CAPÍTULO 78
Bajó a la recepción consultando el mapa de la ciudad en el teléfono. Tuvo suerte: había una comisaría a apenas doscientos metros. Recorrió esa distancia con el paso más ligero que le permitía su embarazo. Dentro, se encontró con cuatro personas que esperaban sentadas en una fila de sillas raídas.
Se acercó al mostrador, donde una cabo primero que apenas debía pasar los veinte años escuchaba el relato de una anciana.
―Disculpe, señora. Es una emergencia ―dijo Laura.
―Lo mío también es una emergencia, nena. Me acaban de entrar a robar a casa.
Laura apoyó sobre el escritorio su credencial de policía. La cabo primero, que había recibido la interrupción de Laura con un gesto malhumorado, se inclinó hacia ella para prestarle atención.
―Necesito detener ya mismo a una persona sospechosa de homicidios múltiples, buscada no solo en Argentina, sino también en el extranjero.
―Un momento ―dijo la chica mientras levantaba el teléfono.
―Es urgente ―insistió Laura.
La muchacha la tranquilizó con un gesto y repitió al aparato lo que Laura acababa de contarle.
―Ya vienen a hablar con usted, comisaria inspectora ―le respondió, y se dispuso a continuar atendiendo a la anciana.
―Gracias. Dame la dirección de correo electrónico de esta comisaría, por favor. Les voy a mandar toda la información que tengo para ir ganando tiempo.
La chica escribió en un papel y lo deslizó por el mostrador. Entonces sí, Laura se alejó.
Se sentó junto a un hombre que apestaba a alcohol y redactó un email con una breve explicación de quién era Amalia Roveda y los homicidios de los que se la consideraba sospechosa. Adjuntó una copia del pasaporte y del DNI de la violinista y todas las fotos que tenía de ella.
Segundos después de enviar el mensaje, un sargento ayudante de unos cincuenta años apareció por una puerta. Ni siquiera había salido a recibirla un oficial. Laura le repitió lo que le había dicho a su compañera.
―También acabo de enviarles toda la información de la que dispongo al correo electrónico de la comisaría.
―Muchas gracias ―le respondió el suboficial, ofreciéndole una mano para saludarla―. Quédese tranquila, que nos ponemos manos a la obra.
Malas noticias. Si ese hombre de verdad entendiera lo que estaba pasando, la habría hecho pasar a una oficina.
Pero la estaba despidiendo. Encima, lo de «nos ponemos manos a la obra», en la jerga policial podía significar cualquier cosa: desde que abriría el correo de Laura en cuanto volviera a su escritorio hasta que se tomaría unos mates, charlaría con sus compañeros, terminaría la tarea que estaba realizando y después se pondría con el asunto de Amalia Roveda.
―Por favor ―insistió Laura―, es urgente.
Tienen que rastrear su teléfono y enviar ya mismo a alguien al restaurante donde se la vio tocando hace una hora y media.
Se llama Riendas Sueltas. Tiene todos los detalles en el correo.
Si tenemos suerte y todavía está ahí, esta noche podemos evitar un homicidio.
―Le aseguro que haremos todo lo posible. Ya mismo se lo comunico al comisario. Ahora, si me permite, vuelvo a entrar para poner todo en marcha.
La lógica del hombre era sólida. Si seguía hablando con ella, no podía hacer lo que Laura le estaba pidiendo.
Pero a ella le molestaba que no la invitara a pasar.
Igual que le había pasado en Andorra con Sallent.
Era más un sentimiento personal que una anomalía laboral.
Al fin y al cabo, cada cuerpo de policía era autónomo y las colaboraciones, de hacerse, tenían que venir dictadas por una orden de arriba.
Al salir de la comisaría, volvió a llamar a Sanahújar, pero saltó otra vez el contestador. Se preguntó qué podía hacer, embarazada y fuera de su jurisdicción, para ayudar a la detención de Roveda.
Lo único que se le ocurría era ganar tiempo.
Llamó por teléfono a Riendas Sueltas.
―Buenas noches. Soy una repartidora de Pedidos Ahora. Tengo un paquete para Amalia Roveda.
―Me parece que te equivocás de número ―le dijo una voz de hombre áspera.
―¿No hablo con un restaurante donde acaba de tocar una orquesta de tango?
―Sí.
―Amalia Roveda es la violinista. Tengo que entregarle un instrumento que necesita para la actuación de mañana al mediodía, por eso ella dio la dirección del restaurante. Si sigue ahí, ¿le podría pasar el teléfono?
―A ver, pará un segundo ―el hombre habló dirigiéndose a otra persona―. ¿Che, los de la orquesta todavía están acá?
―Sí ―oyó que le respondía una voz de mujer.
―Andá a buscar a la violinista. Un paquete para ella… no sé. Se ve que tenemos pinta de oficina de correo.
La voz del hombre volvió a dirigirse a Laura.
―Un momento. Ya la llaman.
Laura esperó medio minuto que se le hizo eterno.
―Me dicen que la violinista ya no está. El resto de los de la orquesta, sí. ¿Se lo podés entregar a uno de ellos?
Laura cortó la llamada sin siquiera molestarse en inventar una excusa.
La policía ya no podría seguir a Amalia Roveda desde el restaurante hasta donde fuera que planeara ir esa noche. Y aunque intentaran rastrear su teléfono, seguramente Roveda ya lo habría apagado. La posibilidad de atrapar a Roveda esa noche se les escapaba como arena entre los dedos.