CAPÍTULO 64
Siguiendo las indicaciones del GPS en el coche alquilado, Laura se fue alejando del tráfico denso y los altos edificios de Buenos Aires.
Las torres de hormigón dieron paso a casas bajas, que poco a poco se fueron espaciando hasta que aparecieron las primeras plantaciones de soja, maíz y pasturas punteadas por vacas Hereford.
Tras una hora y media al volante, un cartel le indicó que había llegado a Arroyo del Talar. Ni siquiera tuvo que meterse en el pequeño pueblo. Lo que buscaba estaba justo allí, frente a la estación de servicio de la entrada.
El Seminario Franciscano de Arroyo del Talar era una iglesia modesta, adosada a una construcción de ladrillos a la vista, con ventanas altas y estrechas en sus dos pisos. Laura se bajó del coche y rodeó a pie la manzana que la institución compartía con un parque lleno de árboles y vacío de gente.
El edificio, descascarado y viejo, le habría parecido abandonado de no ser por las cortinas limpias y perfectamente colocadas, y porque las cerraduras de las tres puertas frontales mostraban señales de uso reciente.
Al volver al punto de partida, tocó un timbre antiguo y redondo que le hizo pensar en que faltaba poco más de un mes y medio para que naciera Pichona y ella todavía no había leído el libro sobre lactancia materna que se había comprado en la semana doce.
Tenía que dejar de posponerlo. Todas sus amigas le habían dicho que dar el pecho podía ser complicado al principio .
Al cabo de unos segundos, abrió la puerta un hombre de camisa blanca, corbata azul y pantalón oscuro. Parecía más un empleado de aeropuerto que un miembro de una institución religiosa.
―Buenos días ―la saludó con cortesía―. ¿En qué puedo ayudarla?
―Buenos días. Soy la comisaria inspectora Laura Badía, jefa de la policía científica de la provincia de Santa Cruz.
Como era habitual, la mención del cargo hizo que el interlocutor la mirara con otros ojos.
―Necesito hablar con algún sacerdote que haya estado aquí hace treinta años.
El hombre alzó las cejas, sorprendido.
―Va a ser difícil ―respondió―. Cuando los seminaristas se ordenan, se los asigna a distintas partes del mundo.
―¿Y los profesores?
―Muchos han fallecido.
―¿No hay absolutamente nadie que estuviera aquí hace treinta años?
―Tendría que consultarlo. ¿Podría volver mañana?
―No, pero si necesita tiempo, se lo doy ―dijo, avanzando hasta que el hombre tuvo que apartarse para que la barriga no lo embistiera.
Laura entró en una pequeña sala y se sentó en una de las tres sillas contra una pared.
―Haga tranquilo. Yo espero.
El hombre asintió sin acritud y desapareció por una puerta hacia el interior del edificio. Poco después, su silueta se recortó en el vidrio esmerilado de una ventanita que daba a la sala. Habló por teléfono durante varios minutos y luego quedó fuera de la vista de Laura.
Diez minutos más tarde, un veinteañero delgado y de rostro sereno abrió la puerta por la que se había ido el otro.
Vestía una camisa blanca abotonada hasta arriba y un pantalón gris oscuro con la raya del planchado tan pronunciada que parecía sostenida por un alambre.
Llevaba un chaleco negro, con una especie de letra T bordada en el pecho.
Según lo que Laura había averiguado mientras recababa información sobre el seminario, se llamaba la cruz de Tau y era la insignia de la orden franciscana.
―Buenos días. Soy el seminarista Eduardo Santillán. Acompáñeme, por favor.
Con movimientos medidos y evitando cruzar la mirada con Laura, la guió por un largo pasillo flanqueado por puertas altas, propias de otra época.
El suelo de madera encerado brillaba con la luz de media mañana.
Al pasar frente a una capilla donde siete u ocho jóvenes rezaban arrodillados, el olor a cirio le recordó a su infancia en el colegio María Auxiliadora de Puerto Deseado.
―Las habitaciones están en el primer piso ―comentó Santillán, señalando una escalera al fondo―. Pero por su estado de salud, el padre Luna vive en la planta baja.
El seminarista golpeó con los nudillos una puerta de madera.
―Adelante ―respondió una voz al instante.
Santillán abrió y le cedió el paso. Laura entró con cuidado en una habitación minúscula, sorteando una pequeña mesa cubierta de libros.
Su barriga la hacía sentirse, como decía Julián, un elefante en una cristalería.
En una butaca junto a la cama individual, un anciano intentó ponerse de pie, pero no lo logró.
―Padre, lo dejo con la comisaria Laura Badía. Comisaria, le presento al padre Mario Luna.
Sin decir más, el joven seminarista salió cerrando la puerta tras él.
―Siéntese donde pueda, por favor ―dijo el sacerdote―. Me dijeron que está embarazada.
Laura observó los ojos del hombre. Los iris estaban cubiertos por un velo gris lechoso. Reparó en que los libros sobre la mesita eran en braille.
―Lamento no poder ofrecerle algo más cómodo ―continuó―. Además de estar ciego, me cuesta mucho caminar. Si pudiera moverme, la recibiría en una oficina.
―No se preocupe, padre. ¿Le molesta si me siento a los pies de la cama? Tengo los tobillos hinchados.
―En absoluto. El colchón es cómodo. De eso no me puedo quejar.
Laura se sentó con cuidado. Aunque él no podía verla, la seguía con el rostro.
―Estoy investigando un caso de asesinatos múltiples y creo que pueden tener que ver con las denuncias de abuso sexual presentadas contra este seminario en 1995.
El padre Luna asintió, apretando los labios.
―¿En qué puedo ayudarla?
―Antes que nada, quiero que sepa que cualquier delito de aquella época ya prescribió. Lo que usted me diga no puede involucrar legalmente a nadie.
―Lo sé.
―Quisiera preguntarle por un seminarista llamado Jorge Heredia.
El rostro del cura se iluminó.
―Cantaba tango como los mejores. Oírlo era una alegría inmensa, sobre todo para alguien como yo, que empezaba a perder la vista. ¿Le pasó algo?
―Eso vengo a preguntarle. ¿Le ocurrió algo mientras estuvo acá? Me refiero a los abusos… o a cualquier otra situación que lo pudiera haber afectado. Sé que ingresó con una vocación religiosa profunda, pero no terminó por ordenarse. Tengo entendido que estudió acá dos años y luego abandonó.
El padre suspiró, como si estuviera cansado de repetir lo mismo.
―Comisaria…
―Laura.
―Laura, ¿tiene usted otros hijos?
―No.
―¿Hermanos?
―Tampoco.
―Me lo pone difícil, pero igual voy a intentarlo ―dijo enseñando una sonrisa de dientes postizos―.
Una madre no tiene que dividir su amor entre los hijos.
Puede tener uno, tres, cinco… y el amor no se diluye.
Al contrario. Si algo he aprendido en mis noventa años es que el corazón lo multiplica como Jesús multiplicó los panes y los peces.
A veces pienso que esa historia en la Biblia es justamente una metáfora del amor humano.
Laura recordó las charlas religiosas con su tía Susana, que la había criado después de que sus padres fallecieran.
La mujer había estado durante dos años en un convento y, aunque se había ido antes de hacerse monja, su vida se había seguido rigiendo, hasta el día de hoy, por los valores de la religión.
―Aunque no tenga hermanos ni otros hijos, coincido con usted.
―No todos estamos preparados para elegir entre una familia y el servicio a Dios. Si los sacerdotes pudieran casarse y multiplicar el amor, quizás habría muchos más curas. Pero no es así. Y eso aleja a los jóvenes.
Laura aprovechó para volver al punto.
―Según mis registros, Jorge Heredia tenía diecisiete años cuando se fue.
―¿Qué adolescente no quiere explorar su sexualidad? Estar con una chica, pecar… Todos quisimos. Algunos tuvimos la voluntad de mantenernos en la senda de Dios y otros no. Pero no hay un camino correcto. No habría humanidad si todos fuéramos religiosos célibes.
―¿Recuerda por qué Jorge Heredia abandonó el seminario?
―Creo que sí, pero no confiemos solo en mi memoria. Tenemos una ficha de cada aspirante en la que, en caso de salida del seminario, figura el motivo. Podemos consultar la de Jorge.
―Sería de gran utilidad.
El padre Luna asintió, sacó del bolsillo un teléfono y dijo «Llamar a Archivo». A pesar de que se llevó el aparato a la oreja, el volumen estaba lo bastante alto como para que Laura pudiese oír la conversación.
―Archivo.
―Hola, Ricardo, soy Luna. ¿Podés buscarme la ficha de Jorge Heredia? Ingresó entre el 90 y el 95.
―Me pongo ya mismo, padre.
―Cuando la tengas, mandámela a mi habitación.
―Por supuesto.
―Gracias, Ricardo.
Luna guardó el teléfono y volvió su rostro hacia Laura, como si pudiera verla.
―A ver qué encontramos ―dijo.