CAPÍTULO 81
Noelia Viader conducía por un camino sinuoso que subía por la ladera de la montaña.
En el cielo, una luna redonda como una moneda iluminaba el paisaje a sus pies.
El lago Nahuel Huapi centelleaba junto a la ciudad de Bariloche.
Más arriba, el bosque denso. Y más arriba aún, las montañas, con picos resplandecientes bajo la nieve espesa de todo un invierno.
Laura recordó los seis meses que había pasado en San Martín de los Andes, no muy lejos de allí, donde se había refugiado después de que el caso del coleccionista de flechas le explotara en la cara.
Igual que le iba a explotar la desaparición de la huella de Ferrari.
Viader le había dicho que el trayecto sería de media hora. Llevaban diez minutos.
―¿Cómo puede ser que estés siempre un paso por delante de nosotros? ―le preguntó Laura con el índice firme en el guardamonte de la pistola.
―No es tan difícil. Por separado, las policías de cada país habrán investigado los asesinatos como corresponde.
Pero, ¿cuántos recursos se le han asignado al caso para analizarlo como un todo?
Un andorrano con poca experiencia en homicidios y tú por tu cuenta durante las vacaciones.
Todo se resume a que se le han dedicado más horas-hombre de mi lado que del tuyo.
―¿Tenés más gente trabajando para vos?
―No te imagines un ejército de hackers. Consulto especialistas para cuestiones puntuales, pero el grueso del trabajo lo hago yo. Me he pasado los últimos días con la cara pegada a la pantalla. Soy una ingeniera informática con todo el tiempo del mundo, recursos económicos y determinación absoluta.
―Debés de estar muy enamorada de Ferrari para hacer todo esto.
―Al principio me convencí de que lo hacía por aburrimiento.
Ya me lo había advertido un viejo amigo: el ser humano se cansa hasta de tomar daiquiris en la playa.
Suena triste, pero a lo mejor la clave del éxito de nuestra especie es no saber sentarnos a disfrutar las cosas por más tiempo.
En cualquier caso, a medida que tú me cerrabas puertas me di cuenta de que tengo una necesidad irrefrenable de ayudar a Mac.
Laura se detuvo a pensar en lo grande que tenía que ser el amor de Viader para ayudar a Ferrari exponiéndose así.
―Ojalá todo el mundo sintiera, al menos una vez en la vida, que alguien lo quiere tanto como vos querés a ese tipo ―dijo Laura.
―No sé si él alguna vez se enterará.
―¿Por qué?
―Vamos, Laura. Sabes perfectamente que a partir de ahora la policía no dejará de vigilarlo con la esperanza de que, tarde o temprano, yo me ponga en contacto con él.
―Conmigo te contactás de manera anónima sin problemas.
―No es enviarle un mensaje lo que me preocupa. Es lo que él vaya a hacer al recibirlo. Mac es el señuelo perfecto para cazarme. Si antes ya era peligroso contactar con él, ahora mucho más.
Ese razonamiento hacía aún más valioso lo que Viader estaba haciendo por Ferrari, pensó Laura. Lo ayudaba sin siquiera aspirar a la recompensa de terminar junto a él si las cosas le salían bien.
―¿Cómo descubriste que los muertos aparecían después de actuaciones de Alma de Arrabal?
Noelia Viader le dedicó una gran sonrisa mientras disminuía la velocidad para tomar una curva pronunciada.
―¿Sabes cuál es el campo en el que más ha avanzado la informática últimamente? ¿Qué tenemos hoy que hace apenas unos años no existía?
―¿La inteligencia artificial?
―Exacto. ¿Y sabes para qué son particularmente buenas las inteligencias artificiales? Para descubrir patrones.
―Sí, pero ¿cómo hiciste para cruzar datos entre las actuaciones de Alma de Arrabal y los asesinatos?
Noelia sonrió.
―Los trucos pierden la magia cuando se revelan.
Pero, ya que insistes… La verdad es que tuve suerte.
La noche que Alma de Arrabal tocó en Andorra, yo estaba en la milonga.
Paso varios meses al año allí. Bueno, pasaba, porque ahora ya no podré volver.
En fin, al día siguiente vi la noticia del asesinato en el periódico.
Y tengo mucho tiempo libre. Soy como una jubilada joven, y me tomo mis hobbies en serio.
El Diari d'Andorra fue bastante gráfico con la escena del crimen: hablaban de una herida de bala y un objeto triangular debajo del párpado.
Al parecer, el cadáver lo había encontrado un periodista del propio periódico.
Laura consultó el teléfono. Faltaban diez minutos para llegar y solo tenía una rayita de señal. Noelia la miró y no hizo falta ni siquiera que hablara. La advertencia en sus ojos quedaba clara. Si Laura llamaba a la policía, ella daría media vuelta.
―Con esos dos datos, le pregunté a una IA si había casos similares en la prensa mundial, y así apareció el de Comodoro Rivadavia.
Ese es otro avance impresionante de la tecnología: no tiene barreras idiomáticas.
Puede relacionar un texto en holandés con uno en catalán.
Luego, buscando por mi cuenta, encontré el de Ushuaia…
y ahí descubrí que tú habías estado a cargo de la investigación y que ahora eres la jefa de la policía científica de Santa Cruz.
Entonces se me ocurrió que podía ayudarte a resolver el caso a cambio de un pequeño favor.
―Jugaste bien tus cartas.
―Me tocó una mano maravillosa. Estaba en el lugar correcto, en el momento justo, y con las herramientas adecuadas.
El coche continuó subiendo por la montaña, iluminando con las luces un sinfín de troncos.
Laura se quedó pensando en lo que Noelia acababa de decir.
En cierto modo, el destino del mundo dependía de si teníamos o no la suerte de que, en un determinado momento y lugar, hubiese alguien con las herramientas adecuadas.