Los Cuarenta Capítulo 5
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Capítulo 5

Los que pagaban

Mónica Arenas fue a la cocina sin decir nada y volvió con dos vasos de agua. Dejó uno frente a Sara y se quedó el otro en las manos, sujetándolo con las dos palmas, como si necesitara tener algo concreto entre los dedos para hablar.

Sara no tocó su vaso.

Esperó.

La luz del salón era la luz de la tarde de marzo, esa luz horizontal y cansada que entra por las ventanas orientadas al oeste y que alarga las sombras de las cosas hasta hacerlas irreconocibles.

En la calle de abajo, un coche arrancó. Un niño gritó algo que no se entendía.

El mundo seguía siendo el mundo con normalidad terrible.

—Tenía nueve años cuando llegué —empezó Mónica—. Mi madre murió en el 79 y mi padre no quiso hacerse cargo. Lo firmó todo en dos horas, me dejaron allí y no volvió.

Bebió un poco de agua.

—Al principio parecía un sitio normal. Las monjas eran frías, pero no malas.

Había comida. Había camas. Había clases por la mañana con una maestra que venía tres días a la semana.

Para alguien que venía de donde yo venía, que era una habitación en Vallecas con goteras y un padre que bebía, no era tan diferente.

Hizo una pausa. No era una pausa de quien busca las palabras. Era la pausa de quien sabe exactamente qué palabras van a venir y está midiendo si puede sostenerlas.

—Las primeras semanas no entendí qué pasaba.

Veía cosas que no encajaban pero no tenía el lenguaje para nombrarlas.

Algunos niños que un día estaban y al siguiente no estaban.

No se iban, no los adoptaban, simplemente desaparecían por unos días y luego volvían.

Y cuando volvían eran distintos. No distintos de una manera que pudieras señalar y decir esto ha cambiado .

Distintos de adentro. Como si alguien hubiera vaciado algo que no se ve.

Sara tenía el bloc en la mano pero no estaba escribiendo. Escuchaba.

—La sala del fondo era al final del pasillo de la planta baja. Detrás de la cocina. Puerta de madera oscura, siempre cerrada con llave. Yo tardé cuatro meses en entender para qué servía.

* * *

Los hombres llegaban de noche.

No siempre los mismos. No siempre el mismo número.

Pero siempre de la misma manera: coches que aparcaban en la calle lateral, no en la principal, y que apagaban los faros antes de llegar a la verja.

Mónica los había visto desde la ventana del dormitorio, que daba al patio trasero y desde donde, si te colocabas en el ángulo correcto, podías ver el lateral del edificio y la puerta que daba acceso desde fuera a la planta baja.

Entraban por esa puerta.

Sor Asunción los esperaba.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque una noche me desperté con sed y fui al baño. El baño quedaba al final del pasillo del segundo piso y desde la ventana del baño se veía el patio interior. Vi a Sor Asunción cruzar el patio con una linterna. Iba hacia la puerta lateral. Eran las dos de la mañana.

Mónica dejó el vaso en la mesa de centro. Lo alineó con el borde de la mesa con un gesto preciso, casi automático.

—No volví a la cama. Me quedé en el baño, en el suelo, con la espalda contra la pared de azulejos fríos, hasta que oí que la puerta lateral volvía a cerrarse. Pasó algo más de una hora. Cuando me asomé, los coches ya no estaban.

—¿Cuántos coches?

—Esa noche, dos. Otras veces más. Una vez conté cuatro. —Hizo una pausa—. No siempre era de noche. A veces era tarde, después de cenar, cuando los más pequeños ya estaban en cama. Pero siempre era cuando los niños no podían ver bien quién entraba.

Sara pensó en la ventana de la planta baja con los cristales pintados de blanco por dentro.

—¿Y los niños que llevaban a esa sala?

Mónica tardó en contestar.

—Los elegía Sor Asunción. No siempre los mismos.

Los cambiaba. Supongo que para que no se notara demasiado en uno solo.

—Bebió agua—. Algunos estaban allí cuando yo llegué y ya tenían esa manera de estar que he descrito.

Esa manera de mirar desde muy lejos, como si hubiera una distancia entre ellos y el mundo que no podían acortar aunque quisieran.

Con los años, he aprendido el nombre técnico de lo que les pasaba.

En aquel momento solo sabía que eran niños que ya no eran del todo niños.

Sara escribió algo en el bloc. No lo que Mónica había dicho. Escribió un nombre: Sor Asunción. Y debajo: apellidos, paradero actual.

—¿Llegaron a llevarte a ti?

La pregunta era directa. Quizás demasiado. Pero Sara había aprendido que las preguntas directas, cuando se hacen con el tono correcto, le ahorraban a los testigos el esfuerzo de llegar solas a los sitios más difíciles.

Mónica Arenas la miró.

—Una vez.

No dijo más.

Sara no presionó.

—¿Sabes quiénes eran los hombres?

—No los vi bien nunca. Los coches tenían los faros apagados, como te he dicho. Y yo tenía nueve, diez, once años. No sabía leer matrículas ni tenía manera de saber quiénes eran. —Hizo una pausa—. Pero una noche vi algo.

Sara esperó.

—Era invierno, el segundo año que estuve allí.

Habían llevado a uno de los niños mayores a la sala del fondo y uno de los hombres salió antes de que terminara.

Salió al patio a fumar. Yo estaba en la ventana del segundo piso, en la oscuridad.

Él no me vio. La brasa del cigarrillo le iluminaba la mano cuando daba una calada.

—¿Qué viste?

—Un anillo. En el dedo índice de la mano derecha. Grande, de oro o algo que parecía oro, con un escudo en relieve. —Mónica hizo una pausa—. No sé de heráldica. Solo sé que era el tipo de anillo que lleva la gente que pertenece a algo.

Sara sintió que algo se activaba en la parte de la cabeza donde se guardan los hilos que todavía no se saben conectar.

—¿Recuerdas cómo era el escudo?

—Tenía una figura. Un animal, creo. O dos. —Mónica negó con la cabeza—. Han pasado cuarenta años. Solo recuerdo el anillo porque Nico lo dibujó en su cuaderno. Le dije lo que había visto y lo dibujó. Me lo enseñó para ver si era lo que yo recordaba y le dije que sí.

—¿Nico guardaba un cuaderno?

—Nico apuntaba todo. Fechas, noches, quién había ido a la sala. Cuántos coches. Todo lo que podíamos observar sin que nos pillaran. Era su manera de —hizo una pausa y buscó la palabra— de resistir. De decir que lo que pasaba era real aunque nadie fuera a creerlo.

Sara escribió en el bloc: cuaderno verde. Nico Ferreras. Paradero.

—¿Dónde está Nico ahora?

La cara de Mónica Arenas cambió de una manera que Sara conocía. Era el cambio específico que se produce en la cara de alguien cuando una pregunta les lleva a un lugar que no habían decidido visitar todavía.

—No lo sé —dijo—. Perdimos el contacto hace muchos años.

—¿Está en la lista?

—Sí.

—¿En qué posición?

—No lo sé. Cada uno de nosotros solo conocía su propio número. Así lo organizó Tomás. Para que si alguien hablaba, no pudiera dar más información de la suya.

Tomás Vidal, pensó Sara. Un sistema de seguridad construido durante años. Compartimentado como una célula de inteligencia.

—¿Cuántos de los cuarenta estaban en contacto con Vidal?

—No lo sé con exactitud. Algunos querían hacer algo con esto y otros preferían seguir viviendo sus vidas y no mirar atrás.

No todos los que estuvieron en Santa Clara salieron igual de rotos, o igual de decididos a que se supiera.

—Mónica hizo una pausa—. Yo estaba en el grupo de los que pensaban que remover esto solo traería más daño.

—¿Y ahora?

Mónica Arenas miró el vaso de agua en la mesa.

—Ahora hay dos personas muertas y alguien ha decidido que la solución es eliminar a todos los que saben. Así que supongo que da igual lo que yo pensara antes.

* * *

—¿Sabes por qué desaparecieron los registros del orfanato?

—Sí.

—¿Me lo vas a contar?

Mónica se levantó del sofá. Fue hasta la estantería, sacó un libro sin mirar el título, lo sostuvo un momento y lo devolvió a su sitio. Era el gesto de alguien que necesita moverse para pensar.

—Cuando cerraron Santa Clara en el 83, algunos de los niños mayores ya teníamos doce, trece años.

Suficiente edad para saber lo que había pasado.

Suficiente para hablar, si alguien nos preguntaba.

—Se giró—. Los registros desaparecieron porque en esos registros estaban nuestros nombres reales, nuestras procedencias, los datos de nuestras familias originales.

Si alguien investigaba, podría encontrarnos.

Y si nos encontraba y hablábamos, podría llegar a ellos.

—¿A los hombres del anillo?

—A los hombres del anillo. Y a los que sabían lo que pasaba y miraban hacia otro lado.

Sara pensó en la carta del vicario. A fin de preservar el bienestar de los menores implicados.

—La Iglesia sabía.

No era una pregunta.

Mónica Arenas la miró fijamente.

—La Iglesia sabía. No todos, no toda la institución como un bloque, pero sí las personas que tenían que haber vigilado ese centro y que no lo hicieron. Que recibieron las denuncias y las archivaron. Que cerraron el orfanato en silencio en lugar de abrirlo.

—¿Y las identidades falsas? ¿Quién las construyó?

—Sor Asunción. Con ayuda de alguien externo, suponemos. Pero la decisión fue suya. Cuando cerraron el centro, a los que salíamos con identidades falsas nos dijeron que era para protegernos. Que si alguien nos buscaba con nuestros nombres reales, no nos encontraría. Que era un regalo.

La palabra regalo sonó en el salón con una amargura tan concreta que casi tuvo forma.

—Nos regalaron nombres de niños muertos —dijo Mónica— para que nosotros también muriéramos, de alguna manera.

Para que los niños que habíamos sido desaparecieran.

—Hizo una pausa—. Algunos lo agradecieron.

Querían desaparecer. Querían empezar de cero y no volver a mirar atrás.

Pero otros, como Tomás, como yo, llegamos a entender que esa identidad falsa era también una correa.

Una manera de tenernos controlados. Porque si alguien tiraba del hilo, saltaba todo.

Y lo primero que saltaría sería que llevábamos cuarenta años siendo otra persona.

Sara lo entendió del todo en ese momento.

Las identidades falsas no eran solo una manera de borrar el pasado.

Eran también una garantía de silencio. Los supervivientes no podían hablar sin admitir que habían vivido con documentación fraudulenta durante décadas.

Estaban atrapados por los dos lados: por lo que les habían hecho y por lo que les habían dado para sobrevivir a ello.

Era una trampa construida con una precisión que requería pensar en el largo plazo.

Una trampa construida por alguien que sabía exactamente cómo funcionan las personas cuando tienen miedo.

* * *

El teléfono de Sara vibró.

Era Rubén.

—Un momento —le dijo a Mónica, y descolgó.

—Tercero de la lista —dijo Rubén sin preámbulo—. Bilbao. El abogado, Iñaki Gorostiza. La brigada de Bilbao ha recibido el aviso hace veinte minutos. Aparecido en su despacho en el centro. Misma marca.

Sara cerró los ojos medio segundo.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. El cuerpo lo encontró su secretaria al llegar al trabajo. Según el forense de allí, murió entre las once de la noche y las dos de la madrugada.

Mientras ella estaba en el edificio de Carabanchel mirando una fachada de piedra artificial, mientras ella buscaba el solar donde había estado el orfanato, el tercero de la lista moría en un despacho de Bilbao.

—¿Gorostiza había hablado contigo ayer?

—Sí. Me dijo que llevaba años esperando que alguien llamara.

—Y en cuanto llamamos, alguien se adelantó.

Silencio al otro lado.

—Eso es lo que parece.

Sara miró a Mónica Arenas, que la observaba desde el sofá con esa expresión de quien ya sabe lo que está oyendo aunque no escuche las palabras.

—Rubén, necesito que saques todo lo que puedas sobre una mujer llamada Sor Asunción.

Directora del Orfanato Santa Clara de Miraflores entre los años setenta y 1983.

No tengo apellidos todavía. Y necesito cualquier rastro de un Nicolás Ferreras, aproximadamente cincuenta y dos o cincuenta y tres años, sin localización conocida.

—¿Ferreras con doble erre?

—Con doble erre.

—Dame una hora.

Colgó.

Sara guardó el teléfono y miró a Mónica.

—El tercero de la lista ha muerto esta mañana en Bilbao.

Mónica Arenas asintió una sola vez. Como si lo esperara. Como si llevara cuarenta años esperando que llegara este día concreto y la única sorpresa fuera que hubiera tardado tanto.

—¿Tiene usted algún lugar donde quedarse que no sea esta dirección?

—Tengo una hermana en Alcalá de Henares.

—Llámela esta tarde. —Sara se levantó y dejó su tarjeta en la mesa, junto al vaso de agua que no había tocado—. Y si recuerda cualquier otra cosa sobre el anillo, sobre Sor Asunción, sobre cualquier nombre que oyera en Santa Clara, llámeme. A cualquier hora.

Mónica cogió la tarjeta. La miró.

—¿Cree que puede parar esto?

Sara se puso el abrigo.

Era una pregunta honesta que merecía una respuesta honesta.

—Voy a intentarlo.

No dijo más. Porque lo honesto y lo tranquilizador no siempre eran la misma cosa, y Mónica Arenas llevaba demasiados años en el mundo real como para no saberlo.

* * *

Fuera, en la calle Colón de Getafe, el frío de la tarde había bajado dos grados desde que ella había entrado en el edificio. Sara encendió el cigarrillo apoyada en el capó del coche y miró la acera sin verla.

Tres muertos en dos días.

Cuarenta niños a los que les habían robado el nombre, la infancia y cuarenta años de silencio. Y alguien que los conocía a todos, que sabía dónde vivían bajo sus identidades falsas, que tenía la logística y la frialdad de moverse de Madrid a Málaga a Bilbao en menos de cuarenta y ocho horas.

O que tenía ayuda.

O que no era uno solo.

Pensó en el anillo con el escudo heráldico. En los hombres que llegaban de noche con los faros apagados. En la carta del vicario. En la congregación disuelta. En el solar de Carabanchel cubierto ahora por un bloque de pisos con una mercería en la planta baja.

Todo eso llevaba cuarenta años enterrado.

Y ahora alguien estaba decidido a que siguiera enterrado para siempre.

Lo que significaba que había algo, todavía, que podía salir a la luz.

Algo que valía la pena matar para que no saliera.

Sara aplastó el cigarrillo contra el suelo y se metió en el coche.