CAPÍTULO 83
Con el arma apuntando a Amalia Roveda, Laura oyó a sus espaldas los pasos rápidos de Noelia alejándose por el bosque. Uno de esos pasos hizo crujir una rama y Roveda salió de la especie de trance en el que estaba sumida.
―No te muevas, por favor ―dijo Laura, abandonando su escondite detrás de la cabaña con la Browning dirigida directamente al pecho de la violinista.
Habérselo pedido así, por favor, no era una formalidad, sino una súplica. No quería dispararle. Ver morir a una persona de un balazo generaba un estrés agudísimo en el cuerpo. Laura lo sabía por experiencia. Y eso no podía ser bueno para Pichona.
Amalia Roveda la miró con el ceño fruncido, como si a ella también le hubiese sorprendido la frase.
―Caminá despacio hacia atrás hasta apoyar la espalda en el tronco de ese árbol.
La violinista siguió las instrucciones moviéndose con aplomo, sin decir una palabra.
Siempre con el arma en alto, Laura sacó el teléfono del bolsillo. Ahora había una pequeña letra E en el rincón de la pantalla. Solo disponible para llamadas de emergencias. Marcó el 911 y pidió refuerzos, proporcionándole a la operadora las coordenadas del lugar en el que se encontraban.
Sin perder de vista a Amalia, se acercó al hombre que yacía en el suelo. Apoyándose en un tronco caído, se puso en cuclillas y hundió dos dedos en la muñeca inerte. Estaba muerto .
Debajo de uno de los párpados cerrados, dos puntas del triángulo de vinilo enterrado en el ojo empujaban la piel.
Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para volver a incorporarse.
El arma casera con la que Roveda lo había matado yacía a medio camino entre las dos.
Lo más probable era que dentro todavía tuviera la vaina del cartucho disparado.
Sin embargo, Roveda podría haberla recargado.
Y aunque resultara muy peligroso disparar un arma casera más de una vez, Laura no iba a correr riesgos innecesarios.
Dio tres pasos hacia adelante sin dejar de apuntarle a la violinista con la Browning. Nunca le habían temblado tanto las piernas. De una patada, alejó el arma. Después sacó las esposas de la mochila y se las tiró.
―Ponete esto.
La violinista no se movió.
―Ponételas.
―¿Y si no, qué? ¿Vas a venir a ponérmelas vos? ¿Me vas a disparar?
Había que tener la sangre muy fría para dar una respuesta así. Aunque también había que tenerla para borrar del mapa a tipos de esa calaña como si fueran moscas.
―¿Qué querés de mí, Laura Badía?
―Que te pongas las esposas.
―¿Para qué? No tenés por qué tenerme miedo. Estamos del mismo lado, ¿no lo ves?
Laura negó con la cabeza y aferró aun con más firmeza su pistola. El aire del bosque parecía haberse vuelto más frío de repente.
―No estamos del mismo lado, Amalia. Para nada.
―Cuando sepas mi historia, a lo mejor cambiás de opinión.
―La policía está de camino. No voy a dejar de apuntarte hasta que lleguen y te esposen, así que, si querés hablar, adelante. Pero como hagas algo raro, no me va a temblar el pulso.
―Seguro que no. Sé reconocer a una mujer fuerte cuando la veo.
Laura no respondió. La violinista señaló el cadáver en el suelo.
―Primero que nada, no te preocupes por este. En cierto modo, le hice un favor disparándole en el pecho. Para alguien como él, una muerte instantánea es benévola.
―¿También mataste a los demás? Ámsterdam. Andorra. Ushuaia...
Con movimientos lentos, la mujer se quitó la gorra quirúrgica y los guantes de nitrilo. Después desinfló los pulmones y se apoyó la mano abierta en el esternón.
―Es más fuerte que yo. Siento una presión acá, en todo el pecho. Desde hace años le pongo un número. De cincuenta para abajo estoy bien. De cien para arriba, ya no puedo respirar. Y la única forma de aliviarla es...
No completó la frase. Laura la observó de arriba abajo. Una mujer aparentemente normal, de buena conversación, elegante y talentosa. Era difícil adivinar que detrás de esa fachada se escondía una mente tan retorcida.
―Alguien debe morir para que yo pueda seguir respirando. Es muy simple de explicar y muy complejo de entender.
Mientras hablaba, Roveda apartó unas lágrimas con la mano sin detenerse.
Laura recordó una entrevista que había visto de unos campesinos australianos.
Las moscas se posaban en sus ojos, en sus bocas, y ellos, de vez en cuando, movían la mano para espantarlas.
Pero no se mostraban molestos ni interrumpían el diálogo.
Estaban tan acostumbrados que las consideraban apenas un estorbo menor.
A Amalia Roveda parecía pasarle lo mismo con las lágrimas.
―¿Es tu primer hijo? ―preguntó la violinista señalándole la barriga.
Laura se limitó a asentir.
―Entonces llegás demasiado pronto para entender mi historia.
―Contámela de todos modos ―dijo Laura, para ganar tiempo.