Los Cuarenta Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Mantenlo así de momento. —Se levantó de nuevo—. Dame hasta esta tarde. Voy a hablar con algunas personas.

—¿Con quiénes?

—Con las personas adecuadas. —Una pausa—. Sara. Sé cuidadosa. No porque yo te lo pida, sino porque estás moviendo algo que lleva mucho tiempo quieto y que tiene mucho peso encima. Cuando algo así empieza a moverse, lo primero que aplasta es lo que hay más cerca.

Sara salió del despacho de Molina y bajó las escaleras al tercer piso.

En el pasillo, antes de entrar al despacho, se detuvo.

Sacó el móvil. Llamó a un número que no estaba en la agenda, que tenía memorizado, que no había usado en tres meses.

Tardó cuatro tonos.

—¿Qué pasa? —Era la voz de un hombre, ligeramente ronca por la hora.

—Marcos. Soy Sara Montero. Necesito una caja de seguridad que no sea la mía.

Una pausa breve.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—Dame una dirección.

Sara dio la dirección del despacho. Luego colgó y entró a buscar a Rubén.

* * *

Marcos Ibáñez tenía cincuenta y dos años, veintiocho de periodismo de investigación y la cara de alguien que ha dormido mal la mayor parte de esos veintiocho años. Era el periodista que había llamado a Sara al principio del caso diciendo que tenía información sobre el orfanato.

Llegó al despacho a las nueve y veinte con un abrigo que debía de tener diez años y una memoria USB que le pasó a Sara sin decir nada.

—En esa memoria hay una copia cifrada de todo lo que yo tengo sobre Santa Clara.

Que no es mucho, pero algo es. Lo de la Diócesis, algunas entrevistas fallidas que hice en 2015 cuando intenté publicar algo sobre esto y me cerraron la puerta en todas partes.

—Miró la caja sobre la mesa—. ¿Es lo que creo que es?

—Depende de lo que creas.

—El cuaderno de Nico Ferreras.

Sara lo miró.

—¿Lo conocías?

—Sabía que existía. Nico me llamó en 2009.

Me dijo que tenía documentación y que quería hablar.

Quedamos en un bar de Malasaña. —Marcos se sentó sin que nadie se lo ofreciera—.

No apareció. Al día siguiente llamé al número que me había dado y estaba desconectado.

Pasé semanas intentando localizarlo y nada.

—En 2009 cambió de dirección y de nombre.

—Algo lo asustó.

—O alguien.

Marcos miró la caja.

—¿Qué quieres de mí?

—Que tengas una copia de todo esto en algún sitio al que yo no tenga acceso y que no esté relacionado con ninguna cuenta o dispositivo que aparezca en mi nombre. —Sara lo miró—. Si en las próximas horas algo me impide seguir trabajando en esto, esa copia sale.

—¿Sale adónde?

—A donde tú decidas. Tú eres el periodista.

Marcos la miró durante un momento con la expresión de quien está calculando el peso de lo que le acaban de poner en las manos.

—¿Es tan gordo como estoy pensando?

—Probablemente más.

Marcos asintió. Cogió la caja con las dos manos.

—Dame una hora.

* * *

A las diez y cuarenta y tres, Sara bajó al garaje a coger el coche.

Lo vio antes de llegar a él.

La ventanilla del conductor estaba rota.

No del todo: alguien la había golpeado con algo contundente justo en el borde, lo suficiente para que el cristal se resquebrajara en una telaraña de grietas pero no cayera entero.

En el interior del coche no faltaba nada.

La radio estaba. El cable del cargador. El abrigo de repuesto que siempre dejaba en el asiento trasero.

No habían entrado a robar.

En el salpicadero, bajo el limpiaparabrisas interior, un papel doblado en cuatro.

Sara se puso los guantes antes de cogerlo.

Lo desdobló.

Una sola palabra escrita con bolígrafo, en mayúsculas, sin firma: PARA.

Sara miró el papel durante un momento.

Luego lo dobló de nuevo, lo metió en una bolsa de pruebas que sacó del maletero, cerró el coche con la alarma activada y sacó el móvil.

Llamó a Rubén.

—Baja al garaje.

—¿Qué ha pasado?

—Alguien ha roto la ventanilla de mi coche y ha dejado un mensaje.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. —Miró el papel en la bolsa de pruebas—. Pero ya saben que tenemos la caja. Y quieren que lo sepamos.

—¿Lo detenemos?

Sara pensó en Molina. En el asesor de comunicación del CGPJ llamando a las ocho de la mañana. En Valentín Castaño y sus treinta años de ascenso constante en el sistema judicial. En Nico Ferreras, que había intentado entregar esto dos veces y las dos veces había tenido que desaparecer.

—No —dijo—. Todavía no. Primero necesito que verifiques algo.

—¿Qué?

Sara miró el garaje vacío a su alrededor, las columnas de hormigón, los coches aparcados en silencio.

—Necesito saber si Valentín Castaño tiene un anillo con un escudo heráldico en el dedo índice de la mano derecha. Y necesito saberlo sin que él se entere de que lo estamos mirando.

Un silencio.

—¿Cómo?

—Busca fotografías públicas. Actos oficiales, ruedas de prensa, imágenes de archivo. En alguna tiene que salir las manos.

—Sara, hay miles de fotografías de Castaño en hemeroteca.

—Entonces empieza cuanto antes.

Colgó.

Se quedó un momento más en el garaje, con el papel en la bolsa de pruebas y el cristal roto del coche brillando bajo la luz fluorescente.

Para.

No era una amenaza elaborada. Era un mensaje de alguien que no necesitaba elaborar las amenazas porque llevaba cuarenta años sin necesitarlo.

Sara guardó la bolsa de pruebas en el bolso y salió del garaje hacia la escalera.

No iba a parar.

Pero sí iba a tener mucho más cuidado.