Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 90
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CAPÍTULO 90

Amalia Roveda llevaba casi un minuto en silencio, acunando a ese niño imaginario. Laura tenía la sensación de que esa aparente calma podía romperse en cualquier momento. Debía seguir dándole charla.

―¿La burundanga de dónde la sacabas? ―le preguntó.

La violinista sonrió con sorna.

―Si te estoy diciendo que resulta fácil encontrar a pederastas y proxenetas, ¿te pensás que es difícil comprar unos gramos de una de las drogas más usadas para abusos sexuales? El colmo fue en Comodoro: el mismo que me consiguió la chica me vendió la burundanga.

―¿Y te arriesgaste a llevarla a Europa?

―Por supuesto que no.

―¿La comprabas en cada nueva ciudad?

―No. Entre buscar la víctima y fabricar el arma tenía bastante para una semana. Para la burundanga contaba con ayuda.

―¿Quién?

―El padrino de Pablo. Vive en Ámsterdam. No creo que le importe que te cuente esto. Tiene una enfermedad terminal muy avanzada.

―¿Qué enfermedad?

―Cáncer de pulmón. Duró bastante, considerando todo lo que probó durante su vida.

Laura recordó el testimonio de la pareja de jóvenes en Ámsterdam. La chica había descrito a un hombre que se había llevado el brazo a la boca para toser mientras corría hasta desaparecer entre los arbustos del bosque.

―Se fue a vivir a Holanda al poco tiempo de la muerte de Pablo. Unos años atrás retomé el contacto con él durante una de mis giras por Europa. Hace unos meses, cuando planeaba lo de Ámsterdam, no pude más y le conté todo.

Una mueca retorcida parecida a una sonrisa se dibujó en la cara de la mujer.

―No me juzgó ni me miró como a un bicho raro. Me abrazó y me dijo que, si para seguir viviendo yo necesitaba limpiar un poco el mundo de escoria, él lo entendía.

―¿Estás hablando de Armando Soriano? ¿El hombre casado con el que dijiste haber salido la noche en Ámsterdam? ―preguntó Laura.

Cuando la policía de los Países Bajos lo había interrogado tras la detención de Alma de Arrabal en la frontera de Andorra, Soriano había corroborado la coartada de Amalia. Había dicho que la noche del asesinato en Ámsterdam, él y Roveda habían estado juntos en un hotel.

―Sí. Pero de amantes no tenemos nada. Es como un hermano para mí.

―La madrugada del asesinato de Ámsterdam, una pareja de jóvenes vio a un hombre cerca de donde se oyó el disparo.

Roveda movió la cabeza de arriba abajo lentamente.

―Armando me siguió sin que yo lo supiera. Quería ver lo que hacía.

Otra vez el silencio y otra vez la sensación de que Roveda estaba a punto de hacer algo.

―¿Sufriste alguna vez un abuso sexual mientras eras menor?

Por la rapidez con la que respondió, Amalia Roveda esperaba la pregunta.

―Nunca. Yo era la luz de los ojos de mi padre. El pobre murió cuando yo tenía veinte años. De él me viene el amor por el violín y por el tango. Y mi madre estuvo siempre a mi lado. Fue la roca que me sostuvo después de que pasó lo de Pablo. Ambos eran hijos únicos, así que no tengo más familia.

―Entonces, ¿por qué pederastas?

―Un tipo que entrega a una nena de doce años a la que han convertido en prostituta no tiene justificación posible.

En mi escala de valores, nadie merece morir más que ellos.

Además, no son difíciles de encontrar. Basta con ir preguntando por los puticlubs.

No siempre funciona. Me han echado, me han amenazado, hasta he tenido que usar gas pimienta para escapar. Pero siempre aparece uno.

―¿Y Stefan Wachter? El hombre que mataste en Andorra. No era proxeneta.

―Era cliente, que es peor. En un prostíbulo de Andorra me pusieron en contacto con un tal Carlos, que me prometió una nena de catorce años. Me hizo subir a una de las habitaciones para mostrarme una chica rubia a la que llamaban Nikita que hablaba con un fuerte acento de Europa del Este.

Laura tragó saliva. Oír todo eso le ponía los pelos de punta.

―Este Carlos me dijo que Nikita no se podía quedar conmigo mucho tiempo porque tenía un cliente en breve.

Me dio la opción de una sesión rápida de veinte minutos o de esperar una hora hasta después del cliente.

Elegí esperar tomando una cerveza abajo, en el local.

Al rato entró un hombre gordo y rubio que apestaba a perfume caro.

Carlos intercambió con él unas frases en inglés y le pidió que lo acompañara escaleras arriba.

Un siseo en la hojarasca, apenas audible, interrumpió la conversación. Laura miró hacia el límite del claro en el bosque, pero solo había oscuridad.

―Llamé a una de las prostitutas y le pagué para que fuéramos a una habitación en ese mismo momento. Subí la escalera justo a tiempo para ver a Carlos abriéndole al gordo rubio la puerta de la habitación donde estaba la chica.

Amalia Roveda se encogió de hombros, como si todo fuera de lo más sencillo.

―Lo esperé fuera del prostíbulo durante más de una hora.

Cuando salió, lo seguí por las calles de Andorra la Vella hasta que se metió por un callejón oscuro, donde la mayoría de los terrenos a ambos lados eran obras en construcción.

Me acerqué con la excusa de pedirle fuego y le soplé la burundanga en la cara.

Amalia Roveda levantó la mirada, dando por concluido el relato. Laura, con la pistola apuntando al suelo, no supo qué decir. La violinista señaló el vientre de Laura.

―Ahora sentís una conexión con él. Se mueve cuando comés algo dulce, te da alguna patada. Sabés dónde tiene la cabeza y los pies. Pero cuando tenga un año, como tenía Pablo...

Inspiró hondo. Los ojos dejaron de mirar a Laura para perderse en la negrura del bosque.

―Te ven y sonríen. Te dan la mano. Empiezan a decirte «mamá».

Gatean hacia un objeto y, cuando lo alcanzan, te miran como diciendo «mirá lo que logré», y a vos te llena de orgullo, como si hubiesen ganado una medalla de oro.

Y cada uno de esos gestos te dibuja una sonrisa en la cara. Y los querés cada vez más.

Roveda cruzó los brazos, como si apretara algo contra el pecho.

―Lo que sentís por él ahora no es nada comparado con lo que vas a quererlo dentro de un año.

Hoy no lo podés entender, por muy embarazada que estés.

Pero dentro de un tiempo vas a cerrar los ojos y te vas a acordar de mí.

Entonces yo te pido que te imagines que, en ese momento, el mejor de tu vida, viene un hijo de puta y te lo destroza para siempre.

Los ojos de la mujer volvieron a clavarse en Laura. Los labios le temblaban como si estuviera muerta de frío.

―Pasás del cielo al infierno en un segundo. Nadie soporta semejante caída sin romperse.

La violinista tiró suavemente de una cadena de oro.

―¿Te puedo mostrar una foto de Pablo?

Laura asintió.

Del cuello de la ropa asomó un camafeo. Roveda lo abrió y, antes de que Laura pudiera reaccionar, sacó de dentro una píldora, se la metió en la boca y la masticó con fuerza.