CAPÍTULO 63
El pasillo del Hospital Italiano de Buenos Aires olía a desinfectante y a comida hervida.
Mientras Laura lo recorría escoltada por un enfermero, se planteó volver a hablar con Julián sobre la posibilidad de dar a luz en casa.
Por más que había leído tres libros sobre partos, no tenía ni idea de cómo sería el suyo, pero caminando por aquel lugar le quedaba claro que no le gustaría que incluyera luces brillantes, uniformes blancos, olor desagradable y aparatos pitando.
La última vez que habían puesto el tema sobre la mesa, acordaron que Pichona nacería en el hospital de Río Gallegos.
Ahora algo le decía que debían revisar esa decisión.
Quizás se lo plantearía a Julián cuando volviera a la Patagonia.
De momento, no estaba en un hospital de Buenos Aires para parir sino para trabajar.
El enfermero señaló una puerta abierta. Laura entró tras llamar suavemente con los nudillos.
Sergio Nemirovsky dormía en la cama, conectado a un suero.
Comparado con trece días atrás, cuando lo había visto a través de un cristal en Andorra, estaba muy desmejorado.
A su lado, Daniel Oyarzo roncaba en un sillón con la cabeza en una posición que garantizaba la tortícolis.
En cuanto oyó los pasos, Oyarzo emitió un quejido y se incorporó.
―¿Qué hacés vos acá? ―susurró, masajeándose el musculoso cuello con una mano.
Laura se sorprendió de que la reconociese tan fácilmente. Solo se habían visto en la charla con Turnes en la milonga de Málaga, y apenas habían interactuado.
―Necesito hacerles unas preguntas ―respondió ella mostrando su credencial de policía.
Oyarzo asintió como si lo entendiera todo perfectamente. Después señaló a Nemirovsky.
―Sergio no está para hablar.
―¿Vos sí? Te invito un café.
―Preferiría no irme de su lado.
―Yo te aviso si se despierta ―intervino el enfermero.
Tras pensarlo un instante, Oyarzo accedió. Caminaron en silencio hasta la cafetería y se sentaron en una mesa junto a una ventana.
―¿Qué le pasa exactamente a Sergio? ―preguntó Laura.
Oyarzo hizo una mueca agria.
―Si ya lo sabés, por favor no me hagas repetirlo.
―Tengo muy poca información. En la recepción me dijeron que es un paciente oncológico.
El violinista asintió con la mirada fija en sus manos cruzadas sobre la mesa.
―Linfoma. Hace unos meses nos enteramos de que había llegado a los pulmones.
―Lo siento mucho.
―¿A qué viniste?
Laura se revolvió algo incómoda en la silla.
―Sé que estás pasando por un momento difícil, pero necesito que entiendas que estoy trabajando en un caso muy importante. No puedo esperar para hacerte estas preguntas.
―¿Qué querés saber?
―Tengo entendido que cuando salió la oportunidad de dar el segundo concierto en Andorra intentaste convencer a Sergio de no ir.
Oyarzo asintió y el gorila enseñando los dientes que tenía tatuado en el cuello pareció cobrar vida.
―Necesita estar cerca de un centro de salud.
―Andorra tiene hospitales.
―¿Tuviste alguna vez a un familiar enfermo? ¿Perdiste a algún ser querido?
Mis padres cuando era adolescente , pensó Laura, pero se limitó a decir una sola palabra:
―Perdón.
―Además, el seguro de viaje no nos cubría en Andorra.
A Laura aquello no le extrañó. Al parecer, Andorra era un país muy particular que, aunque estuviera en Europa, en muchos aspectos se parecía a una isla.
―En la frontera, el inspector Enric Sallent te preguntó explícitamente si alguien se había opuesto a volver al país una segunda vez.
―Ese policía nos dijo que estaba investigando un caso de narcotráfico. Ni Sergio ni yo tenemos ni hemos tenido nunca nada que ver con drogas. Admitir que no quería volver era abrirle la puerta a que sospechara de nosotros. Y en estos momentos, lo último que Sergio necesita es más estrés.
Un camarero se acercó a la mesa para tomarles el pedido. Laura pidió un café con leche descafeinado. Oyarzo no quiso nada.
―La pregunta que viene ahora no te va a gustar, pero tengo que hacértela. ¿Te acordás qué hiciste después de la actuación de la orquesta en Ámsterdam?
La rigidez en el semblante de Daniel Oyarzo le confirmó que iba por buen camino.
―Fuimos a dar una vuelta por la ciudad con Sergio.
―¿Qué parte de la ciudad?
―Caminamos sin rumbo fijo. Pasamos por la casa de Ana Frank, por la Plaza Dam y por una zona llena de casas flotantes sobre los canales.
―¿Y por el Barrio Rojo?
―Sí, por el Barrio Rojo también.
―¿Qué hicieron mientras estuvieron ahí?
―Lo que todo el mundo, supongo. Caminamos mirando a las mujeres que posan en las vidrieras.
―Prostitutas.
―Sí, prostitutas.
―¿Hablaste con alguna de ellas?
Oyarzo le clavó los ojos a Laura.
―No sé para qué me preguntás si ya sabés la respuesta.
―Me interesa tu respuesta.
―Sí, hablamos con tres o cuatro.
―¿De qué?
Oyarzo tragó saliva y consultó su teléfono.
―Les preguntábamos si estarían dispuestas a hacer un trío.
Laura clavó los ojos en los del violinista, exigiéndole que continuara.
―A Sergio le gustan hombres y mujeres por igual.
Yo prefiero los hombres, pero las mujeres no me causan rechazo.
De todos modos, a mí no me entusiasmaba la idea de hacer un trío con nadie.
Pero él llevaba mucho tiempo con esa fantasía.
Un par de veces estuvimos a punto, pero no se dio.
Y en Ámsterdam, considerando su salud, teníamos claro que era en ese momento o nunca.
―O sea que accediste por amor.
―Algo así.
―¿Hubo trío con una prostituta esa noche?
―Sí.
―¿Cómo era la mujer físicamente?
―Menudita, bajita.
―¿Tan menudita que parecía menor?
Oyarzo miró a Laura con rabia.
―En Holanda la prostitución es legal. Para ejercerla hay que ser mayor de edad.
―Me interesa saber si parecía menor de edad.
―Yo diría que no. ¿Adónde querés llegar? ¿Por qué no me preguntás lo que querés saber en vez de andar con rodeos?
―Muy bien. Lo que quiero saber es si vos o Nemirovsky tenían la fantasía de estar con una niña.
Los músculos del cuello se tensaron tanto que el gorila parecía a punto de saltar para morder a Laura.
―¡No! En absoluto.
―¿Y por qué eligieron a esa prostituta en vez de a otra?
―¡Qué sé yo! La chica hablaba un poco de español y nos cayó bien. La elegimos a ella como podríamos haber elegido a cualquier otra. ¿Por qué me estás preguntando esto?
―Estoy trabajando en un caso de homicidios múltiples. Creemos que los asesinatos están relacionados de alguna manera con la pederastia.
Al oír esa palabra, Daniel Oyarzo se levantó de la silla con tanta fuerza que se llevó la mesa por delante. La taza de café de Laura cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
―Somos maricones. ¿Me escuchaste? ¡Maricones! No degenerados.
Sin darle derecho a réplica, giró sobre los talones y se encaminó de nuevo hacia la habitación de su pareja.