Capítulo 2
La lista
La Brigada de Homicidios de Madrid ocupaba la tercera planta de la Jefatura Superior de Policía de la calle Leganitos, a cuatro minutos a pie de donde Tomás Vidal había entrado la mañana anterior con su sobre de papel manila.
Sara pensó en eso mientras subía las escaleras: que el hombre había caminado hasta aquí, había dejado los cuarenta nombres en una bandeja de pendientes, y después había vuelto a casa a morir en el sofá con la televisión encuesta en un programa de cocina.
No había ira en ese pensamiento. Solo el registro frío de un hecho que había que sostener.
El despacho que compartía con Rubén tenía dos mesas enfrentadas, una ventana con vistas al patio interior y una pizarra blanca que Sara había llenado y borrado tantas veces que ya no quedaban ni los fantasmas de los casos anteriores, solo esa blancura ligeramente amarillenta que tienen las pizarras muy usadas.
En la pared del fondo había un corcho con un mapa de Madrid, cuatro chinchetas y un post-it escrito con la letra de Rubén que decía LLAMAR A PERITOS . Llevaba ahí seis semanas.
Sara se sentó, encendió el ordenador y puso la foto de la lista en la pantalla.
Cuarenta nombres.
Los miró durante un momento antes de empezar.
—¿Soler?
—No coge —dijo Rubén desde su mesa, sin levantar los ojos de la pantalla—. He llamado cuatro veces. Buzón de voz.
—¿Tienes una dirección?
—Dos. Una en Málaga, barrio de El Limonar, que es la del padrón.
Y una segunda en una urbanización de Marbella que aparece en el registro de la propiedad como segunda vivienda.
—Tecleó algo—. El teléfono es de una empresa de gestión inmobiliaria que tiene a su nombre.
He mandado un mensaje a la oficina de Málaga para que hagan una visita de comprobación.
—Bien.
Sara empezó por el primero que no era Vidal. El número dos: Rafael Soler Marchena . Luego fue bajando.
El número tres: Mónica Arenas Dávila . El DNI correspondía a una mujer de cincuenta y un años empadronada en Getafe. Sara marcó el número. Dos tonos. Una voz de mujer, cauta.
—¿Sí?
—Señora Arenas, soy la inspectora Montero, de Homicidios de Madrid. ¿Puede atenderme un momento?
Un silencio breve.
—¿Ha pasado algo?
—No directamente. Estamos investigando un asunto y su nombre ha aparecido en un documento. Solo quiero hacerle unas preguntas.
—Qué documento.
No era una pregunta. Era una afirmación sin inflexión, del tipo que hace quien ya sabe que la respuesta no le va a gustar.
—Una lista. Cuarenta nombres. ¿Le suena el nombre de Tomás Vidal Serrano?
La pausa fue más larga esta vez.
—No.
—¿Está segura?
—Completamente. No conozco a ningún Tomás Vidal.
—¿Y el Orfanato Santa Clara de Miraflores?
El silencio que siguió a esa pregunta fue de una textura diferente a los anteriores. No era el silencio de quien piensa. Era el silencio de quien reconoce algo y decide en tiempo real si va a reconocerlo en voz alta.
—No sé de qué me habla —dijo Mónica Arenas, y colgó.
Sara se quedó mirando el teléfono durante tres segundos.
—Rubén.
—¿Qué?
—El orfanato. Cuando le he preguntado por el orfanato ha cortado la llamada.
Rubén levantó la cabeza.
—¿Qué orfanato?
—Eso es lo que hay que averiguar.
* * *
Encontró la referencia en el parte que Fonseca había rellenado la mañana anterior en Leganitos.
En la casilla de Observaciones , el agente había anotado, con la letra comprimida de quien no tiene mucho espacio y tampoco demasiado interés en lo que está escribiendo: El declarante refiere que los individuos de la lista compartieron estancia en un centro de acogida de menores en Madrid. No especifica nombre ni fechas.
Centro de acogida de menores.
Sara buscó en el sistema de bienestar social.
Orfanatos y centros de acogida de Madrid entre 1975 y 1990.
Había cuarenta y dos registros. La mayoría seguían activos o habían cerrado dejando documentación transferida a la Comunidad de Madrid.
Algunos tenían expedientes incompletos. Tres aparecían con la nota Registros no localizados .
Uno de ellos se llamaba Santa Clara de Miraflores.
Dirección: Calle Vía Carpetana, 118. Carabanchel.
Gestión: Congregación de las Hermanas de la Misericordia Perpetua.
Fechas de actividad: 1971–1983.
Causa de cierre: Disolución voluntaria de la entidad gestora.
Registros: No transferidos. Paradero desconocido.
Sara lo leyó dos veces.
Paradero desconocido.
Los registros de un orfanato que había funcionado durante doce años habían desaparecido con él.
Buscó la Congregación de las Hermanas de la Misericordia Perpetua.
Obtuvo dos resultados: una referencia en un boletín diocesano de 1979 mencionándola en el contexto de una colecta benéfica, y una nota de disolución en el registro de entidades religiosas del Ministerio de Justicia, fechada en octubre de 1983.
Sin más información. Sin dirección posterior.
Sin ningún rastro de las personas que la habían integrado.
Una congregación religiosa que gestiona un orfanato durante doce años y que, al cerrarlo, desaparece como si nunca hubiera existido.
—Rubén —dijo Sara—, ven a ver esto.
* * *
Rubén se puso detrás de ella y leyó la pantalla.
No dijo nada durante un momento. Luego tiró de la silla de la mesa contigua, que estaba vacía desde que habían trasladado a Gómez a la brigada de robos el mes anterior, y se sentó.
—¿Cuántos de los cuarenta has buscado ya?
—Dieciséis. —Sara señaló la lista en la pantalla—. De los dieciséis, seis tienen DNI válido y datos coherentes. Los otros diez son identidades que no cuadran: el DNI existe pero pertenece a otra persona, o el número no está en el sistema, o el nombre no coincide con los datos del registro.
—¿Nombres falsos?
—Identidades robadas. O construidas. Hay una diferencia técnica: los nombres falsos no existen en ningún registro. Las identidades robadas sí existen, pero le pertenecen a otra persona, alguien que murió joven o que nunca llegó a usar su documentación.
Rubén procesó eso en silencio.
—Si alguien de ese orfanato salió con un nombre que no era el suyo…
—Lleva cuarenta años siendo otra persona. —Sara terminó la frase por él—. Y alguien acaba de decidir que es hora de que eso se sepa. O de que muera antes de que se sepa.
—Las dos cosas no son compatibles.
—Lo son si el que tomó la decisión lleva cuarenta años sin saber cuál es la correcta.
Rubén miró la pantalla un momento más.
—Tomás Vidal. ¿Su identidad es real?
Sara había comprobado eso lo primero, antes de ir al piso de Lavapiés.
—Sí. Tomás Vidal Serrano. Nacido en Madrid el 14 de febrero de 1971.
Hijo de José Vidal y Carmen Serrano, ambos fallecidos.
Sin cónyuge. Sin hijos. Sin empleo en los últimos nueve años.
La última actividad fiscal, 2015, como trabajador eventual en una empresa de logística de Alcorcón.
Desde entonces, nada. Vivía del subsidio mínimo y de lo que aparece en los registros como ayuda al alquiler de la Comunidad de Madrid.
—Un hombre que lleva nueve años desaparecido del sistema.
—Un hombre que lleva nueve años sobreviviendo en el margen del sistema. No es lo mismo. —Sara señaló el nombre en la lista—. Pero entró en esa comisaría con una lista de cuarenta nombres y un sobre de papel manila. Y sabía exactamente qué iba a pasar después.
Rubén se levantó. Fue hasta la pizarra y cogió un rotulador.
—Ponme los seis nombres verificados.
Sara los fue dictando mientras Rubén los escribía en la pizarra, con sus datos escuetos: nombre, edad aproximada, ciudad.
Cuando terminó, los dos los miraron.
Seis personas. Entre cuarenta y ocho y cincuenta y cuatro años. Distribuidas entre Madrid, Málaga, Bilbao, Valencia, Sevilla y Albacete. Sin aparente relación entre ellas salvo la edad y el hecho de estar en la misma lista.
—Si todos estuvieron en ese orfanato —dijo Rubén—, entraron siendo niños. En algún momento entre 1971 y 1983. Si el centro cerró en el 83 y el mayor de estos tiene cincuenta y cuatro años ahora…
—Nació en 1970. Tendría trece años cuando cerró el orfanato.
—¿Y el menor?
Sara buscó en la lista.
—El más joven de los que hemos podido verificar nació en 1976. Siete años en el 83. —Hizo una pausa—. Niños de entre siete y trece años cuando cerraron Santa Clara.
Rubén marcó un número en la pizarra: 1981 . Lo rodeó con un círculo.
—¿Por qué ese año?
—Porque cuarenta años atrás desde hoy es 1984.
Pero Vidal dijo cuarenta años muriéndose .
Si algo empezó antes de que cerrara el orfanato, el origen puede ser del 81, el 82.
—Miró la pizarra—. Algo ocurrió en ese centro.
Algo que afectó a estos cuarenta niños de una manera suficientemente grave como para que algunos de ellos salieran con nombres que no eran los suyos.
—Y para que alguien, cuarenta años después, esté matándolos uno a uno.
El teléfono de Sara sonó.
Era un número de Málaga.
—Inspectora Montero.
—Sí, soy el agente Prieto, de la comisaría de Málaga. Me han pedido que hiciera una visita de comprobación a un Rafael Soler Marchena, en la calle Compositor Lehmberg Ruiz.
—Exacto. ¿Ha podido contactar con él?
Una pausa breve.
—Señora, estoy en el edificio ahora mismo. La puerta del piso está abierta.
Sara sintió que algo se le enfriaba en el pecho.
—¿Ha entrado?
—Sí. El señor Soler está en el interior. —Otra pausa, más larga—. No está en condiciones de hablar con nadie.
* * *
Cuatro horas después, Sara tenía en la pantalla las primeras fotos de la escena de Málaga que le había mandado el agente Prieto por correo oficial.
Rafael Soler Marchena, cincuenta y dos años, empresario inmobiliario, estaba tumbado en la cama de su dormitorio con los ojos abiertos y las manos a los lados del cuerpo.
La habitación estaba en orden. No había señales de lucha.
No había desorden de ningún tipo, salvo una silla que estaba colocada junto a la cama en un ángulo ligeramente raro, como si alguien hubiera estado sentado allí y luego la hubiera empujado al levantarse sin colocarla del todo.
Y en el brazo derecho, la marca.
Pequeña. Rojiza. Del tamaño exacto de una moneda de cinco céntimos.
Sara amplió la foto hasta que la imagen se pixeló.
Idéntica a la de Tomás Vidal.
—El mismo método —dijo Rubén desde detrás.
—El mismo método. —Sara dejó las fotos y se recostó en la silla—. Pero diferente ciudad. Vidal murió en Madrid ayer por la noche. Soler en Málaga, según el forense provisional de allí, esta madrugada o esta mañana temprano. Si el mismo asesino hizo los dos, viajó de noche.
—O hay dos asesinos.
—O hay dos asesinos que trabajan coordinados y con el mismo material. —Hizo una pausa—. O hay uno que sabía que Vidal iba a ir a la comisaría y que ya tenía a Soler preparado para antes de que nosotros reaccionáramos.
Rubén se quedó en silencio.
—Es decir, que alguien sabía lo que iba a hacer Vidal antes de que Vidal lo hiciera.
—O que el plazo para actuar no dependía de lo que hiciera Vidal. Que la lista ya estaba en marcha independientemente.
Sara miró la pantalla. Los cuarenta nombres.
El número uno tachado mentalmente, el número dos tachado también ahora.
Treinta y ocho personas en distintas ciudades de España que probablemente no sabían que su nombre estaba en un papel mecanografiado que alguien había dejado en una bandeja de pendientes de la comisaría de Leganitos.
—Tenemos que localizarlos a todos —dijo.
—Son cuarenta.
—Lo sé.
—Con identidades falsas en la mitad de los casos.
—Lo sé.
—Y sin saber qué los conecta exactamente ni quién está detrás.
—Rubén. —Sara lo miró—. Lo sé. Empieza por los que podemos localizar y avisa a las brigadas provinciales de los que están fuera de Madrid. Mientras tanto, yo voy a averiguar qué pasó en ese orfanato.
Rubén asintió. Se levantó, fue a su mesa, cogió el teléfono.
Sara volvió a mirar la lista.
Treinta y ocho personas.
Al menos dos de ellas ya no podían salvarse. Las otras treinta y seis no sabían que alguien las estaba buscando. Y lo que era peor: no sabían que alguien también las estaba encontrando.
* * *
Antes de salir de la oficina esa noche, Sara hizo una última búsqueda.
Tecleó el nombre de la congregación religiosa en el buscador del archivo diocesano digitalizado, al que tenía acceso desde la brigada.
La Congregación de las Hermanas de la Misericordia Perpetua aparecía en tres documentos: el boletín del 79 que ya había encontrado antes, un inventario de entidades benéficas de 1980 que la mencionaba junto a otras dieciséis congregaciones activas en Madrid, y una carta interna de la Diócesis de Madrid-Alcalá fechada en enero de 1984, tres meses después del cierre oficial del orfanato.
La carta era breve. Cuatro párrafos. Estaba firmada por un vicario que Sara buscó en el sistema y que había fallecido en 2009.
El cuarto párrafo decía lo siguiente:
En cuanto al asunto de Santa Clara de Miraflores, y a la vista de las circunstancias en que se produjo el cierre del centro y la disolución de la congregación gestora, esta Diócesis ha decidido no abrir ningún proceso de investigación interna.
Las familias afectadas han sido informadas de manera individual.
Se ruega discreción absoluta en el tratamiento de este asunto, tanto en el ámbito eclesiástico como en el civil, a fin de preservar el bienestar de los menores implicados.
Sara leyó el párrafo tres veces.
Las familias afectadas han sido informadas de manera individual.
¿Qué familias? ¿Informadas de qué?
Se ruega discreción absoluta.
No era el lenguaje de una congregación que se disuelve voluntariamente y cierra un orfanato por falta de recursos. Era el lenguaje de alguien que está cerrando una herida con puntos rápidos y esperando que no se infecte.
Sara guardó el documento, cerró el ordenador y cogió el abrigo del respaldo de la silla.
En el pasillo, Rubén estaba al teléfono con la brigada de Bilbao. Levantó una mano para despedirse sin interrumpir la llamada.
Sara bajó las escaleras.
Fuera, en la calle Leganitos, la noche de marzo era fría y húmeda. Encendió el cigarrillo antes de llegar a la acera y caminó hacia el aparcamiento con las manos en los bolsillos y la carta del vicario dando vueltas en la cabeza.
A fin de preservar el bienestar de los menores implicados.
Cuarenta menores.
Cuarenta nombres en una lista mecanografiada con la e más alta que el resto de las letras.
Dos de ellos ya no estaban en condiciones de que nadie preservara nada de lo que les quedaba.