CAPÍTULO 67
Cuando el padre Luna terminó su relato, levantó la cabeza. Los ojos velados parecían brillar con una pátina líquida. Laura no supo si se debía a la vejez, a la ceguera o si el anciano había soltado alguna lágrima mientras hablaba.
―Lo que usted acaba de contarme, la ley lo tipifica como tortura.
―Lo sé. Y lo sabía en aquel momento, por eso ayudé a Jorge a escapar. Si soy culpable de algo es de no haber tenido el valor para enfrentar a Hermosilla. Pero no torturé a ese muchacho ni colaboré para que otros lo hicieran.
―No lo estoy acusando de nada, padre. Pero como antes me ha dicho que aquí dentro las reglas parecen ser diferentes, me interesa que sepa cómo se ve desde afuera.
―Adentro, esas prácticas también son consideradas tortura.
Este tipo de rituales está completamente prohibido por la Iglesia católica moderna.
El único exorcismo aceptado es el que se describe en el Ritual Romano que, como le he dicho, no es mucho más intenso que un bautismo.
Al fin y al cabo, ambos tienen la finalidad de hacer que el mal se vaya del cuerpo.
Por suerte, Luna no le preguntó si pensaba bautizar a Pichona. Quizás porque no era de su incumbencia o quizás porque se olía la respuesta. En cualquier caso, Laura agradeció no tener que dar explicaciones.
―No tengo mucho más para decirle, señora Badía.
Laura se puso de pie.
―Me ha dicho bastante, padre. Gracias.
―Usted vino para averiguar si Jorge Heredia abandonó el seminario por haber sufrido abusos. La respuesta es afirmativa, aunque no del tipo que imaginaba.
―Entiendo.
―Lamentablemente, la Santa Madre Iglesia tiene muchos motivos para avergonzarse. Es inevitable. Él fue el divino, no nosotros. Solo somos seguidores intentando diseminar su mensaje. No sé si lo que acabo de contarle le servirá o no para su investigación, pero le juro ante Dios que es la verdad.
―Todo me sirve, padre ―respondió Laura en un tono sincero que podría haberse considerado una confesión.
Se despidió del cura y encaró hacia la puerta de la habitación, pero se detuvo en el umbral.
―Padre, una última pregunta. ¿A Hermosilla le gustaba el tango?
―Sí. Bueno, en eso también era categórico. Solo le gustaba Gardel. Decía que escuchar a cualquier otro era perder el tiempo.
―¿Y cree que esa opinión se la habrá dicho alguna vez a Jorge Heredia?
―Alguna vez no. Mil veces. Cada vez que lo oía cantar.