Los Cuarenta Capítulo 1
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Los Cuarenta

Los Cuarenta

Por Fernando A. Ramallo

© inepub.com

Capítulo 1

La marca en el brazo

Sara Montero tenía una regla que nunca había verbalizado con nadie: no entrar en las escenas del crimen hasta haber fumado.

No era superstición. Tampoco un tic de inspectora veterana que necesita un ritual para prepararse.

Era simplemente que el tabaco le daba dos o tres minutos para mirar desde fuera, desde la acera o desde el portal, antes de cruzar el umbral y convertirse en parte de la escena.

Una vez dentro, la cabeza cambiaba de registro.

Dejaba de ver el cuadro completo y empezaba a ver los detalles, y los detalles podían comerte vivo si no te habías preparado para recibirlos.

Era un edificio de ladrillo visto, de los años sesenta, con la fachada manchada por décadas de lluvia madrileña y algún graffiti en la planta baja que alguien había intentado borrar sin demasiada convicción.

La puerta del portal estaba abierta de par en par, sujeta con una cuña de madera, y desde la acera se veía el tablero de buzones y la escalera que arrancaba hacia arriba con esa penumbra amarilla y permanente de los edificios que nunca han tenido buena iluminación.

Un coche patrulla bloqueaba el carril derecho de la calle.

El agente que hacía guardia en la puerta había apoyado la espalda contra el marco y miraba el móvil con la indiferencia de quien espera que lleguen los que saben lo que hay que hacer.

Lavapiés a las once y cuarto de la mañana de un martes de marzo era Lavapiés en cualquier otro momento: el olor a aceite caliente del bar de la esquina, dos mujeres con bolsas de la compra que habían ralentizado el paso para mirar el coche de policía sin disimulo, un hombre mayor que sacaba a un perro salchicha que olfateaba la base del portal con interés científico.

La lluvia de la noche anterior había dejado las aceras mojadas y el cielo tenía ese color de zinc que en Madrid dura a veces toda la semana.

Sara dio la última calada y aplastó el cigarrillo contra la pared.

Cruzó la puerta.

* * *

El agente de guardia en el cuarto B se llamaba Herrera y tenía cara de no haber dormido bien.

Le entregó el parte de intervención sin decir mucho: llamada al 091 a las diez cuarenta y dos, vecina del tercero que había oído la televisión toda la noche a volumen alto y que por la mañana había llamado al timbre sin que nadie abriera.

La patrulla había subido, había encontrado la puerta sin echar el pestillo, habían entrado, habían encontrado al hombre.

Sara se puso los guantes de nitrilo antes de entrar.

El piso era pequeño. Cuarenta metros cuadrados, tal vez cuarenta y cinco, con ese tipo de distribución que en los años setenta alguien consideró razonable y que ahora resulta difícil de justificar: un salón-comedor que hacía también de pasillo, una cocina estrecha al fondo, dos puertas cerradas que debían de ser el dormitorio y el baño.

El suelo era de terrazo, del tipo de terrazo con virutas de colores que ya nadie pone y que ningún propietario de edificio antiguo se molesta en cambiar.

La televisión seguía encendida.

Emitía un programa de cocina. Un hombre con delantal explicaba con entusiasmo cómo preparar una salsa de tomate. La voz llenaba el piso con una normalidad brutal, incongruente con el silencio que había alrededor de ella.

Tomás Vidal Serrano estaba en el sofá.

Tenía los ojos abiertos. La cabeza inclinada levemente hacia la izquierda, como si se hubiera quedado dormido mirando algo que estaba justo fuera de su campo de visión.

Las manos en el regazo, cruzadas, con esa postura que tiene algo de litúrgico, de cuerpo preparado para una ceremonia que él no había organizado.

Llevaba una camisa de franela de cuadros, azul y gris, y unos pantalones de pana marrón.

Calcetines de lana. El tipo de ropa de un hombre que vive solo y que se viste para estar en casa, no para que nadie le vea.

Sara se acercó despacio.

La marca estaba en el brazo izquierdo. Pequeña.

Rojiza. En la cara interior del antebrazo, justo encima de la muñeca, del tamaño de una moneda de cinco céntimos.

Un punto de punción, limpio, sin hematoma alrededor.

Sin los regueros de pequeñas marcas en paralelo que dejan los años de aguja.

Sin las venas colapsadas, sin la piel maltratada.

Solo esa marca, única y precisa, como la que hace alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

En la mesita, junto al mando a distancia, un vaso de agua vacío.

Sara miró el vaso. Miró la marca. Volvió a mirar el vaso.

—¿Dónde está el forense?

—De camino —dijo Herrera desde la puerta.

—¿Han tocado algo?

—Solo la puerta al entrar. Y la ventana, la abrimos un momento porque olía…

—¿Olía a qué?

—A cerrado. A piso sin ventilar.

Sara asintió sin apartar los ojos del brazo de Tomás Vidal.

En veinte años de homicidios había aprendido que los pisos donde alguien muere de sobredosis huelen de una manera específica, una mezcla de sudor y algo más dulzón y químico que se pega a las paredes.

Este piso no olía así. Olía a cerrado, como había dicho Herrera.

A comida de hace dos días. A ese polvo concreto que se acumula en los pisos donde vive gente que no tiene mucho y que no presta mucha atención a las superficies horizontales.

Fue hacia la cocina.

En el fregadero, un plato, un vaso y un cubierto escurriendo.

La persona que los había lavado los había puesto con cuidado, el plato apoyado en el escurridor de plástico con la misma precisión que se pone cuando uno no tiene prisa y está haciendo las cosas por última vez.

En la encimera, una caja de ibuprofeno abierta, con tres pastillas dentro.

Nada más. Sin medicamentos. Sin jeringuillas.

Sin bolsitas ni papelinas ni ninguno de los signos que acompañan a la muerte por sobredosis cuando esta forma parte de una historia más larga.

Sara abrió el cajón que había junto al fregadero. Cubiertos mezclados sin orden, un sacacorchos, un rollo de cuerda de cocina, una linterna pequeña, pilas sueltas. El cajón de alguien que mete las cosas donde puede.

Volvió al salón.

Se arrodilló frente al sofá, a la altura del brazo de Tomás Vidal, y miró la marca de cerca sin tocarla.

La piel alrededor estaba limpia. Sin rojeces.

Sin inflamación. El pinchazo era reciente, las últimas horas, pero no había reacción cutánea de ningún tipo.

Quien lo había hecho sabía exactamente qué estaba inyectando y en qué cantidad.

Se puso en pie.

Miró la habitación desde el centro, girando despacio.

El sofá. La televisión. La mesita. Una estantería con libros ordenados por tamaño, no por título ni por autor.

Una fotografía enmarcada sobre la estantería: un hombre más joven, quizá treinta y tantos años, de pie junto a un coche en lo que parecía una carretera de montaña.

Solo. Sonriendo a la cámara con la sonrisa de alguien a quien alguien le ha dicho sonríe y ha obedecido sin demasiado convencimiento.

El mismo hombre que ahora estaba en el sofá.

Sara sacó el móvil y llamó a Rubén.

—¿Dónde estás?

—Aparcando. ¿Qué tenemos?

—Varón, cincuenta y tres años. Causa aparente, sobredosis. —Hizo una pausa—. No hay marcas en los brazos. Solo una, limpia, reciente. Y no hay ningún material en el piso.

—¿Ninguno?

—Nada. Ni aguja, ni recipiente, ni restos de nada. Si te chutaste tú mismo, la aguja está en algún lado. Si alguien te chutó a ti, la aguja se la llevó.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—¿Y hay algo más?

Sara miró el vaso vacío en la mesita.

—Este hombre vino ayer a la comisaría de Leganitos y dejó un sobre. Dentro había una lista con cuarenta nombres. Dijo que iban a morir todos. Dijo que él sería el primero.

Otro silencio, más largo esta vez.

—¿Y nadie fue a hablar con él?

—El agente de guardia lo metió en una bandeja de pendientes. —Sara no dijo nada más. No hacía falta.

Oyó cómo Rubén cerraba la puerta del coche.

—Subo.

* * *

Rubén Alcázar entró en el piso ocho minutos después con una bolsa de plástico de la panadería de abajo y dos cafés en vasos de cartón.

Era su manera de aparecer en las escenas: con algo en la mano, como si estuviera de paso, como si hubiera llegado por casualidad.

Sara llevaba doce años trabajando con él y todavía no había conseguido descifrar si lo hacía para parecer menos intimidante o simplemente porque siempre tenía hambre.

Dejó los cafés en la encimera de la cocina sin tocar nada más y se asomó al salón.

Miró a Tomás Vidal. Miró el brazo. Miró el vaso.

—El forense llega en diez minutos —dijo Sara.

—¿Tienes la lista?

—Me la mandan desde Leganitos. —Miró el móvil—. Ya la tengo.

La abrió. Era una foto del documento, tomada con el móvil del agente Fonseca, ligeramente torcida y con el brillo de la pantalla del ordenador reflejado en una esquina.

La letra mecanografiada era nítida a pesar de eso.

Cuarenta nombres en dos columnas. Nombres y apellidos, sin fechas, sin direcciones, sin ningún otro dato.

Rubén se puso a su lado y leyó por encima del hombro.

—¿Los has buscado?

—Empecé en el coche. De los primeros diez, cuatro no aparecen en ningún registro. Los DNIs que corresponden a esos nombres están asignados a personas distintas o directamente no existen.

—¿Nombres falsos?

—O identidades falsas. Que no es lo mismo.

Rubén cogió uno de los cafés y se apoyó en el marco de la puerta del salón, sin entrar, mirando el cuerpo de Tomás Vidal con esa atención lateral que tenía cuando estaba pensando.

—¿El primero de la lista es él?

—Sí. Tomás Vidal Serrano . Arriba del todo, columna izquierda.

—¿Y el segundo?

Sara buscó en la lista.

— Rafael Soler Marchena . Nació en 1972. El DNI existe, está a nombre de un hombre de cincuenta y dos años que figura como autónomo en Málaga. Sector inmobiliario.

—¿Lo has llamado?

—Está en la lista de pendientes. —Señaló con la cabeza el cuerpo de Vidal—. Primero quería ver esto.

Rubén asintió. Bebió el café. Miró a Tomás Vidal durante un momento más, con esa expresión que Sara había aprendido a leer a lo largo de los años: no era perplejidad, no era emoción, era la cara de alguien que está construyendo una hipótesis y todavía no tiene suficientes piezas para saber si aguanta.

—¿Tú qué crees? —preguntó él.

Sara tardó en contestar.

—Creo que este hombre sabía que iba a morir. Y creo que no se lo hizo él mismo. —Hizo una pausa—. Y creo que llegó a esa comisaría ayer por la mañana con la convicción de que nadie iba a hacer nada con ese sobre.

—¿Por qué iba a pensar eso?

—Porque lleva cuarenta años pensando que nadie va a hacer nada.

Rubén la miró.

—¿Cuarenta años?

—Eso dijo. —Sara repitió las palabras que Fonseca había anotado en el parte—. Llevan cuarenta años muriéndose y todavía no lo saben.

Rubén dejó el vaso de café en la encimera de la cocina. Se limpió las manos en los pantalones, un gesto que hacía cuando algo empezaba a pesarle.

—¿De qué año estamos hablando?

—De 1984. Cuarenta años atrás, 1984. —Hizo la cuenta sin necesidad de pensarlo—. Aunque si es cuarenta años de lo que sea que está detrás de esta lista, puede que el origen sea anterior. Ochenta y dos, ochenta y uno.

En el salón, el hombre del delantal seguía explicando la salsa de tomate.

Sara fue hasta la televisión y la apagó.

El silencio que quedó tenía una densidad distinta. El tipo de silencio que llenan cuarenta años de algo que nadie ha contado todavía.

* * *

El forense se llamaba Castellano y tenía la costumbre de hablar mientras trabajaba, no para los demás sino para sí mismo, un monólogo técnico y continuo que solo interrumpía cuando alguien le hacía una pregunta directa.

Sara lo había pedido en otras ocasiones porque era meticuloso y porque, al contrario que otros forenses que ella había conocido, Castellano no se dejaba llevar por la causa de muerte más obvia.

Era de los que buscaban la segunda lectura.

Examinó el cuerpo durante veinte minutos mientras Sara y Rubén esperaban apoyados en la pared del fondo, sin estorbar.

Cuando se incorporó, se quitó los guantes con ese chasquido seco que tienen los guantes de nitrilo.

—La marca es reciente. Menos de doce horas. —Hizo una pausa—. El calibre de la aguja es fino. Muy fino. No es el tipo de aguja que usa habitualmente un consumidor de heroína. Es más parecido al calibre que se usa en inyecciones subcutáneas o intramusculares. Médico o paramédico.

—¿O alguien que sabe lo que hace?

—O alguien que sabe lo que hace. Sí.

Sara señaló el vaso vacío.

—¿Podemos saber qué había en el vaso?

—Habrá que analizarlo. A simple vista, agua. Pero si estamos pensando en un hipnótico o un sedante previo a la inyección, el vaso es el sitio más probable.

—¿Cuánto tardaréis?

—Los preliminares, cuarenta y ocho horas. El análisis completo, una semana.

—Necesito los preliminares en veinticuatro.

Castellano la miró con la expresión de quien ya sabe que va a decir que sí porque ya sabe que Sara Montero no pregunta si no tiene una razón concreta.

—Dame veinticuatro horas.

Cuando el forense se fue, Rubén sacó el teléfono.

—Llamo a Soler.

Sara asintió. Fue hasta la estantería y miró los libros.

Novelas, en su mayoría. Algún ensayo. Una guía de carreteras de España de 1998.

Los libros no estaban desgastados, las lomos no tenían el curvado de los libros muy leídos.

Los de las esquinas tenían una capa finísima de polvo.

Eran los libros de alguien que en algún momento tuvo intención de leer mucho y que con los años fue leyendo menos.

Cogió la fotografía de la estantería. Tomás Vidal, joven, junto al coche, en una carretera de montaña. La vuelta de la fotografía no tenía ninguna inscripción. Ninguna fecha. Ningún nombre del lugar.

Lo miró un momento.

Llevan cuarenta años muriéndose y todavía no lo saben.

¿Quiénes eran? ¿Qué les había pasado hace cuarenta años que este hombre había considerado necesario llevar hasta una comisaría una lista mecanografiada con sus nombres y esperar a que alguien hiciera algo con ella?

¿Y por qué ahora?

Detrás de ella, la voz de Rubén cambió de tono.

—Señor Soler, buenos días. Soy el subinspector Alcázar, de la Brigada de Homicidios de Madrid. No se alarme, solo quiero hacerle unas preguntas…

Sara volvió a dejar la fotografía en su sitio.

Miró a Tomás Vidal una última vez antes de salir. Los ojos abiertos. Las manos cruzadas. La marca en el brazo del tamaño de una moneda de cinco céntimos.

El primero de la lista había cumplido su pronóstico.

Ahora le tocaba a ella decidir si el segundo iba a hacer lo mismo.