Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

Noelia redujo la velocidad del vehículo y apagó las luces.

Continuó avanzando por el camino de ripio guiándose por la luz de la luna que se colaba entre las copas desnudas del bosque.

De haber sido un mes más tarde, cuando las lengas y los coihues tuvieran hojas, el camino habría quedado sumido en la oscuridad más absoluta.

Unos minutos después, la ladrona detuvo el coche a un costado del camino.

―Tenemos que seguir a pie. Si no, nos oirá llegar.

Laura se bajó con la Browning en la mano. El bosque olía a humedad y a tierra fértil. Iluminadas por la luna llena, caminaron unos doscientos metros hasta que Noelia señaló las dos gruesas líneas de maleza aplastada que había dejado un vehículo al pasar por un camino abandonado.

Siguieron el rastro hasta un pequeño claro. La luz de la luna se reflejaba en la chapa brillante de un coche estacionado junto a una cabaña construida con gruesos troncos. O lo que quedaba de ella.

Donde alguna vez había habido una puerta con ventanas a cada lado, ahora había agujeros como las cuencas vacías de una calavera. El musgo y las enredaderas trepaban por las paredes, borrando poco a poco las huellas del hombre, como lo había hecho la naturaleza desde siempre.

Aquella cabaña le hizo pensar en el Hotel Montgrí. En el clima seco de El Chaltén, la descomposición iba mucho más lentamente, pero, si Julián no hubiera llegado a tiempo para restaurarlo, el hotel habría corrido la misma suerte.

No había nadie a la vista, pero se oía música. Tango. La Cumparsita .

Laura apuntó el arma hacia el frente y avanzó con sigilo, indicándole a Noelia que la siguiera.

La hojarasca había tenido todo el invierno para descomponerse y amortiguaba los pasos.

Bordearon lentamente la cabaña, que parecía vacía, hasta llegar al final de la pared podrida.

Laura respiró hondo y asomó la cabeza procurando no hacer ningún ruido.

Amalia Roveda estaba de pie a apenas cinco metros.

Llevaba el pelo tapado por una gorra quirúrgica y las manos enfundadas en guantes oscuros.

Delante de ella había una vieja mesa de madera sobre la que descansaba el altavoz que reproducía La Cumparsita .

El cuerpo y los ojos estaban orientados hacia el interior del bosque, pero la mirada estaba mucho más lejos. En otro lugar y en otro tiempo.

A sus pies, un hombre de mediana edad yacía inerte. A la luz de la luna, Laura distinguió el gran orificio en el pecho, rodeado de una aureola de líquido brillante que empapaba la ropa. Se concentró unos segundos en ver si aquel pecho todavía subía y bajaba, pero no notó ningún movimiento.

En parte, agradeció no haber llegado a tiempo. O, mejor dicho, agradeció no tener que tomar la decisión de si salvarlo o no. Si Roveda había continuado con su patrón, el cuerpo en la hojarasca había pertenecido a alguien de la peor calaña.

Un destello en el suelo del bosque, a un metro de los pies de Roveda, captó su atención.

Un tubo de acero metido dentro de otro. Incluso a la luz de la luna, Laura reconoció el arma de fabricación casera.

Había hecho peritajes a decenas de ellas en el laboratorio, y casi todas tenían el mismo aspecto.

Levantó la Browning para apuntarle a Amalia Roveda. Cuando estaba por hablar, vio un movimiento por el rabillo del ojo. Noelia Viader ahora también apuntaba a la violinista. Con un teléfono.

―He cumplido mi parte ―susurró la ladrona sin dejar de filmar, y enfocó a Laura―.

En cuanto me suba al coche, llamaré a la policía para que vengan a ayudarte.

Puedes hacerlo tú también si no me crees.

Pero, por favor, no te muevas de aquí antes de que vengan los refuerzos. No quiero que te pase nada.

Sin decir nada más, Noelia Viader se fue por el camino por el que habían venido.