CAPÍTULO 66
Atado sobre el altar mayor, Jorge Heredia ha perdido la noción del tiempo. ¿Cinco horas? ¿Diez? ¿Un día entero? Imposible saberlo. Su única certeza es que se arrepiente de haberle confesado por quinta vez al padre Luna que siguen las voces, las apariciones y la ausencia de reflejo.
La primera vez que Hermosilla le comunicó que sería exorcizado, Jorge sintió alivio. Conocía el ritual aprobado por la Iglesia: agua bendita y oraciones en latín repetidas como mantras para expulsar al demonio.
Pero el demonio se había negado a irse. Entonces el padre Hermosilla recurrió a prácticas más largas, gritos más intensos y ademanes más furiosos.
Anoche, mientras Jorge dormía, Hermosilla y otros dos sacerdotes irrumpieron en su habitación y lo arrastraron sin explicaciones. Lo desnudaron y lo ataron de pies y manos sobre el altar de la capilla principal, de donde no ha podido moverse desde entonces.
El dolor de las ataduras ha pasado a segundo plano. Ahora lo que más le molesta es el frío. Su cuerpo, desnudo y empapado con agua bendita, no deja de temblar. Es invierno y la iglesia no tiene calefacción.
Unos pasos retumban en la capilla. Jorge levanta la cabeza todo lo que puede y distingue al padre Hermosilla acercándose con una bolsa de tela al hombro.
―Padre, por favor, tengo frío ―suplica.
―Es una buena señal, Jorge. El infierno es un inmenso mar de fuego. El demonio se está yendo .
―Entonces ya estoy exorcizado. Déjeme ir.
El cura niega con la cabeza.
―Tu caso parece ser de los más difíciles.
―Tal vez necesito un médico.
―Estamos ante fuerzas mucho más poderosas que la humana. Se trata de la guerra más antigua del universo: Dios contra el diablo.
―Por favor ―insiste Jorge.
Hermosilla se acerca y le pone una mano tibia sobre la frente.
―No te preocupes, hijo. Esta vez todo va a terminar bien.
El sacerdote cierra los ojos y repite por enésima vez la oración latina del ritual. Pero en lugar de rociarlo con agua bendita o hacer la señal de la cruz, saca de la bolsa de tela un puñal.
―¡Padre, espere! ¿Qué hace? ¡Por favor!
Hermosilla lo silencia con un gesto, como se hace con un enfermo para que ahorre fuerzas. Luego hunde la punta de la daga entre las costillas, donde Longinos clavó la Santa Lanza.
Un rayo de dolor le entra por el costado del torso y le recorre el cuerpo. Suelta un alarido desgarrador. Las lágrimas le nublan la vista.
Cuando logra dejar de retorcerse, por el rabillo del ojo ve que Hermosilla manipula algo cerca de un cirio.
Parpadea rápidamente para aclarar su visión y reconoce el sello de bronce que tantas veces ha visto en la oficina del sacerdote.
Tiene un dibujo simple sin inscripciones: la cruz de tau.
Hermosilla suele derretir lacre sobre una vela para hacerlo chorrear sobre un sobre y luego sellarlo.
Pero ahora lo que Hermosilla calienta sobre la llama no es una barra de resina sino el propio sello de bronce.
Debe de estar muy caliente, porque lo manipula con un grueso guante de cuero.
―Padre, ¿qué hace? ¿Se volvió loco?
Por toda respuesta, el sacerdote recita nuevamente la oración en latín.
―Padre…
A Jorge no le da tiempo a decir nada más. El metal ardiendo devora su mano derecha y lo obliga a lanzar un grito. Intenta moverse con desesperación, pero las ataduras no ceden.
Un segundo después, Hermosilla termina su oración, gira sobre sus talones y se aleja.
―¡Padre! ¿Dónde va? ¡No me deje solo!
Pero Jorge queda abandonado en la capilla, acompañado únicamente por el olor a carne quemada y el dolor pulsante en su mano.
Minutos después, se desmaya. O quizás se duerme. En su situación, la diferencia es imperceptible.
Lo despiertan nuevos pasos. El ardor en la mano le recuerda que lo que acaba de suceder no ha sido una pesadilla.
―Padre, por favor, esto duele demasiado. Déjeme ir.
―Tranquilo.
No es la voz de Hermosilla sino la del padre Luna. Jorge maldice el día en que le confesó lo del espejo. En cuanto levanta la cabeza, ve que Luna empuña un cuchillo.
―Otra vez no ―suplica.
Sin responder, el sacerdote corta las ataduras. Cuando Jorge logra sentarse entre lágrimas, Luna examina la herida del tórax y la quemadura en la mano.
―Son superficiales, pero igual vamos a desinfectarlas.
El cura le aplica un líquido oscuro en las heridas. Jorge gruñe al sentir el ardor, aunque en comparación con lo que acaban de hacerle es casi una caricia.
―Ponete esta ropa.
―Hay que detener al padre Hermosilla. Está loco ―dice mientras se viste a toda velocidad.
Luna le clava la mirada y niega con la cabeza.
―Nadie puede detenerlo. Tenés que irte y no volver nunca más. Si te quedás, Hermosilla no va a parar.
―Pero somos hermanos franciscanos. ¿Cómo me puede hacer algo así?
―Puede. Lo conozco desde hace treinta años. Andate.
―¿Adónde voy a ir? Mi casa es la casa de Dios.
―El mundo está lleno de seminarios. Si tu camino está junto al Señor, lo encontrarás dondequiera que vayas. Él está en todas partes. Pero ahora, si querés estar bien, tenés que irte y que te vea un psiquiatra.
El padre Luna abraza a Jorge y le besa la frente.
―Ve con Dios, hijo. Y ve tranquilo, porque el demonio nunca estuvo dentro tuyo.