Capítulo 4
Identidades rotas
A las nueve de la mañana del miércoles, Sara llevaba encima dieciséis horas sin dormir y la tercera taza de café del día.
No era inusual. Los primeros días de un caso importante tenían esa cualidad de comprimir el tiempo, de hacer que las horas normales se volvieran elásticas y que el cuerpo se olvidara de lo que necesitaba mientras la cabeza seguía tirando del hilo. Lo que sí era inusual era la pizarra.
Rubén había llegado antes que ella. Lo sabía porque cuando entró en el despacho la pizarra ya tenía dos columnas escritas con el rotulador rojo y una línea horizontal en el centro que las separaba como el ecuador de un mapa.
En la columna de la izquierda, diez nombres de la lista con sus datos verificados: nombre, edad aproximada, ciudad, estado.
En la columna de la derecha, los nombres cuyas identidades no cuadraban, con una anotación al lado de cada uno que Sara tardó un momento en descifrar porque la letra de Rubén cuando escribía rápido era casi un idioma privado.
Se acercó.
Las anotaciones decían: fallecido/a antes 2 años.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Rubén estaba sentado en su silla con los codos en la mesa y las manos cruzadas delante de la boca, la postura que adoptaba cuando había estado pensando durante tiempo suficiente como para que el pensamiento le doliera un poco.
—Pasé la noche con el Registro Civil. —Señaló la columna de la derecha—. Los DNIs que no cuadraban. Los números existen, pero los nombres a los que están asignados no corresponden con los de la lista. He buscado los nombres originales.
—¿Y?
—Son niños muertos. Todos. Fallecidos entre 1970 y 1977, antes de cumplir los dos años. Algunos antes del primer año. —Hizo una pausa—. Nacieron, les asignaron un DNI, murieron sin haberlo usado nunca, y alguien, en algún momento, cogió esos números y los recicló.
Sara miró la columna de la derecha.
Diez nombres. Diez niños muertos en los años setenta cuyos documentos alguien había reutilizado para darle una identidad a otra persona.
—¿Quién tiene acceso al Registro Civil para hacer algo así?
—En los años ochenta, el control era mucho más laxo que ahora.
Los registros en papel. Los duplicados se gestionaban en las oficinas locales.
Con los contactos adecuados y suficiente dinero, no era imposible.
—Rubén se levantó y fue hacia la pizarra—.
Pero aquí hay algo que me parece más importante que el cómo . Mira las fechas.
Sara se acercó.
—Los niños muertos cuyos DNIs se reutilizaron fallecieron todos entre 1970 y 1977. Lo que significa que cuando alguien construyó estas identidades, eligió niños que habrían tenido más o menos la misma edad que los de la lista.
Sara lo entendió antes de que Rubén terminara la frase.
—Eligieron niños que habrían podido ser ellos.
—Eso es. No cogieron cualquier DNI de cualquier fallecido. Cogieron DNIs de niños de la edad correcta. Lo que significa que no fue improvisado. Quien lo hizo sabía de antemano qué edades necesitaba cubrir.
Sara se quedó mirando la pizarra.
Alguien había construido esas identidades antes de que los niños salieran del orfanato. No después. Antes. Con tiempo suficiente para buscar en los registros civiles de Madrid los fallecidos de las edades adecuadas, hacer los trámites necesarios, preparar la documentación.
Lo que significaba que quien lo había hecho tenía un plan.
Y que ese plan empezaba dentro de Santa Clara.
* * *
El subcomisario Molina la llamó a las diez y media.
Molina era su jefe directo desde hacía tres años y tenía la cualidad de hacer que las conversaciones incómodas sonaran como una charla entre amigos, lo que las hacía más incómodas todavía.
—Sara, ¿cómo va lo de Lavapiés?
—Avanzando. Tenemos una segunda víctima en Málaga con el mismo método y una conexión entre ambas que estamos desarrollando.
—¿Cuánto tiempo vas a necesitar?
Sara reconoció la pregunta. No era una pregunta sobre tiempo. Era una pregunta sobre recursos, sobre cuánto iba a costar este caso en horas y personal antes de que diera resultados visibles.
—Lo que tarde.
—Sara.
—Molina, hay cuarenta nombres en una lista y dos de ellos ya están muertos. Si el patrón continúa, el tercero puede caer esta semana.
Un silencio breve.
—¿Tienes algo concreto?
—Tengo un orfanato que cerró en 1983 sin dejar rastro, una congregación religiosa que se disolvió al mismo tiempo y cuarenta niños que salieron de allí con identidades que no eran las suyas. Y tengo una carta de la Diócesis de 1984 que pide discreción absoluta sobre el asunto.
Otro silencio, más largo.
—¿La Iglesia está implicada?
—No lo sé todavía. Pero el centro era de gestión religiosa y alguien con acceso a los registros construyó esas identidades falsas desde dentro. —Hizo una pausa—. Necesito que nadie me quite este caso.
—Nadie te va a quitar el caso.
—Lo digo porque en cuanto empiece a tirar de ese hilo va a molestar a alguien.
—Sara. —El tono de Molina cambió ligeramente—. Haz tu trabajo. Pero hazlo con cuidado.
Colgó.
Sara dejó el móvil en la mesa.
Hazlo con cuidado. Era la manera que tenía Molina de decirle dos cosas al mismo tiempo: que tenía su respaldo y que no lo tuviera tan seguro.
* * *
A las once, Rubén entró en el despacho con una carpeta y una expresión que Sara había aprendido a distinguir de las demás: no era la expresión de quien trae buenas noticias ni de quien trae malas.
Era la expresión de quien trae algo que no encaja con nada de lo que tenían antes y que obliga a reordenar el tablero.
—He estado buscando a los seis con identidad verificada. Los que sí tienen DNI válido a su nombre.
—¿Y?
—Cuatro de ellos han tenido, en algún momento de los últimos veinte años, contacto con los servicios sociales. No como usuarios. Como trabajadores o colaboradores.
Sara lo miró.
—¿Trabajadores de servicios sociales?
—Uno es trabajador social en Getafe. Otro fue educador en un centro de menores de Sevilla hasta 2018. Una tercera es psicóloga infantil en Valencia. Y el cuarto, el de Bilbao, es abogado especializado en derecho de familia y tutela de menores. —Rubén cerró la carpeta—. No sé si es casualidad.
—No es casualidad.
—No lo creo tampoco.
Sara se levantó. Fue hasta la ventana, que daba al patio interior de la jefatura, un rectángulo de cemento con una palmera pequeña que nadie había pedido y que estaba ahí desde antes de que ella llegara. La miró sin verla.
Cuatro de los seis supervivientes verificados habían construido su vida profesional alrededor de la protección de menores. De los niños que pasaban por los sistemas de acogida. Los niños sin familia o con familias que no podían o no querían tenerlos.
No era nostalgia. No era vocación en el sentido romántico. Era algo más parecido a lo que hace la gente cuando intenta vigilar desde adentro un sistema que sabe que puede fallar. Cuando saben exactamente de qué manera puede fallar porque lo han vivido.
—¿Los has avisado a todos?
—A los que cogen el teléfono. La psicóloga de Valencia y el abogado de Bilbao han confirmado que están al tanto y que van a tener cuidado. La trabajadora social de Getafe, Mónica Arenas, la que colgó ayer cuando le pregunté por el orfanato…
—¿Ha vuelto a llamar?
—No. Pero esta mañana temprano he mandado una patrulla a su dirección. Estaba en casa. No ha querido hablar con el agente.
—Voy yo.
—Sara, si no quiere…
—Voy yo igualmente.
Rubén la conocía lo suficiente como para no insistir. Asintió y anotó algo en su bloc.
—El de Bilbao me ha dicho una cosa interesante.
Sara se giró.
—Ha dicho que lleva años esperando que alguien llamara.
Que sabía que tarde o temprano iba a pasar algo con esto.
Cuando le he preguntado a qué se refería, ha dicho que hay cosas que no se pueden enterrar para siempre.
—Rubén hizo una pausa—. Y luego ha preguntado cuántos de la lista habían muerto ya.
—¿Cuántos sabe él que son?
—Me ha dicho que son cuarenta. Exactamente cuarenta. Y que Tomás Vidal era el que más años llevaba intentando hacer algo con esto.
Sara procesó eso.
—¿Lo conocía?
—Dice que no en persona. Pero que sabía de él. Que había alguien que mantenía el contacto entre los que querían que esto saliera a la luz y los que preferían seguir callados.
—¿Y Vidal era ese alguien?
—Eso parece.
El hombre del sobre, el hombre que había llegado a la comisaría de Leganitos con su lista mecanografiada y la certeza de que iba a morir, no había actuado solo. Había actuado como el eslabón final de una cadena que llevaba años, tal vez décadas, intentando llegar hasta aquí.
Y alguien lo había sabido.
Y lo había eliminado antes de que la cadena llegara más lejos.
* * *
El edificio de la calle Vía Carpetana, 118, en Carabanchel, era ahora un bloque de pisos de los años noventa, de esos con la fachada de piedra artificial de color crema y las persianas de aluminio.
No quedaba nada del ladrillo rojo que Sara había visto en la única fotografía del orfanato que había encontrado en el archivo de la Diócesis, una foto en blanco y negro, borrosa, tomada desde la calle en los años setenta.
Aparcó enfrente y estuvo un momento mirando el bloque.
El solar había sido derribado y reconstruido.
No había placa, no había señal, no había nada que indicara que en ese espacio había habido durante doce años un edificio donde vivían niños sin familia.
Era un bloque de pisos como cualquier otro.
En la planta baja había una mercería y una academia de inglés con el cartel pintado a mano.
Sara sacó el teléfono y llamó a Rubén.
—El edificio ya no existe.
—Ya lo sabía. Lo demolieron en el 89. El solar estuvo vacío seis años y luego lo compraron para el bloque actual.
—¿Hay algo debajo?
—¿Cómo que debajo?
—Rubén. ¿Hay sótano en el proyecto de demolición?
Un silencio mientras Rubén buscaba.
—El proyecto de demolición de 1989 menciona una planta semisótano que fue parcialmente sellada antes de la nueva construcción. No hay especificaciones de lo que contenía.
Sara miró el bajo del edificio. La mercería tenía las luces encendidas y una señora mayor que enrollaba un cabo de tela sin mirar hacia la calle.
—¿Quién tiene el expediente de la obra del 89?
—El Ayuntamiento de Madrid. Archivo de urbanismo.
—Pídelo.
—Ya está pedido. Me dijeron que tardaban entre cinco y diez días laborables.
—Diles que es urgente.
—Ya les dije que era urgente. Me dijeron que entre cinco y diez días laborables.
Sara guardó el teléfono.
Siguió mirando el edificio un momento más.
Doce años de niños. Doce años de Sor Asunción y sus ojos transparentes y su voz que nunca se levantaba.
Doce años de entradas en el registro numeradas con una tarjeta plastificada.
Y luego, en 1983, cierre repentino, congregación disuelta, registros desaparecidos, y cuatro meses después una carta de la Diócesis pidiendo discreción absoluta.
Y en el 89, el edificio derribado.
Y en su lugar, una mercería y una academia de inglés.
Encendió el cigarrillo que llevaba veinte minutos aplazando y se quedó fumando en la acera frente al número 118, mirando la fachada de piedra artificial de color crema.
Dios proveerá , había dicho la placa de cerámica que ya no existía.
Lo que fuera que Dios hubiera provisto en ese lugar, alguien se había encargado de que no quedara rastro.
* * *
A las cuatro de la tarde, Sara aparcó en la calle Colón de Getafe y subió al tercero B.
Mónica Arenas tardó en abrir. Sara contó mentalmente hasta diecisiete antes de oír el ruido de los pasos al otro lado de la puerta, y luego otros cinco antes de que la puerta se abriera, lo que significaba que la mujer había estado mirando por la mirilla antes de decidir si abría.
Tenía cincuenta y un años según el registro, pero los aparentaba de una manera en que la edad no importa tanto como lo que la ha fabricado.
Era menuda, con el pelo oscuro cortado corto y una manera de sostenerse en el umbral que no era de bienvenida pero tampoco era de rechazo.
Era la postura de alguien que ha aprendido a no dar información con el cuerpo antes de saber qué está pasando.
—Soy la inspectora Montero. Hablamos ayer por teléfono.
—Ya sé quién es.
—¿Puedo pasar?
Mónica Arenas la miró durante un momento. Luego se apartó.
El piso era ordenado con esa precisión que no es natural sino construida, el tipo de orden que mantienen las personas que necesitan que su entorno esté bajo control porque otras cosas no lo están.
En el salón había una estantería llena de libros técnicos y algún libro de bolsillo, una mesa de trabajo con un ordenador portátil y varios folios con notas escritas a mano, y en la pared, enmarcado, un título universitario de Trabajo Social de la Universidad Complutense, expedido en 1995.
Sara miró el título.
Mónica Arenas lo vio mirarla.
—¿Qué quiere saber?
—Lo mismo que ayer. Tomás Vidal y el orfanato.
—Ya le dije que no conozco a ningún Tomás Vidal.
—Tomás Vidal murió el lunes por la noche en su piso de Lavapiés.
—Sara lo dijo sin inflexión, como un dato—.
Rafael Soler murió el mismo día en Málaga.
Los dos estaban en una lista que Vidal dejó en la comisaría antes de morir.
Los dos procedían de un centro de acogida llamado Santa Clara de Miraflores, en Carabanchel. Y usted también está en esa lista.
Mónica Arenas no se movió.
Sara contó dos respiraciones antes de que la mujer dijera algo.
—¿En qué posición?
—¿Cómo?
—En la lista. ¿En qué posición está mi nombre?
Sara la miró.
—El diecisiete.
Algo cruzó la cara de Mónica Arenas que no era sorpresa. Era reconocimiento. Como cuando alguien te dice el número de tu casa y sabes que te han encontrado.
Se sentó en el sofá sin que nadie se lo pidiera. Cruzó las manos en el regazo con una firmeza que parecía requerir esfuerzo. Estuvo mirando el suelo durante unos segundos.
—Tomás llevaba mucho tiempo queriendo hacer esto —dijo por fin—. Muchos de nosotros le pedimos que no lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque sabíamos que en cuanto alguien supiera dónde buscarnos, nos encontraría. —Levantó la vista—. Y tenían muchos años para prepararse.
—¿Quiénes?
Mónica Arenas la miró con la expresión de quien va a decir algo que lleva cuarenta años sin decir y que sabe que, en cuanto lo diga, ya no habrá manera de volver atrás.
—Los que pagaban para entrar en la sala del fondo.