EPÍLOGO
Por más que Laura y Julián lleven semanas intentándolo, no han sido capaces de que Malena sople la velita. Ninguna de las madres y padres a los que han consultado lo ha conseguido en el primer año, pero ellos no querían dejar de intentarlo.
Por eso, cuando a Malena, que hace trescientos sesenta y cinco días dejó de llamarse Pichona, la sientan frente a esa llamita, no tiene idea de lo que debe hacer. Laura sopla por ella y todos aplauden.
La pequeña ríe y se une también al aplauso. Tiene una sonrisa preciosa que deja ver cuatro dientes minúsculos y separados. Y cuando aplaude, las manos regordetas no siempre atinan a chocar entre sí. Está, como dicen los padres de Julián, para comérsela.
Malena va de brazos en brazos durante un buen rato: de los de Julián a los de sus padres, que han venido de Barcelona para la ocasión.
De los de la tía Susana, que vino desde Puerto Deseado, a los de un vecino del Hotel Montgrí.
Incluso a los de algunos padres de otros niños que Malena ha conocido en la guardería de El Chaltén.
Inevitablemente, después de un rato, pide por ella. En cuanto están juntas, Malena rebusca con las manos en el pecho de su madre.
Laura sonríe y se sienta en una silla frente a la gran mesa que han dispuesto en el comedor del Hotel Montgrí. La chimenea está encendida, aunque hace una hora Julián abrió un poco una ventana porque, con tanta gente, el aire estaba algo cargado.
Mientras la bebé succiona, Laura oye el ding de su teléfono. Hace un año que el aparato ya no emite un disparo cada vez que recibe un mensaje.
El número tiene el prefijo de un país extranjero que Laura no reconoce.
Feliz cumpleaños para tu niña. Gracias por todo. Noelia.
Es el primer contacto con Noelia Viader desde la noche que la llevó hasta Roveda en el bosque de Bariloche. Pensaba que ya nunca volvería a saber de ella. Una despedida sin palabras le pegaba a la relación que habían tenido. ¿Qué iban a decirse una policía y una ladrona? ¿Adiós? ¿Darse un abrazo?
No la sorprende que Noelia sepa la fecha de cumpleaños de Malena. Hace un año Julián publicó en las redes del hotel la foto de una mano diminuta aferrando su pulgar.
«Muchas gracias a vos» , responde. Está a punto de buscar en internet a qué país pertenece el número, pero se detiene en seco y borra el chat.
Está de baja por maternidad. De baja de verdad.
Se lo prometió a Julián y a Malena. No va a dedicar un solo segundo del cumpleaños de su hija a buscar a una prófuga de un caso al que ella no está ni estuvo nunca asignada.
Su contacto con Viader terminó aquel día.
Ahora Augusto Ferrari está absuelto y a Asuntos Internos le costó muy poco concluir que Laura era la responsable.
No es la primera vez que la apartan del cargo. No es la primera vez que no sabe si la volverán a admitir en la fuerza policial. Sin embargo, esta vez es diferente. Laura quiere quedarse en casa. Cuanto más tiempo, mejor. Por suerte, el Hotel Montgrí trabaja a toda máquina y pueden permitírselo.
Laura se sacude todos estos pensamientos y baja la vista hacia Malena. Le acaricia el pelo finísimo que después de un año todavía no logra ocultar del todo el cuero cabelludo. La niña cierra los ojos, como diciéndole que continúe, que está disfrutando del mimo.
Su cuerpo desprende el mismo calor agradable que el del padre. Laura le recorre con la punta del dedo el vello minúsculo, al que Julián llama borrissol , que le tapiza el contorno de la oreja. Malena, sin quitarse el pezón de la boca, sonríe. Y esa sonrisa le llena el corazón.
Laura cierra los ojos. En ese momento irrumpe en el comedor del Hotel Montgrí un hombre cejijunto y con barba en punta. En la mano empuña un revólver.
Abre los ojos. No quiere seguir imaginando ese escenario. Hoy no. Lo ha hecho tres o cuatro veces desde que nació Malena. Es un pensamiento involuntario, pero de alguna manera útil. Una lección de Amalia Roveda que le ayuda a valorar lo que tiene. Y lo que tiene es precioso.
Laura conserva las palabras de la violinista grabadas a fuego:
Lo que sentís por él ahora no es nada comparado con lo que vas a quererlo dentro de un año.
Hoy no lo podés entender, por muy embarazada que estés.
Pero dentro de un tiempo vas a cerrar los ojos y te vas a acordar de mí.
Entonces yo te pido que te imagines que en ese momento, el mejor de tu vida, viene un hijo de puta y te lo destroza para siempre.
Malena se ha soltado de la teta. La madre de Julián le da a Laura un platito con un trozo de torta de cumpleaños. Malena estira un brazo, mete la mano entera en la cobertura de chocolate y se la lleva más o menos a la boca.
Mientras mastica, sonríe con una sonrisa bicolor: marrón por el chocolate y violeta por los corintos que su tía Susana cosechó el verano pasado en Puerto Deseado y guardó celosamente en el congelador para esta ocasión.
Todos festejan esa risa pintada. No hay maleante. No hay disparos. No hay oscuridad que rompa la celebración.
Una mano tibia se posa sobre el hombro de Laura. Es Julián. Le da un beso en la mejilla que ella recibe con una sonrisa.
―Feliz cumpleaños para ti también. Hoy cumples un año de mamá.
―Feliz cumpleaños ―responde ella.
Laura mira a Julián a los ojos. Siente la misma conexión especial que sintió el día que se dieron el primer beso.
Hace mucho que no se detienen a mirarse como lo están haciendo ahora.
Los pañales, los llantos, las fiebres y las noches durmiendo mal no lo ponen fácil.
Pero el amor entre ellos está intacto. Laura lo sabe cuando él se levanta a las cinco de la mañana y se lleva a una Malena con los ojos como platos al comedor para que ella pueda dormir un rato más.
O cuando se va con la bebé a dar una vuelta en coche para que se eche una siesta sin la teta.
Ya habrá tiempo para retomar la conexión de la pareja, los objetivos personales, el trabajo en la policía. Ahora es el momento de dedicarle todo a este retoño frágil e indefenso. De intentar, por todos los medios, que se convierta en un roble fuerte y longevo.
Intentar. Es lo máximo que Laura y Julián pueden hacer. Porque hay tantas cosas que no dependen de ellos que querer controlarlas volvería loco a cualquiera. Una enfermedad. Un accidente. Malas decisiones de Malena durante la adolescencia. Un tipo cejijunto con la barba en punta.
Con una mano, Laura acaricia la cabeza de su hija, que a pesar del ruido ahora parece querer dormirse en su regazo.
Con la otra, aprieta el antebrazo musculoso de Julián.
Y agradece, una vez más, la suerte que está teniendo en esta etapa de la vida.
No sabe qué les espera a Malena, a ella ni a Julián.
Nadie puede saberlo. La única certeza es que, dentro de muchos años, cuando Laura recuerde los mejores momentos de su vida, su memoria volverá, indefectiblemente, a días como este.
FIN