CAPÍTULO 75
―¿Amalia Roveda? ¿La mujer dulce que trata al resto de la banda como una madre? ―preguntó incrédulo Enric Sallent cuando Laura lo llamó para contarle la conversación que acababa de tener con Daiana y Ludmila.
―Sí.
―¿Puede haber un error?
―Yo diría que no. Roveda le pidió a Reláñez una menor de edad. Sabemos que Reláñez había accedido a eso con al menos un cliente antes. Y sabíamos que podía haber una relación entre la pedofilia y los asesinatos. Más claro, imposible.
―¿Alguna posibilidad de que las prostitutas te hayan mentido?
―¿Por qué lo harían?
Sallent permaneció callado. A Laura también le costaba creer que aquella mujer amable y protectora pudiera ser una asesina en serie.
―Ya nos equivocamos una vez, Enric. No nos puede pasar de nuevo.
―Nos equivocamos porque Heredia confesó ―replicó Sallent.
―Y porque el perfil de él encajaba con lo que buscábamos. Los asesinos en serie suelen ser hombres con algún tipo de trastorno mental. Y nosotros encontramos uno.
―Uno que, insisto, confesó. ¿Cuántas veces te ha pasado que el acusado admite ser el autor de un crimen que no ha cometido ?
La respuesta era ninguna, pero Laura no la dijo.
Estaba ocupada reprochándose haberse dejado llevar por los prejuicios.
Racionalmente, había partido de la base que cualquiera de los siete miembros de la orquesta podía ser el culpable, pero a nivel más profundo, quizás subconsciente, en todo momento había imaginado que el asesino sería un hombre.
Nuevamente las benditas probabilidades: entre los consumidores de servicios sexuales, infantiles o no, los hombres superaban en órdenes de magnitud a las mujeres.
―La tenemos, Laura. La asesina es Amalia Roveda.
―Según los registros de la Policía Aeronáutica, Roveda voló a Bariloche desde Buenos Aires hace una semana.
―No estarás pensando en ir, ¿no?
―Ella está en la Patagonia y yo también.
―Sí, pero la Patagonia es muy grande. ¿A qué distancia estás de Bariloche?
―Mil quinientos kilómetros.
―Estás loca.
Laura soltó una risita. Si se hubiera criado, como Sallent, en un país que medía cuarenta kilómetros de punta a punta, la idea también le habría resultado ridícula.
―Patagonia ―dijo Laura―. El día que me vengas a visitar, lo vas a entender.