CAPÍTULO 89
Ayudo a Leandro a bajar del coche en un claro del bosque cerca de Bariloche, junto a una cabaña abandonada que encontré hace unos días. Me pareció el lugar perfecto.
Él se queda parado frente a mí con la mirada embobada. Apoyo la mochila en el suelo esponjoso y saco el pequeño altavoz. Lo apoyo sobre la mesa cubierta de musgo que nadie ha usado en años y aprieto el botón para que comience a sonar la única canción que tiene cargada.
En mi cabeza aíslo el exquisito violín de Cayetano Puglisi e imagino el tacto de mis propios dedos moviéndose por las cuerdas para reproducir esas notas mágicas que llevan ochenta años dando la vuelta al mundo y que para mí acarrean tanta tristeza.
Saco de la mochila las dos partes del arma que fabriqué hace dos días. Meto en el caño interior un cartucho de escopeta. La mirada de él, debajo de esa desagradable ceja única, está perdida en algún punto del bosque.
―Leandro ―le digo.
Medio segundo después de que me mira, tiene un agujero en el pecho con trescientos perdigones dentro. Cae boca abajo soltando un gruñido. Me quedo mirando cómo se sacude con estertores arrítmicos que se van espaciando. Ojalá esté sufriendo mucho.
Cierro los ojos con fuerza y me centro en los acordes de la orquesta. Solo vuelvo a abrirlos cuando el clásico doble golpe de bandoneón anuncia el final.
Un instante después, el tango vuelve a empezar. Estoy llorando. Y sonriendo.
Ahora en el bosque solo se oyen mis gruñidos mientras tiro con todas mis fuerzas del brazo de Leandro para ponerlo boca arriba. No me resulta fácil, pero no es mi primera vez.
Saco de la mochila una de las balas 9 milímetros que disparé contra un bloque de pino hace ya varios días, muy lejos de donde estoy ahora.
―Esto es por disparar ―le digo.
Meto la bala en la herida. El agujero es tan grande que el proyectil se hunde sin que yo tenga que empujarlo con el dedo.
Después le levanto el párpado y le clavo un triángulo de vinilo con un fragmento de la versión de La Cumparsita que sigue sonando en modo repetición.
―Y esto es por haberlo asustado.
Cierro los ojos. La presión sigue bajando. Aprovecho para respirar.