CAPÍTULO 73
Como todas las noches antes de acostarse, Laura se tomó unos minutos para masajear con aceite de rosa mosqueta la piel tensa de la barriga.
Había leído que ser propensa a estrías era una condición genética y que poco podía hacerse para evitarlas, pero ella de todos modos se aplicaba el aceite religiosamente dos veces por día.
Incluso ahora, en la habitación del hotel en Buenos Aires, después de haber tenido que bajar a la farmacia a comprar más aceite porque el que había traído de Río Gallegos se le había acabado.
De momento, el esfuerzo parecía estar valiendo la pena.
El día había sido largo. Heredia continuaba detenido a la espera de una entrevista con un psiquiatra, pero tenían su confesión.
El caso no se resolvería con facilidad. Tenía demasiados vericuetos: un enfermo mental, pedofilia, asesinatos en serie en diferentes países…
Ya vendría una investigación más profunda, seguramente por parte de agentes de la Federal.
Pero el trabajo de Laura estaba terminado.
Cerró los ojos y pensó en Julián. Tuvo, por primera vez, ganas de empezar la baja por maternidad.
De dedicar las seis semanas de embarazo que le quedaban a hacer el nido.
Él tenía decenas de ideas, desde construirle a Pichona una cuna con sus propias manos hasta plantar un árbol encima de la placenta después del parto.
Tener a su lado a un hombre sano, bueno y noble le parecía casi un milagro.
Su día a día estaba lleno de cosas horribles.
Cosas horribles que ella había elegido para ganarse la vida.
Pero, tarde o temprano, eso terminaba por pasar factura.
Y ahora empezaba a sucederle. Era momento de volver a casa y dejar que otros se encargaran de cerrar el caso. Lo más importante ya estaba hecho.
Sonó el teléfono. Estaba tan tranquila disfrutando del tacto resbaladizo del aceite en la barriga que estuvo a punto de no atender, pero cambió de opinión al ver que era Enric Sallent.
―Tenemos un problema.
―Qué raro.
―Escucha. Frente a El Garrepa, el local donde estuvieron Heredia y Turnes la noche del asesinato en Andorra, hay un edificio de viviendas.
En el segundo piso vive un señor que sufre un trastorno paranoico.
Lleva años convencido de que el verdadero propósito de El Garrepa es no dejarlo dormir.
Dice que cuando los clientes gritan en la calle, miran de reojo a su balcón.
―No tengo la menor idea de hacia dónde vas con esto.
―El hombre ha presentado decenas de denuncias contra el local.
Todas han sido desestimadas. Entonces, hace unos meses montó una cámara en el balcón para grabar la puerta del local y demostrar que todo es una operación de venganza de su exmujer para que él no pueda dormir.
Hace unas horas nos ha entregado las grabaciones.
Laura inspiró hondo. Se imaginaba por dónde venían las malas noticias.
―Se ve a Heredia fumando el último cigarrillo de un paquete de tabaco.
Después sale del cuadro por la acera y vuelve a los quince minutos con un paquete nuevo.
Fuma otro en la puerta. Se pone a charlar con una mujer…
Todo esto durante los noventa y dos minutos en los que nosotros pensábamos que había cometido el asesinato.
―Tiene que haber un error ―dijo Laura―. Heredia confesó. Dos veces volvió en sí en el hotel con las manos llenas de sangre.
―Eso es lo que dijo, pero no hay rastros de esa sangre.
Si el personal de limpieza de un hotel encuentra sangre, está obligado a reportarlo a la policía.
Además, sabemos que los asesinatos tuvieron lugar donde se encontraron los cuerpos.
Es decir, no tiene ningún sentido que Heredia tuviera las manos manchadas de sangre dentro de su habitación.
A mí ya me pareció extraño en su momento, pero estas grabaciones lo confirman.
Quizás Heredia alucinó la sangre, o quizás se lastimó él mismo.
Pero es imposible que haya matado a Stefan Wachter.