CAPÍTULO 61
El padre Bonano comienza a desvestirse con parsimonia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Daniel Oyarzo asiste perplejo a cómo el religioso se quita la sotana, la cuelga en una silla y plancha con la mano un doblez en la tela.
Cuando se baja los pantalones grises, Daniel no puede evitar notar la piel blanca de los muslos. Contiene la respiración. Es la primera vez que ve las piernas de un cura.
De golpe, el olor a incienso impregnado en las paredes, la luz escasa y la madera oscura de los armarios le revuelven el estómago. Nunca antes había sentido claustrofobia, o como se llame eso que ahora le pide a cada músculo de su cuerpo que se mueva para salir corriendo de ahí.
Sin embargo, Daniel se queda inmóvil, observando casi de reojo esas piernas. Y ahora también el torso, igual de desnudo e igual de blanco.
La razón vence al instinto y Daniel entiende que, pase lo que pase, tiene que quedarse quieto. No hay otra forma de ejecutar la venganza que lleva días planeando. Por fin ocurrirá hoy, siempre y cuando consiga no mover un músculo.
El padre Bonano, vestido únicamente con calzoncillos blancos, se gira hacia él. El corazón de Daniel pasa del latido desbocado al ritmo de una ametralladora.
Los ojos del cura están puestos en un objeto apenas por encima de su cabeza. Daniel tiene miedo de moverse de manera involuntaria, de que un roce de su ropa, de sus zapatos contra el suelo, o una respiración, delaten su escondite.
El cura tiene la mirada fija en la imagen de un pequeño Cristo colgada en la pared, un metro por encima de la cabeza de Daniel. Daniel no sabe qué hace Bonano en la sacristía, porque los miércoles por la mañana siempre está dando catequesis. Pero hoy, justo hoy, no.
El religioso se viste con ropa de calle, deja la sotana colgada en la silla y sale de la sacristía sin mirar atrás. Sus pasos se van perdiendo en el pasillo del colegio San Antonio hasta hacerse inaudibles.
Daniel exhala por fin, como si fuera la primera vez que lo hace en minutos. Espera un momento hasta que vuelva a instalarse el silencio y sale de su escondite. Se dirige a un armario bajo, justo detrás del escritorio del cura, y lo abre.
Ahí está lo que ha venido a buscar.
Sonríe. Hoy es el día de la venganza.