CAPÍTULO 74
Por primera vez en dos años, Laura se detuvo a mirar con atención los muebles de su oficina en Río Gallegos: el escritorio viejo y robusto, la computadora siempre lenta, el pequeño sofá que tantos alivios le había dado a su espalda en el último tiempo.
Sintió ganas de darles las gracias, pero eso habría sido demasiado hippie para su mente racional.
En cualquier caso, iba a extrañar esos muebles.
Había vuelto de Buenos Aires el día anterior.
Y esta mañana, antes de entrar a su despacho, había pasado por el de Sanahújar para pedirle la baja por maternidad a partir de la semana siguiente.
Su jefa le había sugerido que se la tomara a partir de ese mismo día, pero Laura había insistido en que prefería dejar algunas cosas atadas antes de irse.
Laura sabía perfectamente que sentirse imprescindible en el trabajo era una falacia.
Así y todo, era una de las debilidades profesionales más frecuentes.
Si no dejaba documentados los pasos a seguir, ¿cómo podría continuar su sustituto con el caso del femicidio en El Calafate, o el robo de los camiones en San Julián?
Y, sobre todo, ¿cómo iba a colaborar con Sallent e Interpol para atrapar al verdadero asesino ahora que Heredia había quedado descartado?
Había una sensación de urgencia en dejar todo listo. Cuanto antes lo hiciera, antes podría cerrar la puerta de esa oficina por última vez en un largo tiempo y empezar una nueva etapa de su vida.
Ahora que la investigación se había estancado, era un buen momento para cortar.
Aceptar que había perdido. No sería la primera ni la última vez.
Y, aunque no tenía ni idea de quién era el asesino de esos cuatro hombres, la consolaba pensar que la investigación había avanzado mucho gracias a ella y a Sallent.
Cuando alguien en el futuro terminara dando con el culpable, quizás tendría la deferencia de pensar aquello de «si he visto más lejos que los demás es porque me he puesto sobre los hombros de gigantes».
A Laura le quedaba la tranquilidad de haber sido un gigante.
Casi no se reconoció en esa reflexión. Ella, que siempre había querido llegar hasta el área contraria y meter el gol, ahora se conformaba con hacer un pase en el mediocampo y desearle suerte al compañero.
Se preguntó si el cambio tendría que ver con la maternidad inminente.
Al fin y al cabo, a partir de ahora los goles de Pichona serían mucho más importantes que los de ella.
Conforme transcurría la mañana y ella enviaba correos electrónicos delegando tareas, su humor mejoraba considerablemente. El mundo seguiría girando sin ella. Y sin cualquiera. Sonaba obvio, pero creérselo era difícil.
Sobre la una de la tarde, mientras comía un sándwich de milanesa en el sofá de la oficina, sonó el teléfono. Era Ludmila, la prostituta de Ushuaia que le había confesado que Reláñez estaba implicado en la trata de menores.
―Laura, estás en manos libres. Te está escuchando Daiana, una de mis compañeras. Es de confianza.
―Hola Daiana, encantada. ¿Qué pasó, chicas?
―Hablá vos ―dijo Ludmila.
―Reconocí a alguien en la foto que usted le dio a Ludmila ―dijo la tal Daiana con una voz áspera, cuarentona y fumadora.
Se refería a la fotografía de Alma de Arrabal que había dejado en manos de Ludmila en su visita a Ushuaia hacía tres semanas.
―¿Por qué me avisan recién ahora?
―Estaba de viaje ―dijo la voz áspera―. Volví al trabajo el viernes.
―¿A quién reconociste?
―A la mujer.
Laura dejó el sándwich en la mesita y se puso de pie.
―¿Qué mujer?
―La más vieja.
―¿La violinista?
―No lo sé. En la foto no tienen los instrumentos.
Laura comenzó a caminar por la oficina.
―Sí, la violinista ―intervino Ludmila―. Busqué en internet y es ella.
―El pelo es diferente, porque en la foto lo tiene canoso y cuando la vi era rubia ―acotó Daiana―, pero es la misma mujer.
Algo le hizo ruido a Laura. En las fotos que había visto de la violinista con el pelo teñido, Roveda lucía una larga cabellera oscura.
Daiana y Ludmila podían estar equivocadas…
―¿Rubia? ¿Estás segura?
―Segurísima. Y era ella. Mire, yo no me quiero mandar la parte, pero siempre fui muy buena con las caras.
O quizás Amalia Roveda se había puesto una peluca para que resultara más difícil reconocerla.
―Además, alguien así es imposible de olvidar ―acotó Ludmila―. Las pocas mujeres que vienen a vernos suelen ser feísimas. Gente a la que le cuesta mucho encontrar una compañera sexual si no es pagando. Pero ella no. Ella, por más que ya tiene una edad, parece muy atractiva.
Era cierto, pensó Laura. Amalia Roveda era una mujer elegante y no pegaba nada en un tugurio como El Maragato.
―Esta profesión nunca deja de sorprenderme. ¿Sabés lo que quería la asquerosa? Acostarse con una menor de edad.
Laura sintió que el sándwich se le transformaba en una piedra en el estómago.
―¿Cómo sabés eso?
―En cuanto entró y se sentó en una mesa, me acerqué a charlar con ella. Soy una de las pocas que acepta clientes mujeres. Pero enseguida me dejó claro que quería alguien muy joven. Doce años como máximo.
―¿Te acordás la fecha exacta en la que pasó esto?
―Dos noches antes de que asesinaran a Reláñez.
―¿En algún momento viste a la violinista hablar con Reláñez?
―Sí. Yo le dije que no la podía ayudar y me fui con otro cliente. Al rato la vi tomando algo con Reláñez apartados en un extremo de la barra. Tengo una foto. ¿La quiere?