Los Cuarenta Capítulo 3
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Capítulo 3

En el asiento de al lado llevaba una bolsa de plástico blanca de las del supermercado Spar.

Dentro: dos mudas de ropa interior, un jersey de cuadros verde, la mitad de un libro de cuentos de los Hermanos Grimm al que le faltaban las primeras cuarenta páginas, y una foto pequeña de sus padres que la señora del centro de acogida provisional le había metido en el bolsillo a las prisas, sin decirle nada, como si fuera un secreto que no quería que el conductor del coche supiera.

Marta tenía la foto en el bolsillo del anorak. No la había sacado en los cuatro días que llevaba sin llorar.

El coche frenó delante de una verja de hierro.

—Hemos llegado —dijo el conductor sin girarse.

Marta miró por la ventanilla.

El edificio estaba al fondo de un patio cuadrado, separado de la calle por la verja y por una franja de cemento en la que habían puesto dos bancos que la lluvia había ido pudriendo hasta convertirlos en algo que ya no servía para sentarse.

El edificio era de ladrillo rojo oscuro, de tres plantas, con las ventanas pequeñas y los marcos pintados de un blanco que en otro tiempo debía de haber sido brillante y que ahora era el blanco de las cosas que llevan mucho tiempo sin que nadie se preocupe por ellas.

Encima de la puerta principal, una placa de cerámica azul con letras blancas: Centro de Acogida Santa Clara de Miraflores.

Congregación de las Hermanas de la Misericordia Perpetua.

Y debajo, más pequeño, en la misma cerámica: Dios proveerá.

El conductor pitó una vez.

Desde el interior del edificio, una luz se encendió en el vestíbulo.

* * *

La monja que abrió la puerta se llamaba Sor Remedios y tenía los brazos muy cortos para el cuerpo que tenía, lo que le daba un aspecto de muñeca articulada cuyos fabricantes se habían equivocado de piezas.

Era jovial, o hacía el gesto de serlo, que en la oscuridad y el frío de enero era más o menos lo mismo.

—Marta. Qué bien que hayas llegado. Entra, entra, que hace un frío que pela.

El vestíbulo olía a lejía y a algo más difícil de identificar, una combinación de comida vieja y madera húmeda y el olor específico de los sitios donde han vivido muchas personas durante mucho tiempo sin que ninguna de ellas lo haya elegido.

Un crucifijo grande presidía la pared del fondo.

A la derecha, una escalera de madera con los peldaños hundidos en el centro por el paso de años y pasos.

A la izquierda, una puerta cerrada con llave.

Sor Remedios cerró la puerta de la calle y se quedó mirando la bolsa de plástico.

—¿Eso es todo lo que traes?

—Sí.

—Bueno. Mañana te ponemos con lo que tenemos en el almacén. —Una pausa breve, del tipo que hacen las personas cuando están calibrando cuánto decir—. Esta noche dormirás en el dormitorio de las medianas. Hay ocho camas. Las demás ya están durmiendo, así que vas a entrar sin hacer ruido, ¿de acuerdo?

Marta asintió.

—¿Tienes hambre?

Tenía hambre. Llevaba hambre desde el mediodía, cuando en el coche de servicios sociales el conductor había parado en una gasolinera de la carretera de Extremadura y le había comprado un bocadillo de queso que ella había comido en tres mordiscos intentando que no se notara lo hambrienta que estaba.

—No —dijo.

Sor Remedios la miró un momento con esa mirada que tienen los adultos cuando saben que un niño está mintiendo pero han decidido que no merece la pena insistir.

—Mañana desayunamos a las siete y media. —Señaló la escalera—. Vamos.

* * *

El dormitorio de las medianas estaba en el segundo piso, al final de un pasillo con el suelo de linóleo que crujía en dos puntos concretos que Sor Remedios sorteaba con una precisión de quien lleva años haciéndolo.

Ocho camas de hierro dispuestas en dos filas de cuatro, con las cabeceras hacia la pared y un espacio estrecho entre cada una.

Una bombilla en el techo, apagada. La única luz venía de un pequeño aplique en la pared del fondo que alguien había dejado encendido en el nivel más bajo, una luz de color ámbar que no iluminaba tanto como señalaba, como el testigo de un aparato que dice sigo aquí, no te preocupes, sigo aquí.

Siete de las ocho camas estaban ocupadas.

Sor Remedios le señaló la única vacía, segunda de la fila izquierda, y le dejó en los pies de la cama una manta doblada y unas zapatillas de paño que eran dos tallas demasiado grandes.

Luego se fue sin hacer ruido, cerrando la puerta con el cuidado de quien sabe que el pomo cruje si no se gira del todo.

Marta se quedó quieta en la oscuridad casi completa.

No había ruido de coches desde aquí. El edificio era lo suficientemente grueso y lo suficientemente antiguo como para absorber el ruido de la ciudad y devolver a cambio su propio silencio, ese silencio de piedra y madera y años acumulados que tenía una densidad distinta al silencio normal.

Alguien respiraba con fuerza en una de las camas de la derecha.

Otra niña se había movido al oírla entrar, un crujido de colchón, y luego se había quedado inmóvil con esa quietud exagerada de quien finge que duerme.

Marta se desató los zapatos. Los dejó junto a la cama con cuidado.

Se quitó el anorak, lo dobló, lo puso debajo de la almohada con la foto dentro, en el bolsillo.

Se metió en la cama sin quitarse el jersey ni los pantalones porque hacía frío y porque no sabía qué normas había aquí sobre eso y prefería equivocarse de la manera menos visible.

La manta olía a detergente de lavandería. Era áspera. Marta la subió hasta la barbilla.

Estuvo mucho tiempo mirando el techo.

Contó los agujeros de la placa de escayola. Luego contó las grietas. Luego empezó a contar las veces que la chica de la cama de al lado respiraba por minuto, pero perdió la cuenta.

Justo antes de dormirse, la niña de la cama de enfrente abrió los ojos.

Era pequeña, más pequeña que Marta, con el pelo muy corto y una manera de mirar que parecía estar midiendo distancias. No dijo nada. Solo la miró durante unos segundos y luego volvió a cerrar los ojos.

Marta no supo hasta el día siguiente que esa niña se llamaba Tere y que hacía seis meses que no hablaba.

* * *

El primer mes en Santa Clara de Miraflores fue el mes del frío y de aprender las reglas.

Algunas reglas estaban escritas en un cartel plastificado que colgaba en el comedor junto a la ventana: los horarios de las comidas, los horarios de las duchas comunitarias los martes y los viernes, la hora de apagar las luces, la prohibición de salir al patio después de las cinco de la tarde en invierno.

Las reglas del cartel eran fáciles de aprender porque estaban escritas y porque Sor Remedios las repasaba con cada niño nuevo el primer día, con la paciencia mecánica de quien ha repetido lo mismo tantas veces que ya no le presta atención al contenido.

Las otras reglas no estaban escritas en ningún sitio.

Esas se aprendían mirando. Aprendiendo quién miraba a quién y con qué cara.

Aprendiendo a qué hora bajaba Sor Asunción al comedor, y cuánto más quieto se ponía todo el mundo cuando ella aparecía en la puerta, y cómo las monjas más jóvenes cambiaban ligeramente la postura cuando la directora del centro estaba en la habitación, como flores que se orientan hacia una luz que prefieren no encontrarse.

Sor Asunción era alta. Tenía los ojos de un gris muy claro, casi transparente, del tipo de ojos que parecen estar viendo algo que está detrás de ti.

No levantaba la voz. Marta no la oyó levantar la voz en todo el tiempo que estuvo en Santa Clara, y eso era lo más raro de ella, porque los adultos que nunca levantan la voz suelen estar esperando algo.

La regla más importante de todas se la explicó Nico.

* * *

Nicolás Ferreras tenía diez años, llevaba en Santa Clara desde los siete, y era el niño con el cuaderno verde.

No era un cuaderno de los de colegio, con las tapas de cartón y las hojas de rayas.

Era un cuaderno pequeño, de los que se venden en las papelerías para apuntar recados o números de teléfono, con las tapas de plástico verde oscuro que habían perdido el brillo por el uso.

Nico lo llevaba siempre metido en el bolsillo trasero del pantalón o en la manga del jersey, dependiendo de la ropa que llevara ese día, y lo sacaba en momentos que no parecían tener nada en especial: durante el recreo en el patio, en los ratos muertos después de comer, en la cama antes de que apagaran las luces.

Marta lo vio por primera vez en el patio, una mañana de la segunda semana, cuando todavía hacía tanto frío que el aliento salía como humo y los niños corrían para entrar en calor.

Nico no corría. Estaba sentado en el único banco del patio que todavía tenía las tablas enteras, con el cuaderno abierto sobre la rodilla, escribiendo algo con un bolígrafo que sujetaba con mucha presión, como si tuviera miedo de que se le escapara.

Marta se sentó a su lado sin pedir permiso.

Nico no levantó la vista del cuaderno.

—¿Qué escribes?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

Nico cerró el cuaderno y se lo metió en el bolsillo con el gesto rápido de quien guarda algo que no quiere que nadie más vea.

—Cosas que pasan.

Marta lo miró un momento.

—¿Para qué?

Nico la miró a ella por primera vez. Tenía los ojos muy oscuros y una manera de mirar que era tres o cuatro años más vieja que el resto de su cara.

—Para que alguien sepa que pasaron.

Marta no supo qué contestar a eso. Era una respuesta rara para un niño de diez años, o para cualquier persona, y ella no tenía todavía el vocabulario para decirle que lo entendía aunque no supiera exactamente qué era lo que entendía.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó en cambio.

—Tres años.

—¿Y cuándo sales?

Nico recogió las rodillas hacia el pecho y apoyó la barbilla en ellas, mirando el patio donde los demás niños corrían y se empujaban y gritaban con ese grito específico de los niños cuando corren solos al frío.