Brigada de Homicidios de Madrid podría tener material relevante para nuestra investigación.
Sara procesó eso en silencio.
Tres meses. La Fiscalía Anticorrupción llevaba tres meses en Castaño.
Y esta mañana alguien les había dicho que Sara tenía material.
Esta mañana, después de que el asesor del CGPJ llamara a Molina. Después de que alguien rompiera la ventanilla del coche y dejara un papel que decía Para.
Alguien que quería que Sara parara también había querido que la Fiscalía supiera lo que ella tenía.
Y eso podía significar dos cosas completamente opuestas.
—¿Quién les informó? —preguntó Sara.
La fiscal Herás sonrió levemente.
—Esa es exactamente la pregunta correcta —dijo.