Capítulo 6
El cuaderno verde
Rubén llevaba dos horas en el sistema cuando Sara aparcó en el garaje de la jefatura.
Lo sabía porque cuando entró en el despacho él no había movido el café que tenía en la mesa desde la mañana, y Rubén era incapaz de tener un café delante durante más de diez minutos sin beberlo. El café frío era siempre un indicador más fiable que cualquier reloj.
—¿Sor Asunción? —preguntó Sara antes de quitarse el abrigo.
—Asunción Larralde Mendoza. Nacida en Pamplona en 1935.
Ingresó en la Congregación de las Hermanas de la Misericordia Perpetua en 1957.
Directora de Santa Clara de Miraflores desde 1971 hasta el cierre en 1983.
—Rubén hizo una pausa—. Falleció en 2011.
Un convento de clausura en Ávila. Allí pasó los últimos veintiocho años de su vida.
Sara procesó eso.
Sor Asunción había muerto hace trece años, protegida por los muros de un convento de clausura, sin haber dado explicaciones a nadie.
Sin haber respondido por nada. Los últimos veintiocho años de su vida en silencio voluntario, que era la mejor descripción posible de alguien que sabe exactamente lo que ha hecho y lo que le costaría que se supiera.
—¿Nico?
Rubén cogió el café frío, lo miró, lo dejó.
—Nicolás Ferreras Alcalde. Nacido el 3 de mayo de 1970 en Madrid.
Hijo de padre desconocido y madre fallecida cuando él tenía cuatro años.
Ingresó en Santa Clara de Miraflores en 1977, con siete años.
— Tecleó algo—. Sale del sistema en 1984, cuando cumple los catorce y lo derivan a un piso de acogida para mayores en Villaverde.
Aparece con dirección propia a partir de 1991.
Trabajo irregular, contratos temporales.
Última dirección registrada en el padrón: calle de Embajadores, 74, Madrid. 2009.
—¿Y después?
—Después, nada. En 2010 se da de baja del padrón sin nueva alta en ningún municipio de España. —Una pausa—. Pero hay algo más.
Sara esperó.
—En 2009, el mismo año que desaparece del padrón de Madrid, hay un Nicolás Alcalde Ferreras —apellidos invertidos— que solicita una renovación del DNI en la oficina del Registro Civil de Guadalajara.
La foto del DNI es de un hombre de unos cuarenta años.
No he podido confirmar que sea la misma persona, pero los apellidos invertidos es un truco conocido.
Sencillo, difícil de rastrear si no sabes lo que buscas.
—¿Dirección del nuevo DNI?
Rubén cogió un folio de su mesa y lo deslizó hacia Sara.
Una dirección en un pueblo de la sierra de Madrid. Garganta de los Montes. Cuarenta y tres kilómetros al norte de la ciudad.
Sara miró el folio.
—¿Sigue vigente?
—El padrón de Garganta de los Montes tiene registrado a un Nicolás Alcalde Ferreras desde 2010 hasta 2019. En 2019, de baja por traslado. Sin nueva dirección.
—Otra vez.
—Otra vez. Aunque esta vez sin pista de adónde va.
Sara dobló el folio y se lo metió en el bolsillo.
Rubén la miró.
—¿Mañana vas al pueblo?
—Esta tarde.
—Son las cinco, Sara. Para cuando llegues…
—Para cuando llegue será de noche y habrá alguien en ese pueblo que lo conoció.
Los pueblos de cuarenta y tres kilómetros tienen ese tamaño en que todo el mundo conoce a todo el mundo y nadie se olvida de los que estuvieron aunque ya no estén.
—Se puso el abrigo que acababa de quitarse—.
Tú sigue con los nombres de la lista. Quiero localizados y avisados a todos los que tienen identidad real antes de mañana por la mañana.
—Eso son dieciocho personas.
—Dieciocho menos las tres que ya no podemos avisar.
Rubén asintió. Cogió el café frío, lo olió, lo tiró a la papelera.
—Llámame si encuentras algo en el pueblo.
—Siempre.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, febrero de 1981
El cuaderno verde lo sacó Nico por primera vez en la tercera semana de febrero.
Era un sábado. Los sábados por la tarde no había clase y Sor Remedios dejaba a los niños en el patio durante hora y media, hasta que el frío la convencía de que era hora de entrar.
Marta se había acostumbrado ya a la rutina del patio: los más pequeños corrían o jugaban a juegos que ella no siempre entendía, los medianos se distribuían por los bordes del patio según sus alianzas invisibles, y Nico se sentaba siempre en el mismo banco, el único con las tablas enteras, a escribir en su cuaderno.
Ese sábado Marta se sentó a su lado sin decir nada y él tampoco dijo nada, y estuvieron así un rato que no supo cuantificar, ella mirando el patio y él escribiendo con esa presión excesiva del bolígrafo que hacía que la letra quedara ligeramente hundida en el papel.
Cuando terminó la entrada del día, cerró el cuaderno y lo sostuvo sobre la rodilla con la palma de la mano encima, como si fuera algo que pudiera escaparse.
—¿Por qué no me cuentas lo que escribes? —dijo Marta.
—Porque no es para contar.
—¿Para qué es entonces?
Nico miró el patio. Uno de los niños pequeños se había caído y lloraba con ese llanto de caída que es más susto que dolor, y Sor Remedios se había acercado a levantarlo con la misma expresión con que levantaría un objeto del suelo.
—¿Tú sabes lo que es un testigo? —preguntó Nico.
—El que ve algo y lo cuenta.
—El que ve algo, lo cuenta y lo puede demostrar. —Levantó el cuaderno un centímetro—. Si solo lo cuentas, puede que nadie te crea. Si lo tienes escrito con fechas y detalles, es más difícil que digan que te lo inventaste.
Marta miró el cuaderno. Las tapas de plástico verde oscuro, el lomo ligeramente combado por el uso.
—¿Qué has visto?
Nico no contestó de inmediato. Miró a Sor Remedios, que había dejado al niño pequeño en pie y estaba hablando con otra monja más joven junto a la puerta que daba al interior.
—Muchas cosas —dijo—. Desde hace dos años.
—¿Las escribes todas?
—Las que puedo verificar. No escribo lo que me imaginé o lo que me pareció.
Solo lo que vi y puedo describir con exactitud.
—Hizo una pausa—. Fechas. Horas, aproximadas.
Cuántos coches. Matrícula de los que pude leer.
Lo que describieron los niños cuando quisieron hablar conmigo, que no son muchos, la mayoría no quieren hablar.
—¿Te contaron lo que pasa allí dentro?
—Algunos. —Una pausa breve, del tipo de las pausas que tienen los niños que han aprendido a medir lo que dicen—. No voy a contártelo a ti. No todavía. Tienes que estar más tiempo aquí antes de entender algunas cosas.
—Tengo ocho años, no soy pequeña.
—No tiene que ver con la edad. Tiene que ver con estar preparada. —La miró—. Cuando estés preparada, te lo cuento todo. Y te enseño el cuaderno.
Marta quiso protestar. Tenía el argumento ya formado, el argumento de que ella había visto cosas también, que venía de Vallecas y de un padre que bebía y de una madre que había muerto, que no era de las que necesitaban que la protegieran.
Pero algo en la cara de Nico, en la manera en que sujetaba el cuaderno con la palma sobre la tapa como si lo estuviera protegiendo a él tanto como él a ella, le dijo que el argumento no era el adecuado para este momento.
—¿Cuándo? —dijo en cambio.
—Cuando yo lo decida.
Y volvió a mirar el patio con esa expresión de diez años que tenía tres o cuatro de más.
* * *
Fue en la primera semana de marzo cuando Nico abrió el cuaderno delante de ella.
No se lo entregó. Lo abrió sobre su rodilla, girado hacia Marta, y ella leyó por encima de la letra pequeña y apretada las entradas del mes de enero. Fechas en el margen izquierdo. Números. Abreviaturas que no entendió del todo.
—Las letras que no entiendes son matrículas —dijo Nico—. Solo las iniciales y los números finales. No me da tiempo a leer la matrícula completa desde la ventana.
—¿Las coches?
—Los coches de los que vienen. —Señaló una entrada con el dedo sin tocar la página—. Esta noche vinieron tres. Este coche es el que viene más veces, desde el verano pasado. Este otro lo he visto cuatro veces. Este de aquí —señaló una abreviatura distinta— solo vino una vez.
Marta leyó las letras. Tres o cuatro caracteres por entrada. No eran suficientes para identificar un vehículo, lo entendió incluso con ocho años, pero sí eran suficientes para demostrar que había habido un coche. Que alguien había estado ahí. Que no era un sueño.
—¿Y esto? —señaló unas palabras al final de una entrada.
Nico tardó un momento.
—El anillo. —Lo dijo sin inflexión—. Hay un hombre que lleva un anillo con un escudo en el dedo. Lo vi en el patio cuando salió a fumar. Lo dibujo siempre igual para que si alguien lo ve pueda reconocerlo.
Pasó tres páginas hacia adelante.
El dibujo era pequeño, hecho con bolígrafo, pero tenía esa precisión de los dibujos que se hacen muchas veces intentando mejorarlos.
Un anillo redondo con una superficie plana en la que había inscrita una figura: un animal rampante, una especie de jabalí o de toro, con algo que podría ser una corona o una hoz encima.
A los lados del animal, dos letras: V y C.
—¿Sabes qué significa?
—No. Pero lo copié muchas veces hasta que me salió igual que lo que recuerdo. —Cerró el cuaderno—. Las dos letras no sé si son iniciales de un apellido o de otra cosa.
V y C.
Marta las repitió en silencio.
—¿Por qué me lo enseñas ahora?
Nico miró hacia la puerta del edificio. Sor Remedios había entrado. Eran los dos solos en el patio, junto con cuatro niños pequeños que jugaban en el otro extremo, demasiado lejos para escucharlos.
—Porque necesito que alguien más lo sepa —dijo—. Si solo lo sé yo y me pasa algo, se acaba aquí. Si tú también lo sabes, al menos hay dos.
—¿Qué te va a pasar?
Nico se metió el cuaderno en el bolsillo.
—No lo sé. Pero llevo dos años viendo cosas que Sor Asunción preferiría que nadie viera. Y Sor Asunción es muy lista.
Lo dijo con la misma calma con que habría dicho que iba a llover, y esa calma era la cosa más inquietante de todo lo que había dicho.
* * *
Garganta de los Montes estaba al final de una carretera comarcal que serpenteaba entre pinos y encinas durante los últimos doce kilómetros. Sara llegó cuando el sol ya estaba detrás de la sierra y el cielo tenía ese color de hierro oscuro que precede a la noche de invierno en la montaña.
El pueblo era pequeño. Doscientas casas, una iglesia, una plaza con un bar que tenía la persiana a medio bajar y luz dentro. Sara aparcó en la plaza y entró.
El bar se llamaba La Dehesa y tenía esa atmósfera de los bares de pueblo de montaña en que el tiempo transcurre de otra manera: dos hombres mayores con chaquetas de lana jugaban al dominó en una mesa del fondo, una mujer detrás de la barra secaba vasos con un trapo, y en el televisor de la esquina un canal de noticias emitía en silencio con los subtítulos activados.
Sara pidió un café.
La mujer de la barra tendría unos cincuenta y cinco años, con el pelo gris recogido y las manos de alguien que lleva décadas trabajando con ellas.
—¿Conoce a un hombre que vivió aquí hace unos años? Nicolás Alcalde Ferreras. Alto, cincuenta y pocos años. Llegó al pueblo hacia 2010.
La mujer dejó de secar el vaso.
—¿Es usted de la policía?
—Inspectora Montero. Brigada de Homicidios de Madrid.
—¿Homicidios?
—Es una investigación en la que él podría ayudarnos. No está detenido ni buscado.
La mujer miró a los dos hombres del dominó, que habían dejado de jugar y escuchaban sin disimulo.
—Nico —dijo uno de ellos, el de la chaqueta azul marino—. Vivió en la casa del camino de la fuente nueve años. Buen hombre. Tranquilo. No daba problemas.
—¿Sabe adónde fue cuando se marchó?
El hombre negó con la cabeza.
—Se fue de un día para otro. Dejó las llaves en el buzón de la casera y un sobre con el último mes de alquiler. —Hizo una pausa—. Eso fue en el otoño del 19. Octubre, creo. O noviembre.
—¿Había algún cambio en él antes de marcharse? ¿Algo diferente?
Los dos hombres se miraron.
—Tuvo visita —dijo el otro, el de la chaqueta gris—. En agosto o septiembre, unos días antes de irse. Un coche que no era del pueblo. Se quedó aparcado delante de su casa casi toda una tarde.
—¿Vio a alguien entrar o salir?
—Vi a Nico salir. Solo. Y al coche marcharse.
Sara bebió el café.
—¿Alguien sabe si dejó algo en la casa?
La mujer de la barra volvió a mirar a los dos hombres. Luego miró a Sara.
—La casera vive tres casas más arriba de La Dehesa. Amparo Recuero. Si quiere hablar con ella, a esta hora suele estar en casa.
* * *
Amparo Recuero era una mujer de setenta años con una voz que no admitía rodeos. Abrió la puerta antes de que Sara terminara de llamar, como si hubiera visto llegar el coche desde la ventana, que era probable porque la ventana del salón daba directamente a la plaza.
—Soy la casera de la casa del camino de la fuente, sí —dijo antes de que Sara dijera nada—. Nico Alcalde. Buen inquilino. Ocho años sin un solo retraso en el alquiler. Me dejó la casa en mejor estado del que la cogió.
—¿Dejó algo cuando se fue?
—Las llaves y el dinero, como le habrán dicho. —Una pausa—. Y una caja.
Sara la miró.
—¿Una caja?
—En el trastero. Me dijo que la guardara. Que si en dos años no venía a recogerla, que la quemara sin abrirla. —Amparo Recuero sostuvo la mirada de Sara con la firmeza de alguien que ha tenido tiempo de pensar en esto—. Han pasado cinco años.
—¿La quemó?
—No. —Otra pausa—. No pude. Era de Nico.
Sara sintió que el hilo tiraba de ella hacia adelante.
—¿Puedo verla?
Amparo Recuero la miró durante un momento. Luego se apartó de la puerta.
—Pase.
* * *
La caja era de cartón reforzado, del tipo que se vende en las tiendas de embalaje, con las esquinas reforzadas con cinta americana y el cierre sellado con tres capas de la misma cinta. Encima, escrito con rotulador negro en letra grande y clara: PARA QUIEN CORRESPONDA. NO AbrIR SALVO NECESIDAD.
Sara la sostuvo con las dos manos. Pesaba lo suficiente para que hubiera algo dentro que tenía volumen y consistencia. No mucho. No una colección de documentos. Algo más compacto.
Miró a Amparo Recuero.
—Voy a necesitar llevarme esto.
La mujer asintió una sola vez.
—Era lo que haría Nico —dijo—. Que llegara a quien tuviera que llegar.
Sara cargó la caja hacia el coche. La puso en el asiento del copiloto y se quedó un momento con las manos en el volante, mirando la plaza desierta de Garganta de los Montes con las primeras farolas encendidas y el frío de la sierra bajando ya sobre el pueblo.
Dentro de esa caja podía haber cualquier cosa.
O podía haber el cuaderno verde que Nicolás Ferreras había llevado en el bolsillo del pantalón desde los diez años, con las fechas y las matrículas y el dibujo del anillo con el escudo y las dos letras: V y C.
Arrancó el coche.
No abrió la caja hasta llegar a Madrid.