Los Cuarenta Capítulo 9
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Capítulo 9

La sala del fondo

Fue en la primera semana de abril cuando Marta entendió lo que Nico no le había querido contar.

No se lo contó nadie. No hubo una conversación, no hubo un momento en que alguien se sentara a su lado y le dijera las palabras que nombran las cosas.

Lo que hubo fue una noche de martes en la que se despertó con el ruido de la puerta del dormitorio al abrirse, y el sonido de pasos que no eran los de Sor Remedios porque Sor Remedios pesaba más y su manera de pisar era diferente, y la figura pequeña de un niño que cruzaba el espacio entre las camas en la oscuridad y se metía en la suya sin hacer ruido.

Era Pablo.

Pablo tenía once años y era el niño que siempre estaba en el borde de los grupos, el que escuchaba sin hablar y que cuando reía lo hacía con ese retraso de medio segundo de los niños que están comprobando que reírse es seguro antes de reírse.

Era uno de los que llevaban más tiempo en Santa Clara, desde los seis años, y había en él esa calidad de los niños que han aprendido muy pronto que el mundo exterior al orfanato no es necesariamente mejor que el interior.

Marta lo había visto en la cena. Había estado callado, más de lo normal, con la cuchara en el plato moviéndola en círculos sin llevársela a la boca, y Sor Remedios no le había dicho nada sobre no comer, lo que significaba que Sor Remedios también sabía lo que había pasado y había decidido que esta vez no era el momento de la disciplina de la cuchara.

Ahora Pablo estaba en su cama, de cara a la pared, y Marta podía oírle respirar desde la suya, que estaba en la fila de enfrente.

Era una respiración rara. No de llanto. El llanto tiene un ritmo, tiene los picos de quien se recompone y vuelve a hundirse.

Esto era diferente. Era la respiración de alguien que está intentando que su cuerpo ocupe el menor espacio posible, que está aprendiendo a respirar de una manera que no llame la atención, que no genere presencia.

Marta tardó mucho tiempo en dormirse.

A la mañana siguiente, Pablo no salió al patio durante el recreo.

Se quedó en el banco del comedor con las manos planas sobre la mesa mirando un punto en la pared.

Sor Remedios lo vio y no dijo nada. Los otros niños lo miraron y tampoco dijeron nada.

Solo Nico, que pasó a su lado antes de salir al patio, le puso una mano en el hombro durante un segundo y luego la quitó.

Marta lo vio todo desde el umbral de la puerta del comedor.

Luego fue a buscar a Nico al patio.

—¿Pablo estuvo en la sala del fondo?

Nico no giró la cabeza hacia ella. Siguió mirando al frente.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Quién lo llevó?

—Sor Asunción.

Marta se quedó callada un momento. Notó que algo le cambiaba en el pecho, una especie de peso que no estaba allí antes y que a partir de ese momento iba a estar siempre, que iba a ser parte del mobiliario permanente de esa parte de ella que guardaba las cosas que no podía contarle a nadie.

—¿Por qué a él?

—No hay un por qué. —Nico hizo una pausa—. Bueno. Sí lo hay. Pero no es el tipo de razón que tiene sentido.

—Explícamelo.

Nico la miró por fin.

—Los eligen según lo que piden los que vienen.

Sor Asunción los conoce a todos, sabe quién tiene qué aspecto, sabe quién lleva cuánto tiempo, sabe quién no tiene a nadie fuera que pueda preguntar.

—Hizo una pausa—. Pablo no tiene a nadie.

Sus padres llevan cuatro años sin dar señales. Nadie va a preguntar por Pablo.

Marta pensó en su propio expediente. En la tarjeta plastificada que guardaba en el bolsillo del anorak. Marta Sáez Ruano. N.º 23.

—¿Y por qué no van a la sala del fondo todos? ¿Por qué solo algunos?

—Porque los que vienen pagan. Y lo que pagan da para un número limitado. —Nico volvió a mirar al frente—. Si fueran todos, alguien se daría cuenta. Un médico, una inspección. Así, con pocos y con los que menos pueden quejarse, es más difícil que salga.

Marta procesó eso en silencio.

Tenía ocho años y era lista con la inteligencia práctica de los niños que han tenido que serlo, y la inteligencia práctica no protege de entender las cosas, solo ayuda a entenderlas más rápido.

Entendió lo suficiente. No todo, no con el vocabulario preciso que tendría diez años después, pero sí lo suficiente para que el peso en el pecho se volviera permanente.

—¿Lo escribiste en el cuaderno?

—Sí.

—¿Escribiste el nombre de Pablo?

—No. Los nombres de los niños no los escribo. Solo los de los que vienen de fuera.

Marta miró el patio. Los niños que corrían, el árbol pequeño del rincón, el edificio de ladrillo rojo con la ventana de los cristales pintados de blanco.

—¿Tú estuviste alguna vez?

La pregunta salió antes de que pudiera decidir si hacerla o no. Era la pregunta que no debía hacerse, lo sabía, pero ya estaba en el aire.

Nico tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz no cambió de tono.

—Una vez. Cuando llegué. —Una pausa—. Antes de que empezara a escribir el cuaderno.

No dijo más.

Y Marta no preguntó más.

* * *

Los días que siguieron, Pablo fue volviendo a sí mismo de una manera lenta y desigual, como la recuperación de una enfermedad que avanza y retrocede.

Había mañanas en que parecía casi normal, en que comía y hablaba y se sumaba a los juegos del patio con ese retraso de medio segundo que siempre lo había caracterizado.

Y había otras mañanas en que se quedaba en el banco del comedor con las manos planas sobre la mesa y la vista en la pared, y entonces los demás niños daban ese pequeño rodeo invisible alrededor de él, el rodeo de quien respeta un territorio de dolor sin nombrarlo.

Marta observó todo esto.

Y observó algo más: que no era la primera vez que ocurría.

Que en el dormitorio de los mayores, en el otro extremo del pasillo, había niños que ya tenían esa mirada de Pablo de manera permanente, como si hubieran dejado de hacer el esfuerzo de recuperarse y hubieran decidido quedarse en ese punto intermedio donde el mundo exterior llegaba amortiguado y no podía hacerles más daño del que ya habían recibido.

Miguel no tenía esa mirada.

Miguel tenía otra cosa. Una dureza que no era distancia sino presencia, una manera de estar en el mundo que parecía construida con materiales más resistentes que los del resto.

Marta tardó tiempo en entender que esa dureza no era natural en él, que era aprendida, que alguien o algo se la había enseñado.

Que cuando tienes once, doce, trece años y vives en un lugar donde hay cosas que no puedes controlar, algunas personas se repliegan hacia adentro como Pablo y otras construyen hacia afuera como Miguel.

Y que ninguna de las dos estrategias era realmente una elección.

* * *

Madrid — jueves, 7 de marzo de 2024

Rubén encontró la imagen a las doce menos veinte del mediodía.

No en una rueda de prensa ni en un acto oficial de primera línea.

En una fotografía de grupo tomada en la entrega de los premios del Consejo General del Poder Judicial de 2018, publicada en la página web del CGPJ en el apartado de Galería fotográfica de actos institucionales , que era exactamente el tipo de sitio donde la gente no busca porque asume que no hay nada que encontrar.

La imagen mostraba a dieciséis personas en una sala de techos altos, con los paneles de madera oscura y el escudo de España al fondo que identificaban las salas de ceremonia del CGPJ en el edificio de la calle Marqués de la Ensenada.

Dieciséis personas en trajes oscuros, posando con la formalidad de los actos que saben que serán fotografiados.

Valentín Castaño estaba en la fila de atrás, cuarto por la izquierda, con el gesto de quien está acostumbrado a aparecer en fotografías de grupo y ha calculado exactamente cómo colocarse para que su postura diga lo que debe decir.

Tenía las manos cruzadas al frente.

Rubén amplió la imagen hasta que los píxeles empezaron a desdibujarse.

En el dedo índice de la mano derecha de Valentín Castaño, perfectamente visible, un anillo. Grande. Con una superficie plana. El detalle era suficientemente nítido, a pesar del tamaño, para distinguir un relieve en esa superficie.

Rubén hizo una captura, la amplió al máximo y la guardó.

Luego fue a buscar a Sara, que estaba en el despacho leyendo las primeras entradas del cuaderno de Nico con una lupa de los objetos perdidos del cajón superior, que no era la herramienta ideal pero era la que había.

—Ven.

Sara levantó los ojos.

Fue hasta la pantalla de Rubén.

Miró la imagen.

Luego buscó en la caja la fotografía de Santa Clara, la del hombre de espaldas en el patio, y la puso junto a la pantalla.

El anillo de la fotografía de 1981 era una imagen borrosa tomada de noche con una cámara barata por un niño de diez años desde la ventana de un segundo piso.

El anillo de la pantalla era una imagen digital de alta resolución tomada por el fotógrafo oficial del CGPJ en condiciones de iluminación perfectas.

No eran comparables en calidad.

Pero la forma era la misma. La proporción era la misma. La posición en el dedo era la misma.

Y el relieve de la superficie plana, aunque en la fotografía de 1981 el detalle era casi imperceptible y en la de 2018 era nítido, tenía la misma estructura: una figura central flanqueada por algo a los lados.

—El escudo —dijo Sara.

—Sí.

Rubén abrió otra pestaña. En los últimos veinte minutos, mientras buscaba fotografías, también había estado en otra cosa.

—El apellido Castaño de origen nobiliario.

Hay varias ramas. La que tiene presencia en Madrid desde el siglo XIX es la de los Castaño-Valverde.

Incorporaron el segundo apellido al linaje mediante matrimonio en 1887.

—Señaló la pantalla—. Las iniciales heráldicas de la familia Castaño-Valverde son C y V.

No V y C como Nico las anotó, pero en heráldica el orden de las iniciales en el escudo no siempre coincide con el orden del apellido.

Depende del diseñador del escudo y de la época.

Sara miró la pantalla.

C y V. O V y C.

Castaño-Valverde.

—¿El escudo de los Castaño-Valverde tiene un animal rampante?

Rubén abrió una tercera pestaña. Una entrada en un registro heráldico digital: el escudo de la familia Castaño-Valverde, catalogado en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid.

Cuartel superior izquierdo: un jabalí rampante sobre fondo gules, con una corona de cinco puntas.

Cuartel inferior derecho: las iniciales CV entrelazadas sobre fondo de plata.

Sara cogió el folio donde Nico había dibujado el anillo cuarenta y tres años atrás.

El animal que había dibujado un niño de diez años desde la ventana de un segundo piso, de noche, con una cámara desechable, con la memoria y el bolígrafo por única herramienta, era un animal rampante con algo encima.

Un jabalí.

Una corona.

—Dios —dijo Rubén en voz baja. No era una exclamación. Era algo más parecido a un reconocimiento.

Sara puso el dibujo junto a la pantalla del escudo.

No eran idénticos. El de Nico era el dibujo de un niño, con las imprecisiones y las simplificaciones propias de quien redibuja de memoria algo que ha visto en condiciones difíciles. Pero los elementos esenciales estaban todos.

—Esto no es suficiente para un juzgado —dijo Sara.

—No solo —confirmó Rubén—. Un abogado puede argumentar que el dibujo de un niño no identifica con precisión un escudo heráldico específico y que cualquier anillo con un jabalí grabado podría ser el de la fotografía.

—Hizo una pausa—. Pero esto, junto con la matrícula verificada a su nombre en 1981 y los testimonios de los supervivientes, empieza a construir algo que es más difícil de derribar.

—¿Y la matrícula?

—Sigo en ello. Los registros de vehículos de 1981 están en papel en el archivo de la DGT de Tres Cantos. He pedido acceso esta mañana. Me han dicho que esta tarde o mañana.

Sara miró la pantalla.

Valentín Castaño en 2018, con las manos cruzadas y el anillo en el dedo índice, mirando al fotógrafo oficial con la serenidad de un hombre que lleva treinta años en el sistema y que sabe exactamente qué aspecto tiene la impunidad cuando se viste de institución.

—Necesitamos a los supervivientes —dijo.

—¿A todos?

—A los que estén dispuestos. Y necesitamos al que más sabe. —Sara miró el cuaderno sobre la mesa—. Necesitamos a Nico.

—Nico desapareció en 2019.

—Pero alguien lo vio marcharse. Y alguien sabe adónde fue. —Sara cogió el móvil—. Voy a llamar a Mónica Arenas. Si hay alguien que pueda tener un hilo hasta Nico, es ella.

Rubén la miró.

—¿Y si ya lo han encontrado ellos primero?

Sara marcó el número de Mónica sin apartar los ojos de la pantalla donde Valentín Castaño miraba al objetivo con sus manos cruzadas y su anillo visible.

—Entonces necesitamos saberlo cuanto antes.

El teléfono de Mónica Arenas dio señal cuatro veces.

Cinco.

Seis.

Saltó el buzón de voz.

Sara colgó y volvió a marcar.

Cuatro tonos. Cinco. Seis.

Buzón de voz.

Miró a Rubén.

—Mónica Arenas no coge el teléfono.

—Puede que esté en el trabajo.

—Le dije que se fuera a casa de su hermana. —Sara cogió el abrigo—. Dame la dirección de la hermana.