Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

Quince minutos después, llamó a la puerta de la habitación del padre Luna el mismo seminarista que había guiado a Laura. Traía en la mano una carpeta de cartón.

―Me mandan con esto del archivo, padre. ¿Quiere que se lo lea?

―No, gracias, Eduardo. Dáselo a la señora y andá tranquilo.

―Muy bien.

El anciano le indicó a Laura que abriera la carpeta.

Dentro había una única página impresa con una impresora de matriz de puntos, esas que sonaban como sierras de carnicero.

Laura la leyó en voz alta: nombre, apellido, fecha de nacimiento, dirección, ingreso al seminario e institución de procedencia.

Al final había un comentario escrito a mano en el campo de observaciones, con letra pulcra y meticulosa.

«Se retira del seminario el día 3/11/1996 por motivos de salud».

El padre Luna esbozó una sonrisa amarga.

―¿Por qué sonríe, padre?

―Porque esto es un seminario franciscano. Aquí cuidamos a nuestros enfermos y, si es necesario, los llevamos a un hospital. Nadie se «retira por motivos de salud». Esto es una senda que se transita toda la vida, en la salud y en la enfermedad, como el matrimonio.

―No entiendo qué quiere decirme.

―Que lo escrito en ese papel es mentira .

―Antes me dijo que no confiaba en su memoria.

―Míreme. El cuerpo se deteriora con la edad. Y el cerebro es parte del cuerpo.

Laura no supo qué responder. Nunca había conocido a un religioso tan afín a las teorías científicas.

―Antes de contarle algo tan grave, necesitaba asegurarme de que lo que recordaba era cierto. Y este documento me lo confirma.

―¿Grave?

El viejo cura se humedeció los labios y mantuvo una mueca incómoda durante unos instantes. Cuando se decidió a hablar, lo hizo con la cabeza gacha. De no ser ciego, Laura habría dicho que miraba el suelo.

―Empezaré diciéndole que en parte fue mi culpa que Jorge se fuera.

―Como le dije antes, cualquier delito ya prescribió.

―No me refiero a un delito, sino a un pecado. Son cosas muy diferentes. A los primeros los juzgan los humanos. A los segundos, el Señor.

―Cuénteme lo que pasó, por favor.

―Acá los seminaristas se confiesan diariamente.

Es parte de la rutina, como lavarse los dientes.

Cuando Jorge cursaba el segundo año, yo era su confesor a menudo.

Estaba acostumbrado a escuchar todo tipo de secretos de adolescentes, así que no era nada fácil que me alarmara con lo que oía.

Pero lo que me dijo ese día me puso los pelos de punta.

El hombre inspiró profundamente y levantó la cabeza.

―Me dijo: «Padre, no sé si es pecado, pero esta mañana no me vi en el espejo».

Le pregunté a qué se refería. Pensé que hablaba metafóricamente, que no se reconocía como religioso.

Pero me interrumpió: «No, padre, literalmente no me veo.

Me pongo frente al espejo y solo veo la habitación vacía. Yo no aparezco».

Luna detuvo su relato. Laura, fiel a su estilo, dejó que el silencio se extendiera.

―Aquello me preocupó enormemente. Le pedí permiso para romper el secreto de confesión y comentarlo con los otros sacerdotes. Él estaba tan asustado que accedió sin dudarlo. Y ahí cometí el error más grave de mi vida: se lo conté al padre Hermosilla, el director del seminario.

El anciano se señaló el pecho.

―Como me ve ahora, llevo décadas siendo un hombre disminuido, con numerosas enfermedades.

En cambio, Hermosilla, que hoy tendría mi edad pero falleció hace quince años, era un toro.

En aquella época teníamos unos sesenta años.

Él era muy fuerte, tanto físicamente como en sus convicciones, su devoción y su interpretación literal de las Escrituras.

Y le digo que mi error fue contarle lo de Jorge porque inmediatamente llegó a una conclusión de la que ya jamás se apartaría.

―¿Qué conclusión?

―Que el chico estaba poseído por el demonio y debíamos practicar un exorcismo.

―Espere, ¿solo con lo que usted le contó sobre el espejo decidió exorcizarlo?

―No. Primero habló con Jorge durante días. Luego reunió a todos los sacerdotes para contarnos que el muchacho, además de no percibir su reflejo, oía voces que no sabía de dónde provenían. Llegó a decir que había visto mujeres dentro del seminario, algo imposible.

―No soy médica, pero lo que me describe se parece mucho a un cuadro de esquizofrenia.

―Jorge Heredia es esquizofrénico, se lo aseguro. Y a mediados de los 90 esa enfermedad estaba perfectamente documentada y existían tratamientos. Su sufrimiento fue innecesario, pero Hermosilla era inflexible.

―¿Nadie intentó detener a Hermosilla?

―En aquel momento, eso nos parecía imposible. Primero, por su fortaleza física. Segundo, por su severidad: no dudaba en aplicar castigos dolorosos y hasta vejatorios. Y tercero, porque un seminario es como un barco en altamar: manda el capitán y los demás acatan.

Con el dedo retorcido, señaló un punto en la pared junto a la estrecha ventana.

―Afuera existe otro sistema: juzgados, policía, psicólogos.

Acá adentro intentamos resolver casi todo con la herramienta que más conocemos, que es la fe.

Algunos, como Hermosilla, lo llevan al extremo, creyendo realmente que estamos aislados del mundo.

Decidió exorcizar a Jorge, pedirle a Dios que expulsara al demonio.

―Absurdo ―murmuró Laura.

―Depende ―matizó el cura―. Si por absurdo se refiere a que Dios pueda curar enfermedades, diferimos.

He presenciado milagros así. Lo verdaderamente absurdo es pretender que Dios responda a todas nuestras súplicas.

Basta mirar el mundo para entender que, por alguna razón, Él no interviene siempre.

Quizás no es todopoderoso. O quizás tiene motivos que nosotros los humanos no llegamos a comprender.

En mis noventa años he reconsiderado muchas veces mi visión de la fe.

Hoy creo que pedir un milagro es como comprar un billete de lotería.

Laura encontró extraña aquella perspectiva. Dudaba que a un joven seminarista como el que acababa de traerles la carpeta se le permitiera cuestionar así los dogmas.

―¿Qué le hicieron exactamente a Jorge? ―preguntó.

―¿Ha oído hablar del Ritual Romano de Exorcismos?

Laura se consideraba completamente atea, pero su educación en un colegio religioso y la crianza de la tía Susana la habían vuelto bastante versada en la religión católica. Creía saber a qué se refería Luna, pero prefirió que fuese él quien se lo contara con sus palabras.

―Solo lo que he visto en películas.

El anciano negó con la cabeza.

―Eso tiene poco que ver con la realidad. El Ritual Romano de Exorcismos es el manual que utiliza la Iglesia católica para echar al demonio del cuerpo de un poseído. Es una ceremonia bastante estructurada que viene detallada en un documento llamado De Exorcismis et Supplicationibus Quibusdam .

―¿En qué consiste exactamente?

―Se parece a una misa, pero tiene un propósito muy específico.

Oficialmente, solo puede realizarla un sacerdote exorcista autorizado por el obispo tras un examen médico para descartar enfermedades mentales ―explicó, con una sonrisa amarga―.

Ninguna de estas condiciones se cumplió con Jorge.

Hermosilla se consideraba por encima de cualquier requisito.

―¿Usted participó del ritual?

―Sí, como todos los sacerdotes del seminario.

Unos doce en total. Llevamos a Jorge a la capilla al anochecer.

El padre Hermosilla le pidió que se pusiera de rodillas frente al altar y comenzó con las lecturas en latín.

Recuerdo que Jorge temblaba, lo cual Hermosilla quizás interpretó como que el ritual estaba funcionando, pero a mí me pareció simplemente que el chico estaba muerto de miedo.

―¿Y después?

―Hermosilla le practicó una imposición de manos sobre la cabeza mientras recitaba invocaciones.

Lo bendijo con agua bendita, trazó cruces en su frente, pecho y hombros.

Le mostró el crucifijo constantemente, preguntándole si lo reconocía como el hijo de Dios.

Jorge, confundido por su enfermedad o quizás por el miedo, a veces respondía con incoherencias que Hermosilla interpretaba como una confirmación de la presencia demoníaca.

―¿Cuánto duró?

―Tres horas. Tres horas preguntándole a ese chico si veía demonios o sentía fuerzas malignas. Cualquier respuesta de Jorge, Hermosilla la interpretaba en su contra. Si el chico decía que no veía nada, era «porque el demonio lo ocultaba». Si describía sus alucinaciones, era «prueba de la posesión».

El padre Luna suspiró profundamente.

―El ritual señala supuestos indicadores de posesión: hablar lenguas desconocidas, mostrar habilidades sobrenaturales, conocimiento de lo oculto, aversión a lo sagrado… Jorge, en su confusión esquizofrénica, manifestaba comportamientos que Hermosilla interpretaba como señales indiscutibles .

―¿Y qué pasó cuando terminó ese ritual?

―Hermosilla trazó una cruz con el pulgar en la frente de Jorge, que estaba exhausto y desorientado, y lo declaró exorcizado.

Sin embargo, dos días después, el chico entró aterrado en la rectoría para contarle a Hermosilla que otra vez no se veía en el espejo.

Jorge era demasiado sincero para mentir sobre su enfermedad a un sacerdote de la religión que amaba.

―¿Qué hizo entonces Hermosilla?

―Lo sometió a un ritual aún más intenso. Así pasaron semanas. Como Hermosilla no veía resultados, cada vez aumentaba la severidad de las prácticas. Conforme fracasaba, recurría a textos más oscuros que describían exorcismos más crueles.

―Necesito que me los cuente al detalle, por favor.

El padre Luna inspiró profundamente, como quien se prepara para sumergirse en agua helada.