CAPÍTULO 84
Pablo todavía no camina, pero le falta poco.
Tiene un año y dos semanas y, a pesar de que es más menudo que la media, sus piernas son fuertes y lo sostienen sin problemas.
Atrás quedó la etapa en la que temblaban como si fueran flanes hasta vencerse y hacerlo caer sentado.
Ahora puede quedarse de pie durante minutos agarrado a un mueble.
Pablito, le dicen todos en la familia. Bueno, mi madre y su padrino, que son toda la familia que tiene además de mí. Sin embargo, para mí es Pablo desde el día que lo parí. Nunca pude pensar en él como Pablito. Ni siquiera cuando pesaba dos kilos y medio y la enfermera me lo puso en el pecho.
Ahora es de noche. Cerca de las diez. Pablo se va a dormir siempre muy tarde, pero por suerte durante la noche casi no se despierta. Soy una madre afortunada, me dicen muchas. Me ha tocado la lotería, opinan otras. Supongo que será verdad, pero no tengo con qué comparar. Pablo es mi primer hijo.
Últimamente, le gusta cenar sobre las nueve y después jugar un ratito antes de acostarnos.
Pienso que debe de ser bueno para él moverse un poco para no ir a la cama con el estómago tan lleno.
Así que le leo uno de los cuentos que tomé prestados de la biblioteca municipal, o hacemos pilas con cajas de leche vacías, o me tapo la cara con una toalla y le pregunto dónde está mamá cien veces seguidas.
En general, pongo música. Me gusta el rock, como a casi todos los de mi generación.
Pero Pablo necesita algo más tranquilo para bajar revoluciones.
La música clásica sería ideal, pero en este momento no puedo permitirme comprar un CD.
A pesar de que trabajo limpiando una casa de música y me hacen un buen descuento en instrumentos, cassettes y CDs, tengo que cuidar hasta el último peso.
Así que me conformo con la colección de long plays de tango que me dejó en herencia mi padre al morir.
A veces también le toco alguna canción de cuna en el violín, pero para eso necesito las dos manos libres, algo que en la vida de una madre soltera sucede poco.
Cuando comienza a lloriquear y ya no le llama la atención ninguno de los juegos que le propongo, es el momento óptimo para irnos a la cama.
Si vamos antes, dará vueltas en el colchón retorciéndome el pezón con la boca.
Si vamos después, llorará a grito pelado y me costará mucho sacarlo de ese estado.
Por no hablar de mi perra.
Tengo una bodeguera ratonera, de esas pequeñas, inquietas y que persiguen todo lo que se mueve.
Se suele portar bien, pero tiene un problema: cuando Pablo llora, ella aúlla.
Yo creo que es para avisarme. Su manera de decirme: «Ey, está llorando tu hijo, ¿no vas a hacer nada?
». Pero lo único que logra es volverme loca.
Por suerte, esta noche Pablo no llora. Está de buen humor y estira sus bracitos hacia mí en una señal que yo interpreto como que quiere irse a la cama. Si Pablo tuviera papá, ahora sería el momento de darle un beso y decirle hasta mañana.
El llamado a la puerta me sorprende. A las diez de la noche, no puede ser nada bueno. Me acerco con cautela y maldigo al hombre al que le alquilo la casa por no haber puesto una mirilla en la puerta. Vivo en un barrio demasiado peligroso para no tenerla.
―¿Quién es? ―pregunto con Pablo en brazos.
―Julia.
Respiro. Julia es mi única vecina. No somos amigas, pero tenemos una relación cordial. Cuando una necesita algo, la otra siempre está. Y lo cierto es que, desde hace un año, soy yo la que suele llamar a su puerta. Así que me alegra que venga a pedirme algún favor. Así compenso un poco.
Cuando le abro, lo primero que noto son las lágrimas. Dos ríos brillantes que le caen por el rostro redondo. Lo segundo, el hombre que la acompaña, a quien no conozco. Y lo tercero, que ella da un paso para entrar a mi casa porque tiene un revólver apoyado en la nuca.
El hombre, cejijunto y con una barba negra en punta, nos empuja hacia adentro y cierra la puerta tras de sí. El portazo hace que Pablo, que ya tiene sueño, se ponga a llorar.
―Dame la plata ―me dice. Julia permanece muda.
―¿Qué plata? ―pregunto.
―No te hagas la boluda. La de la joyería.
En ese momento me invade la certeza de que esto no va a terminar bien. No puede terminar bien.
―No, esperá. Es un error. Fui a la joyería a empeñar un anillo de oro, pero era de mi jefe, el dueño de la casa de música.
―Por eso, dame la plata.
El llanto de Pablo se intensifica. El hombre entrecierra un poco los ojos, como si la voz de mi hijo se le clavara en el cerebro.
―Ya no la tengo. Se la di a él en cuanto volví de la casa de empeños.
―¡No me mientas! ―me grita, y da un paso hacia mí. Deja de apuntarle a Julia para apoyarme el cañón del revólver en la frente.
―No me quedé ni un peso. Te lo juro.
Pablo grita aún más fuerte.
―Hacelo callar ―me dice, apretando los dientes.
―La música lo calma ―le digo, señalando el tocadiscos, que gira con la púa levantada.
―Hacelo callar ―repite el hombre, y con un gesto me da permiso para ir hacia el aparato.
Elijo el tango que más resultado me ha dado en los últimos tiempos. Hace tres meses era Adiós Nonino , de Piazzolla, pero últimamente funciona mejor la grabación de La Cumparsita de la orquesta de D'Arienzo.
Suenan los primeros acordes y, por un momento milagroso, Pablo se calla. Pero dura muy poco. Quizás siente la tensión en mis brazos, o la presencia hostil que desconoce, o el miedo de Julia. Por el motivo que sea, rompe en un llanto más fuerte aún. Y entonces se le suma mi perra .
―Tranquila, Pannacota ―le digo, aunque sé que no va a servir de nada. Jamás he podido hacerla callar en una situación así. Solo dejará de aullar cuando Pablo deje de llorar.
El llanto de un bebé combinado con el aullido de un perro pequeño es el sonido más desesperante que escuché en mi vida.
Mucho más que el agudísimo Mi7 que mi padre me hacía practicar en el violín cuando era una nena.
Dos especies distintas emitiendo al unísono una llamada de emergencia perfeccionada por la evolución.
El hombre le apunta con el arma a Pannacota.
―No, por favor ―le suplico.
―Tenés diez segundos para hacerla callar.
Me concentro en Pablo. Lo llevo cerca del tocadiscos y le muestro cómo gira el LP mientras le hablo con voz de asombro.
―Mirá, Pablo, cuántas vueltas que da este aparato, ¿no?
El llanto sigue.
―…siete, seis, cinco ―cuenta el hombre.
―¿Teta, Pablo? ¿Un poco de teta?
Saco una teta y se la intento meter a la fuerza en la boca. Él se retuerce como si mi pezón fuera hierro caliente.
―…cuatro, tres, dos.
―¡Esperá, por favor! ―le grito al hombre.
Por toda respuesta, deja de apuntarle a la perra, levanta un poco el arma y le dispara al tocadiscos.
―¡Silencio, carajo!
Una lluvia de fragmentos de vinilo sale volando en nuestra dirección. Uno le pega a Pablo justo debajo del ojo. Un centímetro más arriba y podría haberle causado daños serios. Pero hemos tenido suerte, porque el pedacito rebota en su piel rosa y cae al suelo junto a los demás.
Eso sí, ahora Pablo grita más que nunca.
Al menos Pannacota deja de aullar. El estruendo la ha espantado y tiembla debajo de la mesa con la cola entre las patas.
―Estoy perdiendo la paciencia ―masculla el hombre―. Dame la plata. Y que se calle ese nene o lo callo yo.
No tengo el dinero que él cree que tengo. Pero me da pavor decírselo una vez más.
―Necesita silencio para que deje de llorar. No grites durante unos minutos y lo puedo calmar. Después te doy lo que quieras.
―A mí no me vas a decir lo que tengo que hacer. ¿No ves quién manda acá?
Apunta el arma hacia arriba.
―¡Mando yo! ―grita y dispara al techo.
El estruendo hace que me encoja y abrace fuerte a Pablo. Contra todo pronóstico, él deja de llorar. Lo miro, extrañada. Entonces siento algo caliente en los dedos de la mano con la que lo sostengo. Es sangre.
Cada célula de mi cuerpo desea que sea mía. Que no sea de Pablo, por favor. Pero no hay lugar a dudas. No puede ser. Yo misma acabo de ver que el hombre ha disparado al techo. Sin embargo, mi hijo está herido. La sangre mana de un agujero junto a su corazón.
―No, no, no, no ―grito.
Y, por primera vez, pienso en él como Pablito.