Los Cuarenta Capítulo 7
12%

Capítulo 7

La caja

Llegó a Madrid a las diez y cuarto de la noche.

El despacho estaba vacío. Rubén le había mandado un mensaje a las nueve diciéndole que había localizado a doce de los dieciocho y que los seis restantes seguían sin dar señales de vida, y que se iba a casa porque llevaba diecinueve horas despierto y necesitaba dormir aunque fueran cuatro horas.

Sara le contestó que bien. Ella no iba a dormir todavía.

Dejó la caja en el centro de la mesa, encendió el flexo, se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo de la silla. Luego fue a la máquina del pasillo y volvió con un café que sabía a plástico caliente pero que era cafeína y eso era lo único que importaba.

Se puso los guantes.

La cinta americana llevaba cinco años sellando las solapas de la caja.

Sara la cortó con las tijeras del cajón, con cuidado, haciendo palanca en los bordes para no dañar lo que hubiera dentro.

Las solapas crujieron cuando las abrió, ese crujido del cartón que lleva tiempo comprimido y que se libera de golpe.

Dentro había tres cosas.

Las separó sobre la mesa con cuidado, una por una, alineándolas como si fueran pruebas en un tribunal, que era lo que podrían llegar a ser.

La primera: el cuaderno.

No era el cuaderno verde de plástico que Mónica había descrito.

Era un cuaderno de espiral, tamaño folio, con las tapas de cartón negro.

Más grande. Más grueso. El tipo de cuaderno que se compra para un proyecto largo, para algo que se sabe que va a ocupar espacio.

En la tapa, sin título, sin nombre, solo una fecha escrita con rotulador en la esquina inferior derecha: 1981–2019.

Treinta y ocho años de entradas.

Sara lo abrió por la primera página.

La letra del principio era de niño. Pequeña, apretada, con las letras ligeramente irregulares de quien está aprendiendo todavía a escribir con rapidez.

Con los años, según fue pasando páginas, la letra fue cambiando: se hizo más grande, luego más inclinada, luego más firme.

Pero el método no cambió nunca. Fecha en el margen izquierdo.

Lugar. Descripción. Sin adornos, sin interpretaciones. Solo hechos.

Las primeras entradas eran de Santa Clara.

Las matrículas parciales que Mónica había descrito, los horarios de llegada y salida de los coches, el número de personas, los detalles que un niño de diez años había podido observar desde las ventanas del edificio con la precisión de alguien que sabe que está construyendo algo aunque no sepa todavía para qué.

A partir de 1985, las entradas cambiaban de tono.

Nico ya tenía quince años y estaba fuera del orfanato, pero había seguido buscando.

Había ampliado las matrículas parciales.

Había cotejado los fragmentos con registros de vehículos.

En algunas páginas había fotocopias pegadas con celo, fotocopias de documentos que Sara no reconoció de inmediato y que necesitaría tiempo para analizar.

Cerró el cuaderno. Lo dejaría para después, con calma y con Rubén.

La segunda cosa: un sobre de papel kraft, del tamaño de un folio doblado, cerrado con pegamento y con algo escrito en el frontal con la letra firme del Nico adulto: Abrir solo si ya no puedo hacerlo yo.

Sara lo miró durante tres segundos.

Luego lo abrió.

Dentro había dos hojas. La primera era una lista de doce matrículas completas, con las marcas y modelos de los vehículos, las fechas en que habían aparecido en el entorno de Santa Clara entre 1981 y 1983, y al lado de cada una, un nombre.

Nombres con apellidos. Profesiones. En algunos casos, cargos.

Sara los leyó despacio.

Dos empresarios. Un notario. Un médico. Un militar retirado. Un juez. Dos políticos, uno de nivel autonómico y otro con cargo en la administración central. Un aristócrata con el título nobiliario anotado entre paréntesis.

Y al final de la lista, encuadrado con un trazo de bolígrafo como si requiriera una señalización especial, un nombre que Sara leyó dos veces.

Luego una tercera.

Luego cerró los ojos durante un momento.

El nombre era real. Era verificable. Era una persona que en 1981 tenía treinta y pocos años y que en 2024 seguía viva y activa. Una persona cuyo nombre aparecía con regularidad en los periódicos, en los actos públicos, en las declaraciones institucionales.

Una persona con suficiente poder para haber mantenido todo esto enterrado durante cuarenta años.

Sara dejó la primera hoja sobre la mesa y miró la segunda.

Era más corta. Cinco párrafos escritos a mano con la letra del Nico adulto, una letra controlada que en los últimos renglones perdía ligeramente el pulso, como si quien escribía lo hacía sabiendo que era la última vez que iba a escribir esto y que eso tenía un peso específico.

Decía lo siguiente:

Si estás leyendo esto es porque ya no pude entregarlo yo.

Lo intenté dos veces antes de guardarlo aquí.

Las dos veces alguien supo que lo intentaba antes de que llegara a quien tenía que llegar.

No sé cuántos de los cuarenta siguen con vida.

No sé si Tomás lo consiguió. Solo sé que esto existe y que alguien tiene que saber que existe.

Los nombres de la lista son los que yo pude verificar. Hay más. Siempre hubo más. Pero estos son los que puedo demostrar con fechas, con matrículas y con los testimonios que recogí a lo largo de los años de los que quisieron contármelo.

El nombre del final de la lista es el más importante. Es el que organizaba las visitas. Es el que habló con Sor Asunción. Es el que tiene los recursos para que esto nunca salga.

Si esto llega a alguien que puede hacer algo con ello, que sepa que nosotros éramos niños. Que nadie nos preguntó. Que nadie nos protegió. Que durante doce años entraron en ese edificio hombres que tenían nombre y apellidos y cargos y familias y nadie los detuvo.

Cuídate.

N.

Sara estuvo un momento sin moverse.

Luego cogió la hoja y la leyó otra vez, más despacio, como si la velocidad de la primera lectura hubiera dejado cosas sin ver.

No había dejado nada sin ver. Estaba todo ahí.

Cogió el móvil. Miró la hora: las once y cuarto de la noche. Estuvo diez segundos con el pulgar sobre el nombre de Rubén en la pantalla. Luego lo llamó.

Rubén cogió al segundo tono, lo que significaba que tampoco estaba durmiendo.

—¿Qué hay en la caja?

—Treinta y ocho años de registros. Matrículas completas. Nombres verificados. —Hizo una pausa—. Rubén, el nombre que aparece al final de la lista es Valentín Castaño.

Silencio.

—¿El Valentín Castaño?

—Hay muchos Valentín Castaño?

Otro silencio, más largo.

—Sara. Valentín Castaño lleva veinticinco años en el Consejo General del Poder Judicial. Actualmente es vocal. El año que viene suena para presidencia.

—Lo sé.

—Si esto es real…

—Parece real. Y hay doce matrículas que se pueden verificar y ocho nombres más en la lista. —Sara miró las hojas sobre la mesa—. Ven mañana temprano. Antes de que llegue nadie más.

—¿A qué hora?

—A las seis.

—Son las once de la noche, Sara.

—A las seis, Rubén.

Colgó.

Se quedó mirando la tercera cosa que había en la caja y que todavía no había tocado.

Era una fotografía en papel fotográfico, de las de revelar, diez por quince, con los bordes ligeramente amarilleados por el tiempo. La había dejado para el final porque las fotografías eran siempre lo más difícil de ver.

La cogió.

Era una imagen tomada de noche, con poca luz, desde un ángulo elevado que sugería una ventana del segundo piso.

La calidad no era buena, el tipo de imagen que hace una cámara desechable barata en condiciones de poca luminosidad, con el grano y el movimiento propios de la oscuridad.

Pero era suficientemente nítida para lo que necesitaba mostrar.

En el patio de Santa Clara, iluminado apenas por la luz que salía de una ventana de la planta baja, había un hombre de pie. De espaldas a la cámara, con un abrigo oscuro, sosteniendo un cigarrillo que describía un punto de luz en la oscuridad. No se le veía la cara.

Pero se veía la mano.

Y en el dedo índice de la mano derecha, captado en el momento en que levantaba el cigarrillo hacia la boca, un anillo. Grande. Oscuro. Con una superficie plana en la que el flash rebotó lo suficiente para revelar el relieve de un escudo.

Sara puso la fotografía junto a las hojas sobre la mesa.

La tercera cosa en la caja era la prueba de que el cuaderno no era solo memoria. Era documentación.

Alguien había estado en ese patio.

Y ese alguien tenía nombre.

* * *

Santa Clara de Miraflores — Madrid, marzo de 1981

La primera vez que Marta los vio fue un martes de la primera semana de marzo.

Se había despertado con sed, igual que Mónica diría años después que le había pasado a ella, y la coincidencia no era sorprendente porque el dormitorio de las medianas tenía la calefacción más alta que el resto del edificio y el calor seco de la noche te dejaba la garganta como papel de lija.

Marta fue al baño sin encender la luz del pasillo porque ya había aprendido que la luz del pasillo crujía en el interruptor con un sonido que llegaba hasta el despacho de Sor Remedios, y que Sor Remedios tenía el sueño muy ligero.

Bebió agua del grifo con las manos en cuenco.

En el espejo, su cara de ocho años la miró de vuelta con el pelo aplastado de dormir y los ojos todavía a medio cerrar.

Se secó las manos en el pijama y fue hacia la ventana, que daba al patio interior, porque había aprendido también que el frío del cristal contra la frente la terminaba de despertar y que despertar del todo era necesario si no quería tropezar en el pasillo de vuelta a la cama.

Apoyó la frente en el cristal.

El patio estaba en silencio. La bombilla del poste central del patio estaba encendida, como siempre de noche, con esa luz amarilla y escasa que más que iluminar señalaba. Las sombras de los dos bancos y del árbol pequeño del rincón se alargaban hacia los bordes del patio.

Y en el lateral del edificio, junto a la puerta que daba a la calle lateral, había un coche aparcado.

Marta lo miró.

Luego miró hacia la calle, más allá del muro de la verja, y vio otro.

Dos coches con los faros apagados. El motor del más cercano todavía caliente, se notaba en el vaho tenue que salía del capó. Habían llegado hacía poco.

Una luz se movió en el patio. Una linterna, pequeña, que cruzaba desde la puerta principal del edificio hacia la puerta lateral. La figura que la llevaba era pequeña y oscura y se movía sin prisa, con la certeza de quien hace un recorrido que conoce de memoria.

Sor Asunción.

Marta la reconoció por la manera de andar. No por la cara, que no podía ver en la oscuridad. Por los pasos, esa manera de pisar que tenía la directora, lenta y deliberada, como si cada paso fuera una declaración.

Sor Asunción llegó a la puerta lateral y la abrió.

Dos figuras entraron desde la calle. Hombres, se notaba en la altura y en la anchura de los hombros, con abrigos oscuros.

La linterna de Sor Asunción los recibió brevemente, lo suficiente para que Marta pudiera ver que uno de ellos llevaba algo en la mano, una bolsa quizás, antes de que los tres se metieran en el interior del edificio y la puerta se cerrara.

El patio quedó de nuevo vacío.

Marta siguió con la frente en el cristal.

Contó los latidos del corazón para medir el tiempo: ciento cuarenta y dos latidos, aproximadamente dos minutos, antes de que la planta baja se iluminara.

La ventana con los cristales pintados de blanco, que estaba justo debajo del baño, dejó pasar una línea de luz por el borde inferior donde la pintura no llegaba del todo. Solo una línea. Pero estaba ahí.

Ahí dentro había alguien con luz encendida.

Marta no se movió de la ventana del baño en todo el tiempo que duró.

No supo cuánto fue. Sus pies descalzos sobre el suelo de azulejos fríos perdieron la sensibilidad antes de que la luz de la planta baja se apagara, antes de que la puerta lateral volviera a abrirse, antes de que las dos figuras salieran al patio y se fueran hacia los coches con esa misma calma de entrada, sin prisa, como si acabaran de salir de una reunión de negocios.

Sor Asunción los acompañó hasta la puerta lateral. Uno de los hombres se detuvo un momento antes de salir y se giró hacia ella. El gesto era de despedida, o de instrucción, Sara no podía saberlo desde el ángulo y la distancia. Luego los dos se fueron.

Los coches arrancaron uno después del otro. Sin faros hasta llegar a la calle principal.

Sor Asunción volvió a cruzar el patio hacia la puerta principal. Cuando pasó bajo la bombilla del poste, Marta vio su cara durante un segundo: tranquila, concentrada, la misma expresión de siempre, la expresión de una mujer que ha hecho lo que tenía que hacer y está pensando ya en lo siguiente.

Marta fue a la cama con los pies entumecidos.

Se metió bajo la manta y se quedó quieta, mirando el techo con los ojos abiertos, sin decir nada, sin hacer nada.

Al día siguiente buscó a Nico en el patio.

—Los vi —le dijo.

Nico la miró. No dijo ¿a quiénes? porque ya sabía a quiénes.

—¿Cuántos coches?

—Dos.

—¿Los viste a ellos?

—Solo las siluetas. Y a uno de espaldas cuando salió. —Hizo una pausa—. Llevaba un abrigo muy largo. Y las manos grandes.

Nico sacó el cuaderno. Lo abrió en la primera página en blanco y le pasó el bolígrafo.

—Escríbelo tú. Fecha, hora y todo lo que viste. Con tu letra.

Marta lo miró.

—¿Para qué con mi letra?

—Para que haya dos testigos —dijo Nico—. Si solo está mi letra, soy yo solo. Si está la tuya también, somos dos.

Marta cogió el bolígrafo.

Escribió la fecha. Luego la hora aproximada. Luego lo que había visto, con esa precisión práctica de los niños que han aprendido que los detalles importan porque los detalles son lo que la gente mayor suele ignorar.

Cuando terminó, le devolvió el bolígrafo a Nico.

Él leyó lo que ella había escrito sin decir nada. Luego cerró el cuaderno y lo guardó en el bolsillo.

—Bien —dijo.

Era la primera vez que le decía que había hecho algo bien desde que había llegado a Santa Clara, y Marta entendió sin que nadie se lo explicara que ese bien tenía un peso diferente al de los cumplidos normales.

Era el bien de alguien que está construyendo algo y que acaba de recibir un material que necesitaba.

Esa tarde, al volver del patio, Marta se fijó en la ventana de los cristales pintados de blanco.

Por el borde inferior, de día, no se veía nada. La pintura llegaba casi hasta el marco. Casi.

Quedaba una rendija de medio centímetro, como mucho.

Marta se preguntó si Nico había intentado alguna vez mirar por esa rendija.

Luego se preguntó qué habría visto si lo había hecho.

Luego decidió que había algunas preguntas que era mejor no hacerse todavía.