Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

Mientras desandaba sus pasos, Laura maldijo haber caminado hasta la comisaría en vez de ir en su coche de alquiler. Pobre Pichona, esas carreras a las dos de la madrugada no podían ser buenas para ella.

―Te prometo que después de esto descansamos ―susurró apoyándose una mano en el vientre.

Cuando por fin estuvo de nuevo en el hotel, se subió al vehículo y puso en el GPS la dirección del bar. Quizás podría, al menos, recalcarles la gravedad del asunto a los agentes de la policía que fueran al restaurante.

Sin embargo, Laura nunca llegó a poner un pie en Riendas Sueltas. Cuando llevaba la mitad del recorrido, recibió una llamada de Noelia Viader.

―Hola, Laura. Sé quién es el asesino.

―Ya no tenemos un trato, Noelia.

―¿Dónde estás?

Laura tuvo ganas de cortar la llamada. Era el peor momento para ponerse a hablar con nadie. Pero hubo algo en el tono de voz de Noelia, o quizás fue una pequeña dosis de intuición, que la llevó a responder.

―En Bariloche.

―Ah, entonces tú también sabes quién es.

Laura no confirmó ni desmintió.

―Bueno, pues si no lo sabes, te lo digo yo. Es Amalia Roveda y esta noche va a volver a matar. Yo también estoy en Bariloche y tengo la ubicación exacta del sitio donde lo hará. ¿ Te interesa o prefieres esperar a que alguien descubra el cadáver?

Todo el cuerpo de Laura se tensó. Se pasó la mano por el pelo, como si eso la ayudara a ordenar los pensamientos. ¿Era posible que Noelia Viader supiera dónde mataría Roveda esta noche?

―Sabes muy bien lo que quiero a cambio ―añadió Noelia.

Instintivamente, Laura llevó una mano a la mochila que descansaba junto a ella en el asiento. Muy a su pesar, el papel con la huella original de Augusto Ferrari estaba en el bolsillo de la funda de la computadora portátil.

―¿Cómo puedo estar segura de que conocés el lugar?

―Porque me pasé dos días siguiéndola. Anteayer recorrió los bosques de los alrededores de Bariloche y solo en una de las diez paradas que hizo se arrodilló y lloró. Después, volvió a la ciudad. Había encontrado el sitio que buscaba.

Laura cerró los ojos y respiró hondo. Tenía que decidir ya mismo si confiaba o no en una delincuente prófuga. Una delincuente prófuga que, hasta entonces, le había proporcionado información correcta. Y, además, le caía bien. Esto último no debía contar, pero lo hacía.

―Tengo la impresión dactilar conmigo y estoy al volante de un auto ―dijo.

Hubo un silencio en la línea.

―Sé que suena absurdo porque es de madrugada…

―Tan absurdo que es imposible que lo estés inventando. Apunta esta dirección.

Laura la introdujo en el GPS y dio un giro en una esquina para cambiar el rumbo.

―Laura.

―¿Qué?

―Ven sola o no me verás el pelo. Y más te vale traer la huella. Si no, no te llevaré ni aunque me amenaces a punta de pistola.