CAPÍTULO 88
Laura bajó el arma. Era una manera de invitarla a seguir hablando. Los cinco metros que las separaban eran distancia suficiente para que pudiera volver a subirla si la violinista intentaba cualquier movimiento.
―Comencé a investigar en internet sobre asesinos de niños.
La mayoría de los que encontré ya habían muerto o estaban entre rejas.
Finalmente ubiqué a un tipo en Mendoza que había matado a sus dos hijas para vengarse de su exmujer.
Encontré la dirección gracias a una vieja guía telefónica.
Al día siguiente, le compré una pistola a un narco de Buenos Aires.
El tono de Roveda se había vuelto más frío. No tenía ni la furia ni la tristeza entre las que había oscilado en todo su relato. Ahora su voz era determinación pura. Hablaba con una calma que a Laura le pareció más peligrosa que cualquier ira.
―Viajé a Mendoza y comencé a seguirlo. Tuve suerte, porque todos los días iba con su coche hasta donde terminaba la ciudad y desde ahí paseaba por la montaña.
Al tercer día, me metí tras él por el sendero.
En un valle encajonado le apunté con la pistola y lo llamé.
Cuando se dio vuelta, no vi al viejo canoso de la foto, sino al tipo cejijunto y de barba puntiaguda que había matado a Pablo. Le vacié el cargador en el pecho.
Laura se preguntó cuántas víctimas más habría. El hombre de Mendoza no había aparecido en las investigaciones porque el modus operandi de Amalia había sido distinto. Sin esta confesión, la policía jamás lo habría relacionado con los demás homicidios.
―¿Y qué sentiste?
―Mientras me duchaba en el hotel, me di cuenta de que la presión en el pecho era apenas perceptible. No se había ido la tristeza… pero ya no me ahogaba. Podía respirar. Le puse un número. Si cien era absolutamente insoportable, después del asesinato había bajado a treinta.
―¿Cómo se llamaba ese hombre realmente?
La pregunta descolocó a Amalia, como si no tuviera sentido. Continuó sin responderla.
―Cuando pasó un año y la presión volvió a subir, entendí que necesitaba hacerlo otra vez. Seguí durante semanas a un tipo que había ahogado a un bebé. Supe que le gustaba pescar. Lo esperé en la laguna de Lobos, un domingo a la tarde. Le disparé dos veces en el pecho.
―¿Y esta vez la presión también bajó?
―Sí, pero no tanto como la anterior. No fue suficiente. Faltaba una cosa.
Amalia acunó con los brazos a un bebé imaginario y dio un paso hacia adelante. Laura se preparó para volver a levantar el arma.