CAPÍTULO 87
Tras soplarle el polvo en la cara, doy unos pasos hacia atrás mientras contengo la respiración para no inhalar la nube blanca que ahora le rodea la cara.
No todos reaccionan igual a la burundanga.
Algunos caen desplomados. Otros vomitan.
Este se pone a insultar, pero tarda pocos segundos en cerrar los ojos y llevarse los pulgares a las sienes.
Se sienta en el suelo, balbuceando algo que no llego a comprender.
El efecto final es siempre el mismo. Después de unos minutos, se quedan en silencio y con la mirada perdida.
Me pongo en cuclillas para observar de cerca su cara. Las cejas comienzan a crecerle hasta juntarse en una única línea gruesa. La cara afeitada se va poblando de vello hasta formar una barba puntiaguda. Asisto a la transformación con el corazón al galope.
Extiendo una mano hacia él.
―Vamos, Leandro.
La aferra. El tacto es áspero y caliente.
Me revuelve el estómago, pero es un mal necesario.
Lo ayudo a incorporarse y le paso un brazo por la cintura para guiarlo en sus pasos.
Mi otra mano aferra con fuerza el pequeño aerosol de gas pimienta que tengo en el bolsillo.
Hasta ahora la burundanga no me ha fallado, pero ninguna precaución es poca.
Para cualquiera que me vea, soy una mujer abrazada a un hombre borracho al que le cuesta caminar.
Abro la puerta del acompañante del coche que alquilé en el aeropuerto de Bariloche y él se sube, sumiso.
Le pongo el cinturón y después le ato las manos y los pies con varias vueltas de cinta adhesiva.
Otra precaución para quedarme tranquila, aunque, si este es como todos los anteriores, en ningún momento forcejeará para liberarse.
En cuanto mis dedos se cierran sobre el volante, vuelvo a aquella noche. Reproduzco una vez más la letanía de cosas que podría haber hecho de manera distinta para que Pablo dejara de llorar y el hijo de puta que tengo en el asiento del acompañante no apretara el gatillo buscando quién sabe qué.
El aplauso del público hace unas horas fue precioso.
Estaba nerviosa, porque no sabía qué sentiría al tocar, por primera vez en mucho tiempo, con una orquesta que no fuera Alma de Arrabal.
Pero la sensación al ejecutar La Cumparsita , a pesar de hacerlo como violinista invitada en un hotel de Bariloche, fue la misma de siempre.
Me llenó del coraje necesario para hacer lo que tengo que hacer.
Conduzco varios kilómetros. Me aprendí el camino de memoria para no tener que usar el GPS. Mi teléfono está apagado.
De vez en cuando quito la vista del camino para mirarlo. La cabeza de Leandro está apoyada en el asiento y oscila un poco con el movimiento. Los ojos, hundidos bajo esa ceja única y poblada, miran hacia adelante y parpadean muy lentamente.
―¿Por qué? ―le pregunto.
Pero no me contesta. Nunca me contesta.