Los Cuarenta Capítulo 8
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Capítulo 8

Valentín Castaño

Rubén llegó a las seis y cuatro minutos con dos cafés del bar de la esquina que habría abierto hace veinte minutos y que todavía olería a la grasa del día anterior calentándose en la freidora.

Sara lo oyó subir las escaleras antes de que abriera la puerta del despacho: dos pisos a pie porque Rubén no cogía el ascensor cuando pensaba, y el sonido de sus pasos en la escalera tenía esa cadencia específica del que sube sin prisa pero sin parar.

Entró, vio la mesa, vio las hojas desplegadas, vio el cuaderno abierto y la fotografía. Dejó los cafés a un lado y se sentó sin quitarse el abrigo.

—Empecemos por las matrículas.

Sara le pasó la primera hoja. Rubén la leyó despacio, de arriba abajo, con esa manera suya de leer los documentos importantes que consistía en no moverse y no hablar hasta llegar al final.

Cuando terminó la dejó sobre la mesa.

—Doce matrículas. Ocho con nombre asignado.

—Anoche intenté verificar cuatro. —Sara señaló las que llevaban una marca de bolígrafo en el margen—.

Estas dos dan positivo en el registro histórico de la DGT.

Vehículos registrados a nombre de personas físicas en Madrid entre 1979 y 1984.

Las otras dos son matrículas antiguas que ya no están en el sistema activo.

—¿Y los nombres?

—Uno falleció en 2003. El otro todavía vive. Setenta y ocho años. Está en una residencia en Boadilla del Monte.

Rubén asintió sin decir nada. Cogió el café. Bebió.

—Las ocho con nombre asignado en la lista de Nico.

Sara recogió la segunda hoja, la que Nico había escrito a mano, y la puso frente a los dos.

—Dos fallecidos. Uno en 2008 y otro en 2015. Tres retirados o inactivos: el notario tiene ochenta y dos años y lleva una década sin ejercer, el militar murió en 2019, el médico está en paradero desconocido desde 2017. —Hizo una pausa—. Tres activos.

—El juez, el político autonómico y Castaño.

—El juez tiene setenta años y sigue en activo en la Audiencia Provincial de Barcelona.

El político autonómico se retiró de la política en 2018 pero preside una fundación cultural en Salamanca.

—Sara miró la última línea de la hoja—. Y Valentín Castaño lleva desde 1999 en el Consejo General del Poder Judicial.

Fue vocal en dos periodos consecutivos. El año pasado renovó por tercera vez.

Y desde hace seis meses su nombre suena con insistencia para la presidencia del Consejo cuando queden vacantes.

Rubén tenía los codos en la mesa y las manos entrelazadas frente a la cara. Era su postura de pensar en cosas que no le gustaban.

—¿Cuántos años tenía en 1981?

—Nació en 1948. Treinta y tres años en el 81.

—¿Qué era entonces?

—Abogado. Recién incorporado al Colegio de Abogados de Madrid.

Sin cargo público todavía. —Sara recogió la hoja—.

En 1986 se incorpora al Ministerio de Justicia como asesor técnico.

En 1991, director general de una subdirección de lo penal.

En 1995, primer cargo en el CGPJ. Y a partir de ahí, hacia arriba.

Rubén soltó el aire por la nariz.

—Un hombre que lleva treinta años construyendo su posición en el sistema judicial español y que en 1981 era uno de los que entraban de noche en un orfanato de Carabanchel.

—Eso dice la lista de Nico.

—¿Y la fotografía?

Sara cogió la foto y la puso entre los dos. La imagen borrosa del patio de Santa Clara, la figura de espaldas, el punto de luz del cigarrillo, el anillo.

—Esto no identifica a nadie. No se le ve la cara. —Rubén la miró—. Un buen abogado lo tumba en cinco minutos.

—Lo sé. La fotografía sola no es nada. La fotografía junto con la matrícula verificada a su nombre, los registros del cuaderno y el testimonio de los supervivientes es otra cosa.

—¿Cuántos supervivientes van a declarar contra Valentín Castaño?

Sara no contestó de inmediato porque la respuesta no era sencilla.

Mónica Arenas había tardado cuarenta años en hablar con una inspectora de homicidios en su propio salón de Getafe.

El salto entre eso y un juzgado con cámaras y taquígrafos y los abogados de Valentín Castaño enfrente era un salto que muchas personas no estarían dispuestas a dar.

—Eso es lo de menos ahora mismo —dijo—. Ahora mismo tenemos tres muertos en dos días y a alguien que está eliminando a los testigos antes de que hablen. Si seguimos la secuencia de la lista, el cuarto puede caer hoy o mañana.

—¿Qué propones?

—Que verifiquemos las matrículas que podamos antes de mover nada más. Que pongamos protección a los supervivientes que hemos podido localizar. Y que guardemos copias de todo esto en tres sitios distintos antes de que este despacho reciba visita.

Rubén la miró.

—¿Crees que vamos a recibir visita?

—Creo que en cuanto alguien sepa que existe esta caja, vamos a recibir visita.

—Sara miró la fotografía—. Nico intentó entregar esto dos veces y las dos veces alguien lo supo antes de que llegara.

Lo deja escrito. Eso significa que hay una filtración.

Que hay alguien, dentro o cerca del sistema, que sabe lo que se mueve.

—¿Dentro de la policía?

Sara no respondió. Recogió las hojas y el cuaderno y los metió en la caja con los guantes todavía puestos.

—Haz tres fotografías de cada documento con el móvil. Mándalas a una cuenta de correo que no uses para el trabajo. Yo hago lo mismo.

Rubén la miró durante un momento.

—Sara. Lo que estás describiendo es actuar como si no pudiéramos confiar en el procedimiento habitual.

—Lo que estoy describiendo es actuar como si hubiera alguien que lleva cuarenta años asegurándose de que el procedimiento habitual no funcione en este caso concreto. —Hizo una pausa—. Puede que esté equivocada. Pero si lo estoy, no perdemos nada. Y si no lo estoy, perdemos todo si no lo hacemos.

Rubén tardó cinco segundos en sacar el móvil.

* * *

A las ocho y cuarto llamó Molina.

Sara vio el nombre en la pantalla y supo antes de descolgar que la llamada no era rutinaria. Molina no llamaba a las ocho y cuarto a menos que alguien lo hubiera llamado a él antes, a las ocho, o a las siete y media.

—Buenos días, Molina.

—¿Tienes un momento?

—Estoy en el despacho.

—Sube.

Colgó.

Sara y Rubén se miraron.

—¿Le has contado algo?

—Le dije que íbamos por el orfanato y que había nombres. No mencioné a Castaño. —Sara se quitó los guantes y los metió en el bolsillo—. Nadie más sabe lo de la caja.

—Entonces alguien se lo contó a él antes de que tú pudieras.

Sara fue hacia la puerta.

—Eso parece.

* * *

El despacho de Molina estaba en el cuarto piso y tenía una ventana que daba a la calle Leganitos con una perspectiva lo suficientemente alta para que el ruido del tráfico llegara amortiguado, como algo que pasa en otra película.

Era un despacho de subcomisario estándar: mesa grande, dos sillas de visita, una planta en la esquina que sobrevivía milagrosamente a pesar de que nadie la regaba nunca, una fotografía enmarcada del ministro del Interior en la pared junto al escudo de la Policía Nacional.

Molina estaba de pie cuando Sara entró, lo que significaba que no quería que la conversación durase mucho.

—Cierra la puerta.

Sara cerró la puerta.

—Esta mañana temprano me llamó el gabinete del Consejo General del Poder Judicial. Un asesor de comunicación. Querían saber si la Brigada de Homicidios de Madrid tenía alguna investigación en curso que pudiera afectar a algún miembro del Consejo.

Sara no dijo nada.

—Le dije que no tenía conocimiento de ninguna investigación de ese tipo. —Molina la miró—. Y luego me fui a ver qué estabas investigando.

—El orfanato Santa Clara de Miraflores. Los homicidios de Lavapiés, Málaga y Bilbao. Todos conectados.

—Y en esa investigación ha aparecido algún nombre que le resulta familiar al CGPJ.

—¿Eso te han dicho?

—No me han dicho nada concreto. Me han preguntado de forma muy general y muy educada, que es lo que hace la gente cuando ya sabe la respuesta y lo que quiere es saber cuánto sabes tú.

—Molina se sentó, por fin, lo que fue una señal de que la conversación iba a durar más de lo que su postura inicial había prometido—. ¿Qué tienes?

Sara midió la respuesta.

No era desconfianza en Molina. Era precaución en un caso en que la precaución había demostrado ser necesaria. La diferencia era importante y no siempre era fácil de mantener.

—Tengo documentación que conecta a personas con nombre y apellidos con lo que ocurrió en ese orfanato entre 1979 y 1983.

Documentación generada por uno de los menores que estuvo allí, a lo largo de décadas.

—Hizo una pausa—. Algunos de los nombres en esa documentación son personas que siguen activas.

—¿Cuánto de verificable es lo que tienes?

—Lo suficiente para abrir una investigación formal. No lo suficiente para sostener un juicio sin trabajo adicional.

—¿Y los homicidios?

—Los tres muertos estaban en una lista de cuarenta supervivientes del orfanato.

El patrón es consistente, el método es el mismo o equivalente, y la velocidad de ejecución sugiere que el responsable, o los responsables, tienen acceso a información sobre la identidad y localización de personas que llevan décadas viviendo bajo nombres falsos.

Molina la miró durante varios segundos.

—Eso no se hace sin recursos.

—No.

—Y no se mantiene silenciado durante cuarenta años sin que alguien con poder lo mantenga así.

—No.

Otro silencio. La planta de la esquina agitó levemente una hoja, aunque no había corriente de aire.

—Sara. Lo que me estás describiendo, si es lo que creo que es, no es un caso de homicidios.

Es un caso que involucra al sistema judicial, posiblemente al eclesiástico, posiblemente a figuras políticas de primer nivel.

—Molina apoyó los codos en la mesa—. Eso está por encima de la Brigada de Homicidios.

—Hay tres personas muertas y treinta y siete en riesgo.

—Lo sé.

—Y alguien ya sabe que hemos encontrado la documentación, porque esta mañana llamaron a tu despacho antes de que yo llegara al tuyo.

Molina no respondió a eso directamente.

—¿Cuántas personas saben lo que tienes?

—Rubén y yo.