Capítulo 3 #2
—Cuando cumples catorce años te mandan a un piso de acogida. O te adoptan antes. O si tienes familia que quiere recogerte. —Hizo una pausa—. Yo no tengo familia.
—Yo tampoco.
Nico la miró de reojo.
—Lo sé. Sor Remedios lo dijo en el comedor la noche que llegaste. Siempre lo dice cuando llega uno nuevo.
Marta pensó que era una información extraña para compartir en el comedor, pero no dijo nada.
—Oye —dijo Nico al cabo de un momento—. Hay una cosa que tienes que saber.
Algo en el tono de su voz cambió. No era el tono de un niño que va a contarte algo interesante. Era el tono de un niño que va a decirte algo necesario.
—¿Qué?
—Hay una sala al final del pasillo de la planta baja. Detrás de la cocina. La puerta es de madera oscura y siempre está cerrada con llave.
Marta esperó.
—No preguntes por ella. —Nico no la miraba mientras lo decía; seguía con la vista en el patio—. No le preguntes a ninguna monja qué hay ahí dentro. No le preguntes a ningún niño grande. No te quedes mirando la puerta cuando pases por delante.
—¿Por qué?
—Porque los que preguntan tienen problemas.
—¿Qué tipo de problemas?
Nico tardó en contestar.
—El tipo de problemas que no se ven.
Marta quiso preguntarle más. Tenía cinco o seis preguntas formadas en la cabeza, bien ordenadas, del tipo práctico, el tipo que hacen las personas que necesitan entender las cosas para poder moverse por ellas.
Pero Nico se había levantado del banco con una decisión que cerraba la conversación mejor que cualquier respuesta.
—Solo recuérdalo —dijo—. La puerta oscura al final del pasillo de abajo. No es para nosotros.
Se alejó hacia el grupo de niños que corrían en el patio, las manos en los bolsillos, el cuaderno verde guardado junto al costado.
Marta se quedó en el banco.
Miró el edificio.
Desde donde estaba, podía ver la fachada trasera: las ventanas del primer piso, las ventanas del segundo, y en la planta baja, casi en la esquina, una ventana más pequeña que las demás, con los cristales pintados de blanco por dentro.
Una ventana que no dejaba ver hacia adentro.
Una ventana que no dejaba ver hacia afuera.
* * *
Miguel tenía trece años y era el mayor de los niños de Santa Clara en enero de 1981.
Era alto para su edad, con los hombros ya empezando a ensancharse y una manera de ocupar el espacio que los demás niños reconocían sin necesidad de que nadie se lo explicara.
No mandaba a gritos ni con amenazas directas.
Mandaba de la manera más eficaz, que es con la certeza de que lo que dices va a cumplirse, y esa certeza era tan constante en él que los demás la habían asimilado como parte del paisaje, como el frío o la lejía o el crucifijo del vestíbulo.
Marta se cruzó con él por primera vez en la escalera, el quinto día.
Miguel bajaba, ella subía. Él se detuvo un peldaño por encima de ella, lo que significaba que la miraba desde arriba, y la examinó durante un momento con la misma atención clínica con que se examina algo que hay que clasificar.
—Tú eres la nueva.
—Marta.
—Ya sé cómo te llamas. —Lo dijo sin crueldad, como un dato—. ¿De dónde vienes?
—De Vallecas.
—¿Tienes familia?
—No.
Miguel asintió, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.
—Quédate cerca de Nico —dijo—. Es el que más sabe de cómo funciona esto.
Bajó el peldaño que los separaba y pasó a su lado sin rozarla. Marta se giró para mirarlo bajar el resto de la escalera.
Luego recordó lo que Nico le había dicho sobre la sala del fondo.
Y luego recordó el tono con que Miguel acababa de hablar, ese tono de alguien que conoce las reglas porque las ha pagado.
Y se preguntó, por primera vez pero no por última, qué era lo que los niños de Santa Clara sabían que ella todavía no sabía.
* * *
El día en que la registraron oficialmente en el centro, Sor Remedios la sentó en la pequeña oficina que había junto al vestíbulo y rellenó una ficha de cartulina con sus datos. Nombre. Fecha de nacimiento. Procedencia. Estado de salud. Nivel educativo.
Al final de la ficha había un campo que decía Número de ingreso y que Sor Remedios rellenó con el número que correspondía al orden de llegada al centro desde su fundación.
—¿Cuál es mi número? —preguntó Marta.
Sor Remedios miró la ficha.
—El veintitrés.
Marta repitió el número en silencio.
Veintidós niños habían llegado antes que ella.
Sor Remedios guardó la ficha en una carpeta de cartón que metió en un cajón que cerró con llave. Luego le dio a Marta una tarjeta pequeña, plastificada, con su nombre y su número escritos a máquina.
—Esto lo guardas. Es tuyo. Para los registros del comedor y para las actividades.
Marta miró la tarjeta.
Marta Sáez Ruano. N.º 23.
La apretó en el puño.
Fuera, en el patio, los demás niños habían salido al recreo de la tarde.
Se oían sus voces amortiguadas por el cristal de la ventana de la oficina, una mezcla de gritos y risas que sonaba igual que los niños de cualquier otro patio de cualquier otro lugar, y que sin embargo, aquí, tenía algo diferente.
Como las notas de una canción que conoces pero que alguien está tocando en un tono equivocado.
Marta no sabría nombrar esa diferencia hasta mucho más tarde.
Hasta la noche en que Nico por fin le explicó qué pasaba en la sala del fondo.
Pero eso todavía faltaba.