Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

Del otro lado de la línea, el padre de Daniel Oyarzo chasqueó la lengua.

―Lo expulsaron. Como padre, me pareció una medida exagerada. Fue una travesura. Grave, pero una travesura al fin. Lo echaron por tomarse el vino del cura. Según Daniel, fue para vengarse de que Bonano le había tirado de la oreja al escucharlo decir una palabrota.

―Tiene razón. No parece algo tan serio, sobre todo considerando que fue hace treinta años.

―¿Sabe qué pasa? Mi hijo siempre hace las cosas a lo grande. Cuando algo se le mete en la cabeza, va a fondo.

A Laura la descripción le parecía acertada.

Daniel tenía el cuerpo completamente tatuado, músculos más desarrollados que el noventa y nueve por ciento de los hombres y tocaba el violín magistralmente.

Ella, que había intentado durante meses estudiar guitarra sin pasar de los primeros acordes, sabía que dominar un instrumento requería constancia y dedicación.

O, en palabras del padre de Daniel, «ir a fondo».

―No se tomó una copita de vino del cáliz y ya está ―prosiguió Oyarzo padre―.

No. Robó de la sacristía dos cajas de mistela y organizó una fiesta para consumirlo todo.

Doce botellas. Y la fiesta tampoco fue ningún secreto.

Invitó a todo el mundo. Lógicamente, el cura terminó por enterarse.

Cuando lo confrontó, mi hijo tuvo la ocurrencia de decir que estaba harto de la religión, del colegio, de todo.

El cura le dio la oportunidad de arrepentirse y de prometer enmienda, pero Daniel le respondió que, si tuviera otra oportunidad, lo haría de nuevo. Ahí terminó su etapa en el San Antonio.

Para disimular, Laura hizo algunas preguntas más sobre los inicios de Daniel como músico y antes de despedirse le pidió al padre un correo electrónico para enviarle un borrador que no escribiría jamás.

Tras terminar la llamada, cambió la pelota de pilates por una silla. Se apoyó en el respaldo con las manos sobre la barriga y concluyó que la historia sonaba convincente: una travesura de un adolescente rebelde en un colegio rígido.

Si Daniel hubiera sido víctima de abusos, igual que otros alumnos del San Antonio, su familia probablemente habría reaccionado de una de dos maneras: denunciando públicamente el hecho o intentando encubrirlo con excusas simples.

Incluso con silencio. Pero nadie se inventaba una historia compleja sobre doce botellas de vino y una fiesta con numerosos asistentes.

Una mentira que involucraba a tantos testigos era muy fácil de descubrir.

La hipótesis del abuso sexual, al menos en el caso de Daniel Oyarzo, perdía solidez.