CAPÍTULO 71
Cuando Laura volvió a sentarse frente a Heredia, el cantante levantó la cabeza y la miró como no lo había hecho hasta ahora. Tenía los ojos cargados de una tristeza que parecía vieja. Un dolor arrastrado durante años.
―¿Estás seguro de que no querés esperar al abogado?
Heredia negó.
―Estoy muy cansado. Cuanto antes termine esto, mejor.
―¿Hay algo en concreto que quieras decirme?
―Sí, pero antes es importante que sepa que yo no tengo la culpa de nada. Sufro de una enfermedad psiquiátrica.
―¿Qué enfermedad?
―La mayoría de los médicos creen que tengo esquizofrenia.
Laura se imaginó a Heredia de joven, frente a un espejo vacío.
―¿Cómo le explicarías lo que te pasa a alguien como yo, que no sufre de este…?
―Trastorno. Puede decirlo sin tapujos.
Heredia elevó la mirada hasta un punto por encima del hombro de Laura. Se quedó así un buen rato y después señaló con el dedo.
―Es muy simpático ese loro sobre su hombro. Lástima que caga un montón. ¿No le molesta el olor?
En un acto reflejo, Laura se miró el hombro. Por supuesto, no había ningún loro.
Heredia se señaló el oído.
―Y cuando grita es insoportable. Debe de ser muy incómodo tenerlo tan cerca de la oreja.
Laura se quedó observándolo en silencio. El cantante de Alma de Arrabal le devolvió una sonrisa de dientes perfectos.
―No se preocupe, que estoy haciendo teatro. No veo ningún loro, pero podría verlo perfectamente. La enfermedad es así. Se ven cosas donde no las hay, se oyen voces que no existen. ¿Me darían un cigarrillo?
―No se puede fumar en esta sala. Además, estoy embarazada.
Heredia hizo una mueca de desagrado.
―Si vos realmente vieras un loro en mi hombro, ¿sabrías que es una alucinación?
―Con el tiempo fui aprendiendo a racionalizar.
Es poco probable que haya un loro acompañándola en esta entrevista.
Y mucho menos probable es que usted actúe como si no hubiera ningún loro.
Entonces, yo entiendo que ese loro que veo y escucho no está ahí.
Eso es lo que realmente vuelve loco a cualquiera.
No que aparezca un loro, no que grite, sino tener que convencerte de que, aunque lo estás viendo, no está ahí.
Heredia alzó sus manos esposadas y tocó la mesa con la punta de los dedos.
―Es como si yo le hiciera meter las manos en una olla hirviendo e intentase convencerla de que el agua está fría.
¿Cómo procesaría algo así? O si le digo, por ejemplo, que su embarazo es una alucinación.
Que no hay un bebé ahí dentro y que usted en realidad no ha aumentado ni un gramo de peso.
¿Podría creerlo? ¿Podría convencerse de eso sin volverse completamente loca?
―¿Toma alguna medicación?
―Sí.
―¿Siempre?
Heredia bajó la vista hacia sus manos esposadas y se desinfló con una larga exhalación.
―A veces me nubla un poco y me cuestan mucho ciertas cosas que normalmente haría sin esfuerzo .
―¿Como cantar, por ejemplo?
―Por ejemplo.
―¿Había dejado de tomar la medicación antes del show en Ámsterdam?
―Sí ―respondió en un tono apenas audible.
―¿Y en Andorra?
Heredia permaneció un buen rato sin mover un músculo. Después inspiró profundamente por la nariz, se pasó las manos esposadas por la cara y por el pelo, miró a Laura a los ojos y asintió lentamente.
―¿Qué hay del resto de las actuaciones de la gira por Europa?
―Hace años que dejo de tomarla dos días antes de cada presentación.
Es la única forma de cantar bien. La medicación tiene un montón de efectos secundarios.
Y no solamente acá ―dijo tocándose la sien con la punta de un dedo.
Después le mostró a Laura las manos abiertas, que temblaban como una hoja―.
Parpadeo frecuente, temblores, estreñimiento, cansancio.
Y si uno tiene muy mala suerte, galactorrea.
Heredia se llevó las manos esposadas al pecho y se desabrochó varios botones de la camisa. Tenía los pezones tapados por unos apósitos redondos.
Laura consultó su libreta.
―Cuando te detuvieron en la frontera de Andorra dijiste que esas secreciones te las producía una medicación para el reflujo del esófago.
―Ninguno de mis compañeros de orquesta sabe que soy esquizofrénico. Por eso digo lo del reflujo. Tanto una medicación como la otra pueden tener el mismo efecto secundario.
Laura recordó que Emilia Durán le había mencionado que los días previos a un concierto, Jorge Heredia parecía volver a la vida. No era cantar lo que acababa con los tics y la tristeza, como creía la mánager, sino los efectos secundarios de la medicación que desaparecían al dejar de tomarla.
―Cuando no estás medicado, ¿vuelven las alucinaciones?
―No siempre.
―Antes dijiste que los médicos creen que tenés esquizofrenia. ¿A qué te referías?
―De los cuatro psiquiatras que consulté a lo largo de mi vida, tres me diagnosticaron eso. El otro se inclinó por el trastorno de identidad disociativo.
―No me suena.
―Antes se llamaba trastorno de personalidad múltiple.
Laura se apoyó en el respaldo de la silla. Si Heredia le estaba contando todo esto era para justificar algo, no hizo falta que se lo preguntara.
―Muchas veces tengo lagunas mentales cuando dejo de tomar las pastillas. Períodos de varias horas en los que no recuerdo dónde estuve ni qué hice.
―¿Tuviste esas lagunas en alguna de esas cuatro noches?
Heredia asintió con la cabeza gacha.
―En todas. Pero si hubiera sido solo eso, no sería tan grave.
―¿Qué es lo grave?
―Que en dos de esas cuatro noches, cuando volví a tomar conciencia, estaba en el baño de mi habitación de hotel lavándome las manos. Las tenía cubiertas de sangre.
Heredia se miró los dedos temblorosos y cerró los ojos con fuerza.
―Los maté yo. No recuerdo ninguna de esas cuatro caras que usted me mostró en las fotos, pero estoy seguro de que los maté yo.