Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 72
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CAPÍTULO 72

Son las cuatro de la mañana de un lunes. Del otro lado de la calle, el prostíbulo está cerrando y las primeras chicas ya empiezan a irse a su casa. Entre ellas reconozco a la tetona que atendía la barra hace dos días.

Media hora más tarde, sale el hombre cincuentón que me presentó la tetona.

Debe de ser el dueño del local, porque cierra con llave y camina en dirección a un Audi negro que brilla con las luces de la calle.

Hablé por teléfono con él hace apenas unas horas y me dio la dirección donde me estará esperando con una nena de doce años.

El corazón me va desbocado. Es hoy.

Camino con paso firme para interceptarlo antes de que se suba al Audi.

―Hola ―le digo.

Se sorprende al verme allí.

―No es hoy. Es mañana.

Estamos frente a frente, a menos de medio metro de distancia.

―¿Ah, sí? Me debo de haber confundido.

Abro la mano con la palma hacia arriba. Un gesto que podría interpretarse como que estoy reconociendo mi despiste, de no ser porque sobre ella hay una montañita de polvo blanco.

Sonríe, y no me extraña. No es la primera vez. Supongo que piensa que es cocaína y voy a ofrecerle un poco. Pero el rostro se le llena de confusión cuando acerco mi cara al polvo y, en vez de aspirar, soplo con todas mis fuerzas.