CAPÍTULO 85
Pablo muere en el acto. Al menos no sufrió, pensaré con el tiempo.
Horas después, la policía me explica que la bala rebotó en una viga de madera del techo.
Al día siguiente, cuando vuelvo a hablar con ellos, me entero de que las vigas eran de pino y que es muy difícil que una bala rebote contra una madera tan blanda. Casi siempre, la penetra.
Casi.
Resulta que el pino tiene nudos. Muchos nudos. Y esos círculos oscuros son tan densos como el roble. La bala que mató a Pablo rebotó en uno de esos nudos.
En ese momento, en medio del dolor desgarrador, noto un fuego que me quema por dentro. Un fuego de rabia que me dice que, a partir de aquel instante, mi único propósito en la vida será buscar a ese hijo de puta y matarlo. De ser posible, haciéndolo sufrir mucho primero.
No me importan las consecuencias. ¿Años de cárcel? Qué más da. Yo ya soy un fantasma.
Así, con esas palabras, se lo digo al policía que me acaba de comunicar lo del pino.
―Si lo encuentran ―añado―, no lo arresten, por favor. Solo díganme dónde vive. Le voy a hacer tragarse sus propios testículos.
Al oír aquello, el policía se mira los pies.
―No va a hacer falta ―murmura―. Ese hombre no va a volver a molestar a nadie.
―¿Está detenido?
El policía niega con la cabeza.
―Murió mientras escapaba de su casa. Cruzó con la moto un semáforo en rojo y lo atropelló un camión.
Suelto un ruido más parecido a un aullido de Pannacota que a un grito humano.
Ni siquiera me queda el consuelo de la venganza.