CAPÍTULO 80
La dirección en la que Laura detuvo el coche correspondía a una moderna casa de chapa acanalada que imitaba la arquitectura de los colonos ingleses en la Patagonia.
En el patio delantero había un coche tipo SUV.
Las ventanas estaban en total oscuridad.
Parecía una casa de familia en la que, a esas horas de la madrugada, ya estaban todos durmiendo.
Finalmente, el coche se puso a su lado. Noelia Viader bajó la ventanilla del acompañante y Laura, la suya.
―Ven conmigo ―le indicó la ladrona.
―Prefiero seguirte con mi auto.
Noelia negó con la cabeza.
―Mis reglas o nada. Súbete.
Laura se permitió unos segundos para pensarlo. Finalmente se bajó del coche de alquiler con la mochila al hombro y la pistola en el bolsillo del abrigo.
―¿Cómo va esa impresión en 3D? ―le preguntó Viader, señalándole el vientre.
―Va bien ―respondió Laura mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
―Dame la huella y te llevo al sitio donde va a matar Roveda esta noche.
―¿A mí? ―dijo Laura, señalándose la barriga―. No. Si lo que decís es verdad, hay que enviar a un grupo comando a detenerla. No a mí.
La ladrona le ofreció una sonrisa.
―A los prófugos de la justicia no nos gusta coincidir con «un grupo comando». No, no. Yo te llevo y me voy. Cuando estés allí, tú puedes llamar a quien quieras.
Laura miró a la ladrona a los ojos. No debía confiar en ella, pero ¿qué alternativa tenía? Viader le había demostrado en varias ocasiones que sabía de lo que hablaba. Esta vez, probablemente también.
Otra vez las malditas probabilidades, pensó mientras abría la cremallera de la mochila. Qué pena que en el mundo no hubiera más certezas.
Del bolsillo de la funda de la computadora sacó el sobre con la huella digital de Ferrari. Cuando Noelia fue a agarrarlo, Laura lo alejó de su alcance.
―¿Cómo sé que no me estás mintiendo?
―Supongo que no te queda otra alternativa que confiar en mí. Igual que yo confío en ti y en que la huella sea la original.
―Tu credibilidad y la mía no están al mismo nivel.
Noelia sonrió.
― Touché . Pero de todos modos soy tu única opción.
Laura suspiró y le entregó el papel. Noelia Viader encendió la luz interior del coche para examinarlo.
En su teléfono abrió la imagen escaneada que se había incluido en el expediente de Ferrari y la comparó para cerciorarse de que se trataba del mismo documento. Después amplió la impresión dactilar.
Laura sintió que se le cerraba el estómago.
Se arrepintió de no haberse ceñido al plan.
Había sacado la huella del depósito de evidencias del juzgado con la idea de entregarle a Noelia una falsificación.
Pero, por más que lo había intentado, no había logrado una copia capaz de superar un mínimo escrutinio.
Si hubiera sabido que Viader la iba a mirar de noche, con una luz tenue, quizás se habría animado.
En cualquier caso, ya era demasiado tarde.
Acababa de entregarle la original, poniendo en juego su carrera.
Creía que había dejado atrás eso de decidir entre lo que uno debe hacer y lo que siente que es justo.
Quizás darle a Noelia ese papel dejaba a un ladrón en libertad.
Pero quizás también evitaba que esa noche muriera una persona.
―¿Tenés alguna duda? ―le preguntó Laura―. No podemos perder más tiempo.
Noelia Viader negó con la cabeza. Le hizo varias fotografías a la pequeña ficha, abrió la ventanilla, sacó un encendedor y le prendió fuego al papel.
―¡No! ―exclamó Laura, pero la ladrona la ignoró. En pocos segundos, solo quedaron cenizas.
Laura dio un suspiro. Acababa de perder su cargo en la policía. Otra vez.
La ladrona puso primera y el coche comenzó a moverse. Laura sacó la Browning del bolsillo y se la puso sobre el regazo.
―¿Qué haces? ―le preguntó Viader.
―Ya no tengo otra herramienta de negociación.
―¿Cuál es tu plan? ¿Matarme si te he mentido?
―No, pero si te tengo que pegar un tiro en la pierna, te lo voy a pegar. Aunque no va a hacer falta, ¿verdad? Porque vas a cumplir tu parte del trato.
―¿Alguna vez te he mentido?
―Siempre hay una primera vez.