Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 86
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CAPÍTULO 86

Amalia Roveda tenía la cara roja de tanto llorar y las solapas del abrigo salpicadas de lágrimas.

―Si es tu primer hijo ―dijo señalando la barriga de Laura―, no estás lista para entenderme.

Laura no supo qué contestar. Roveda se pasó una mano por las mejillas e inspiró ruidosamente por la nariz.

―Al año de la muerte de Pablo, intenté levantar la cabeza.

No podía seguir encerrada en casa de mi madre.

Volví a pedir trabajo en la tienda de instrumentos musicales, pero no tenían nada para darme.

El dueño me puso en contacto con un amigo que necesitaba a alguien para la limpieza.

Se llamaba Osvaldo y era un viejo tanguero que representaba bandas de música.

La primera vez que me oyó tocar el violín, casi por casualidad, se llevó las manos a la cabeza y empezó a gritar: «¡Estás loca!

Con ese talento, ¿cómo se te ocurre dedicarte a fregar? ».

A Laura, esa frase no la sorprendió. Roveda era buenísima con el instrumento.

―Poco a poco, Osvaldo me fue metiendo en el mundillo de la música.

Estaba convencido de que yo terminaría ganándome la vida como violinista y me decía que, para ayudarme, me dejaría en herencia su red de contactos.

Mientras tanto, me enseñó el oficio de representar músicos.

Cuando cumplí 31 años, llevaba ya seis trabajando para él y uno prácticamente sola a cargo del negocio.

Osvaldo había enfermado. La última vez que lo vi, en una cama de hospital, me miró a los ojos y me dijo: «Tenés que estar orgullosa.

Te ganás la vida llevando música a la gente.

Les das alegría. Hacés este mundo mejor».

Laura la observó en silencio. Amalia había pronunciado las últimas palabras con una sonrisa agria.

―Cuando Osvaldo murió, los hijos me echaron.

Pasé los siguientes dos años trabajando de día y tocando de noche en diferentes orquestas de tango.

La mejor herencia que me dejó ese hombre no fueron los contactos, sino la confianza en mí misma.

Me uní a Alma de Arrabal y me propuse transformarla en una orquesta de alto nivel.

Con lo que había aprendido de Osvaldo, estaba segura de que tocando en el extranjero podíamos ganar un buen dinero y dejar de malvivir.

No muy lejos, el ulular grave de un búho magallánico interrumpió el silencio de la noche.

―La ilusión de que algo bueno podía pasarme duró once años.

Poco tiempo después de que cumplí cuarenta y dos, un bandoneonista decidió irse.

No era la primera vez. Yo llevaba siete años con Alma y en ese tiempo la formación había cambiado varias veces.

Igual que en todas las ocasiones anteriores, organizamos audiciones para buscar un reemplazo.

El mejor, de lejos, era un chico tan joven que yo dudé que fuese mayor de edad.

Cuando le pregunté cuántos años tenía, me dijo: «diecinueve, señora».

Lo recuerdo como si fuera hoy. Entonces me di cuenta de que esa era la edad que hubiera tenido Pablo en aquel momento.

Pasaron unos segundos mirándose la una a la otra. Laura no había bajado el arma. De fondo, el bosque continuaba con sus sonidos: el viento silbando, una rama que choca contra otra, un roedor nocturno revolviendo la hojarasca.

―Hubo algo en la conversación con ese chico que rompió el mecanismo que me había permitido sobrevivir durante once años.

Como una adicta que recae, volví a sumergirme en el expediente del caso de Pablo.

Leí una y otra vez, sin parar, hasta el último detalle de la autopsia y el informe del perito de balística.

Por aquellos días comencé a sentir la presión en el pecho.

No podía parar de pensar en Pablo y en su asesino.

Estaba convencida de que, si ese hijo de puta viviera, yo encontraría alivio a esa presión matándolo.

Amalia bajó la vista hacia sus manos, que frotaba entre sí de manera compulsiva.

―Es la única manera que tengo para poder seguir respirando. Y no hablo en sentido figurado. Cuando la presión en el pecho es muy alta, siento que me ahogo. Literalmente.

Laura asintió. Había visto de primera mano ataques de ansiedad. Aunque tuvieran origen mental, las consecuencias en el resto del cuerpo eran absolutamente reales.

―Intenté liberar la presión con deporte, pastillas, psicólogo…

lo que se te ocurra. Pero, como dicen por ahí, no se le pueden poner puertas al mar.

La fuerza que tengo dentro es la de una marea imparable.

Nada funcionó. Hasta que un día tuve un sueño que me hizo entender que solo había una manera de encontrar alivio.

Tenía que matar a Leandro Fernández, el asesino de Pablo.

Aunque Leandro Fernández ya estuviera muerto.