CAPÍTULO 91
―¿Qué hacés? ―gritó Laura mientras Roveda masticaba―. Escupí eso ya.
Amalia Roveda sonrió y tragó.
―No hay nada que escupir.
―¡Vomitalo, entonces!
La violinista negó lentamente con la cabeza.
―No. Y no pierdas más tiempo intentando salvarme, porque no podés. El cianuro actúa muy rápido. Dentro de cinco o diez minutos todas mis células se quedarán sin oxígeno.
Laura bajó el arma. Roveda tenía razón: nunca llegaría a un hospital. De todos modos, con la mano que no sostenía la pistola usó el teléfono para volver a llamar al número de emergencias y pedir que mandaran también una ambulancia.
En la cara de Amalia Roveda se había instalado una sonrisa dulce. Por su mejilla rodaba una única lágrima. Se descolgó la cadena y estiró el brazo hacia Laura para acercarle el camafeo abierto. Era la foto de un niño de cachetes grandes y rosados.
―Era precioso. Te juro por Dios que era precioso.
Tendrías que haberlo visto. Tenía los ojos de color miel y una piel suave y perfecta.
En aquella época no había teléfonos celulares y se sacaban muy pocas fotos.
Fue después de que Pablo muriera que me di cuenta de que solo le habíamos tomado fotos dos veces: a los dos días de nacer y esta, cuando cumplió un año.
No sabés lo que me arrepiento de no haber rascado dinero de donde no tenía para sacarle más fotos.
Incluso un video. En esa época era impensable, pero, si hubiera sabido lo que iba a pasar, seguro que encontraba la manera de que alguien lo filmara. Era lo más bonito que vi en mi vida.
Laura no supo qué decir.
―Pasaron treinta y un años. Y cada vez que cierro los ojos y me concentro, ahí lo veo. Es una imagen nítida, pero idéntica a una de las fotos. No sé si recuerdo a mi hijo o a unos pedazos de papel.
La mujer levantó la vista, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y le ofreció a Laura una sonrisa amplia.
―Gracias.
―¿Gracias por qué?
―Por encontrarme. Llevo casi dos años esperando un momento como este. Estuve a punto de tomarme la cápsula muchas veces, pero nunca tuve el valor. Vos me diste el empujón que necesitaba. Y no te puedo explicar lo feliz que estoy de ir de una vez por todas a reencontrarme con él. Ya no podía más.
Laura intentó una vez más convencer a la mujer de que se provocara el vómito, pero ella se negó con serenidad.
―Me gustaría pedirte una cosa, Laura.
―¿Qué?
Amalia Roveda se acostó en la mesa cubierta de musgo. Después le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Laura dudó. Finalmente dio unos pasos hacia ella, aferrando con firmeza la pistola.
Lentamente, Roveda estiró la mano abierta hacia el vientre de Laura. Los dedos de la violinista estaban a un palmo de su barriga.
―Por favor.
Laura respiró hondo y dio un paso más. La mano de Amalia Roveda se apoyó con delicadeza en su vientre.
―Quiero irme así.
Laura asintió y las lágrimas le nublaron la vista.
No hubo convulsiones ni espasmos. Solo silencio. Laura se quedó observando la mano inmóvil durante quién sabe cuánto tiempo. Reaccionó cuando su hijita dio una patada.
Entonces miró a Amalia Roveda. Sonreía con una expresión de paz. Y estaba muerta.